Historia y Arqueología Marítima

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Indice  Grandes Veleros

De la Revista Neptunia.

Sobre la gran extensión de las aguas, se perfilaba inmóvil en el horizonte un velero a tres mástiles alumbrado por el sol ardiente de Julio.

La atmósfera parecía embalsamada, no corría el menor soplo de viento y las velas desinfladas parecían bolsas vacías suspendidas de las vergas. Hacía quince días que el barco estaba inmovilizado por las calmas en el medio del océano.

La chusma inerte por el ocio, estaba tirada sobre el puente, fumando o masticando tabaco, y en aquel silencio solemne sólo se oía la voz del "tuerto", que acostado debajo del bauprés cantaba con voz aguardentosa:

"La linda gitana hizo colgar a Franck Dumm "y lo han colgado en día viernes. "La mujer no vale una gota de ron. " La mujer no vale una gota de ron.'

El centinela, apostado en la cofa del trinquete, escrutaba el horizonte a todos los rumbos de la vasta llanura del mar.

La sofocación originada por la elevada temperatura tenía como adheridos a los tripulantes sobre las tablas alquitranadas del puente y todos ellos buscaban con afán un poco de sombra donde guarecerse de los rayos abrasadores.

La canción entonada por el "tuerto", "una mujer no vale una gota de ron", parecía proceder del pico de un pájaro de mal agüero.

Se componía la tripulación por gentes de todas las razas y nacionalidades, embarcada en los puertos más apartados del mundo, de noche y a escondidas, y pertenecía a esa clase de hombres que la humanidad arroja a las cárceles o cuelga de la horca. Dejaba entrever por entre las rasgaduras de su vestimenta, señales de heridas profundas mal cerradas por el cirujano de a bordo, enfermero desertor del ejército español.

El capitán podía pasar por un hombre de buena presencia si no fuera porque una enorme cicatriz le cruzaba la cara y lo desfiguraba.

Esta chusma estaba compuesta por unos 30 hombres, viejos lobos de mar, curtidos por el sol quemante del Ecuador y por los vientos de todos los océanos. Hombres descalzos, con vestimentas andrajosas, de robustos brazos cubiertos de tatuajes, con la cabeza envuelta en pañuelos catalanes, mostrando en las caras extraños dibujos formados por las arrugas y de las orejas de algunos pendían sortijas de oro.

Toda esta gente, acostumbrada a jugarse el todo por el todo, a arriesgar la vida cien veces al día por un puñado de níqueles, que luego gastan en la vida de puerto en fondas de mala fama, sabe que tarde o temprano el destino les tiene fijado la horca o los abismos del mar.

El jefe de esta tripulación no aparentaba más de treinta años de edad y navegaba desde los diez en todos los mares. Nadie podía saber cuál era su nacionalidad, tal vez porque hablaba casi correctamente cinco o seis idiomas. Había llegado a ser jefe por su coraje y ferocidad.,

En esa tarde ecuatorial, mientras la chusma dormitaba sobre cubierta y la nave permanecía inmóvil sobre el cristal de las aguas, el jefe corsario se paseaba en el puente de mando de banda a banda con las manos entrelazadas atrás. Pensaba en su mujer, una pequeña flor de juventud andaluza, que había adquirido en un mercado de esclavos en Algeria.

Era su muier, más bien delgada, alta, de cabellos negros y brillantes, de paso ágil que tenía algo del de la pantera, y él se hallaba locamente enamorado.

Obligado a navegar por oficio, se había visto en la necesidad de llevarla consigo a bordo, y como era a la vez celosísimo, la tenía escondida en su cabina como tesoro fabuloso para substraerlo a la codicia de su gente.

Los ojos de ella lo tenían fascinado a tal punto, que, acostumbrado al abordaje con un puñal entre los dientes, a los asaltos y a la lucha, junto a su amor, a esa joven con cuerpo de bailarina, frágil entre sus manos, que varias veces se habían manchado en sangre, desaparecía toda su brutalidad.

En esto cavilaba el jefe corsario mientras paseaba en el puente incluyendo en sus pensamientos a su segundo, un rubio irlandés que reía siempre, dejando entrever blanquísima dentadura.

Ensimismado en tales cavilaciones de cuando en cuando e instintivamente acariciaba el cabo de la pistola que llevaba en el cinturón.

Entre tanto, en la sofocante tarde seguíase oyendo la ronca voz del "tuerto", cantando su eterna canción: "una mujer no vale una gota de ron"

Irritado el jefe se dio vuelta para ordenar a ese hombre se callara de una vez, y en ese instante vio surgir de la escotilla una cara palidísima, amarillenta, con la piel adherida al cráneo y ojos desmesuradamente abiertos, fijos, brillantes y cuerpo medio desnudo, flaco, esquelético. Era un marinero catalán no hacía mucho tiempo embarcado. Al llegar a cubierta se acercó tambaleándose, y al situarse a poco menos de un metro de distancia le dijo:

—Comandante, me siento enfermo.

—Ya lo veo.

—Muy mal estoy.

—Me doy cuenta.

La mirada del comandante, que ya había comprendido de lo que se trataba, se cruzó con la febriciente del marino y fué aquella una mirada terrible.

El jefe de los corsarios no pronunció una palabra más; sacó del cinturón con ademán automático una larga pistola a piedra e hizo fuego, dando en el blanco elegido, la entreceja del marinero. El catalán levantó los brazos al cielo como para encomendarse a Dios, y cayó pesadamente cual fantoche sobre la tablazón de la cubierta con el rostro cubierto de sangre.

La detonación, que interrumpió instantáneamente el lúgubre canto del "tuerto", despertó sobresaltada a la tripulación que corrió a inquirir lo que había sucedido. , —Un caso de peste — expresó el comandante. — He muerto ese hombre para salvar a los demás.

