Historia y Arqueología Marítima

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LA CIUDAD DE LOS CESARES

Especial para «NEPTUNIA» Por CARLOS MAC IVER ROSS VALPARAÍSO

 

Neptunia, aprox 1940

Llegamos al atardecer, ya casi obscuro, a la ensenada de Buill, ubicada a la entrada del estuario de Reñihué, un fijord rodeado de cerros pletóricos de vegetación que se interna como doce millas en el corazón de la cordillera y que se halla a setenta millas al sur de Puerto Montt. El caserío de Buill es el único punto habitado en una vasta región y su único medio de comunicación regular es la recalada quincenal de los vapores que hacen el servicio hasta Aysen, sin que el servicio de correos sufra mucho por estas tardías visitas, pues hay casos en que el vapor no lleva ni trae correspondencia alguna.

Como nuestra permanencia en los valles interiores de la cordillera se prolongaría por varias semanas, decidí recalar en el citado puerto para adquirir animales para nuestra provisión de carne fresca. Apenas el ancla de la «Poseidon» mordió el fondo de la bahía, arriamos el bote y en pocos minutos desembarcamos en una hermosa playa de arena, frente a la casa del señor Barrientos. Como el señor Barrientos es la única persona que tiene una buena instrucción y es un hombre que ha pasado la mayor parte de su vida en Buill, es como el patriarca del lugar y acapara en su persona, al juez de distrito, al agente de vapores, al servicio de correos y no recuerdo cuantas cosas más, y como función principal para nosotros dueño de los corderos y vacas que íbamos a consumir.

Es hospitalario y amable como todo chilote de verdadera cepa insular y como nuestro negocio asumía a sus ojos una enorme importancia, nos brindó con una comida espléndida, dados los recursos del lugar, pero la escasez de manjares importados se suplió con unas magníficas ostras extraídas pocos momentos antes de servirlas, del fondo de la bahía, con un congrio magnífico y con queso y mantequilla de propia producción, teniendo esta última un perfume especial que parecía el oloroso aliento de la selva.

Durante la comida, la conversación giró naturalmente sobre mis actividades en los valles cordilleranos y cuando le expliqué que iba comisionado por el Departamento de Caminos a internarme hasta el límite con la República Argentina estudiando un trazado para un futuro camino internacional que facilitara el intercambio entre los dos países, fomentando el comercio al facilitar las comunicaciones y despertando de su sueño milenario esas selvas donde ahora sólo se oye el grito agorero del chucao o el paso sigiloso de algún puma, al oír esta noticia los rostros de los oyentes reflejaron verdaderos destellos de entusiasmo, entusiasmo que desgraciadamente fué fugaz, pues todo quedó en proyecto debido a dificultades financieras.

Comentando las expectativas de mis futuras actividades, dijo mi anfitrión: «Este valle de Reñihué hace catorce años que no lo cruza un ser humano, pues toda persona que entra o sale de esas tierras, tiene que pasar por este lugar o al menos tenemos que ver u oír si algún viajero