El sol estaba por desaparecer detrás del horizonte, abriendo sobre el cielo y el mar su abanico de fuego. La tripulación estaba reunida sobre cubierta cuando el último rayo verdoso alumbraba la ceremonia de dar sepultura al cadáver del apestado. La atmósfera ya se velaba de azul.

El cuerpo inerte del marinero catalán, envuelto en una bolsa y con una bala de cañón de 30 libras amarrada a los pies, esperaba extendido en el medio de dos filas de hombres elegidos entre la chusma, que contemplaba el fúnebre espectáculo con el terror asomado a los rostros, porque a la vez el miedo al contagio los dominaba, haciéndolos temblar como ante la idea de un posible contagio.

La gente estaba con la cabeza descubierta mientras el "tuerto" y el "flamenco" tomaron la bolsa por los extremos y la aproximaron a la amurada.

Las primeras estrellas se encendían en el cielo de una noche serena, una de esas noches ecuatoriales sin el más mínimo soplido de viento.

El contramaestre, linterna en mano, se acercó a los hombres que sostenían la bolsa y les preguntó:

—¿Estamos listos?

—Listos — contestaron.

—Entonces, atención... uno... dos...

La bolsa que contenía el cadáver se balanceó por los cuatro fuertes brazos que la sostenían y a la voz de "tres" dada por el contramaestre, fué lanzada al vacío y la gente se arrimó a la amurada para dar el adiós al compañero.

El fúnebre equipaje, arrastrado por la bala de 30 libras, desapareció con un golpe sordo en la superficie inmóvil del mar, luego volvió a flote un instante y después fué tragado para siempre. Los espectadores en ese instante se hicieron la señal de la cruz.

—¡Qué lástima! dijo el tuerto al flamenco — llevaba 300 florines holandeses cosidos en la cintura del pantalón — y se alejó como si no hubiera pasado nada, para continuar cantando entre dientes "la linda gitana hizo colgar a Eranck Diiinra".

Se habían apagado las luces de cubierta, sólo se veía la de la pequeña linterna que llevaba el contramaestre en la mano mientras se dirigía a proa.

El ¡efe de los corsarios estaba inmóvil apoyado de espaldas al mástil de mesana desde donde en silencio había asistido al fúnebre acto y ahora seguía con la mirada la débil luz de la linterna del contramaestre que, empañada por los vidrios ahumados, parecía un fuego fatuo en la obscuridad reinante del ambiente.

De repente, como si alguien le hubiese puesto una mano helada sobre las espaldas, sintió sacudir toda su persona por un escalofrío y, supersticioso como todos los marinos, pensó:

—La muerte me ha llamado.

No hizo caso, sin embargo, a este pensamiento que cruzó fugaz por su imaginación y para distraerse se encaminó en dirección a la cabina de comando.

—Mientras estaba por tomar la manija para abrir la puerta fué sorprendido por un segundo escalofrío más violento que el primero. Entonces una idea terrible pasó como relámpago por su cerebro y lo hizo quedar paralizado en la entrada del camarote: ¡la peste! dijo.

Con cuidado se adelantó, encendió una linterna que estaba colgando en el mamparo y dio un vistazo a la cucheta. Su mujer dormía un sueño profundo y tranquilo con el cuerpo apoyado sobre el costado; estaba hermosísima.

El terror a la peste lo invadió con más fuerza, buscó un espejo y se miró en él. Su cara no era la suya. La enfermedad debía haberlo invadido días antes, porque ahora recordaba bien que ya varias veces había sentido helársele la sangre por aquellos misteriosos temblores. Ahora, no había dudas, la peste le había impreso en el rostro esas huellas terribles.

Volvió a mirarse al espejo.

Acostumbrado a arriesgar la vida por oficio, nunca había tenido miedo a la muerte, mas ahora, encontrándose frente a frente a la enemiga implacable e invencible, sólo la temía porque lo arrancaría de esa divina criatura a quien él había entregado todo su amor.

Por una de esas percepciones muy claras que tienen únicamente los moribundos, se vio cadáver, encerrado en una bolsa, con una bala de 30 libras atada a los pies y... quién sabe porqué, en el torbellino que bullía en su mente, apareció la cara sonriente del segundo comandante que lo substituiría a él, dueño del barco y... de esa hermosa mujer que dormía serenamente en la cucheta, ajena a sus pensamientos.

Volvió a mirarse al espejo, vio nuevamente su cara amarillenta, observó sus pupilas relucientes e inflamadas por la fiebre y se dio cuenta de que no tenía salvación.

Una ola de sangre caliente le subió al cerebro martillándole las venas de las sienes y sintió el corazón apretado por el mordisco de los celos.

Que se llevaran todo el barco, todo su dinero y todo lo que poseía, no le importaba, pero la mujer, su mujer, nunca!

No había tiempo que perder. Si alguien le hubiera mirado la cara se habría dado cuenta de la verdad y le habría clavado sin piedad una bala de pistola en el medio de la frente según la ley del mar, para salvar a los demás del castigo.

Salió tambaleando de su cámara de comando, cruzó el puente desierto y bajó la escalerilla que conducía a la Santa Bárbara.

El centinela, sorprendido al ver el comandante a esa hora, supuso que se trataba de una inspección y le abrió la puerta que conducía a la cámara de pólvora, dejándole pasar.

El jefe de corsarios sin dirigirle la palabra, cerró la puerta tras de él.

—En la noche serena ecuatorial, una llamarada roja, inmensa, iluminó el cielo, seguida de una fragorosa detonación. Después, una lluvia de restos y todo volvió a quedar tranquilo sobre la infinita extensión del mar apacible

 

 

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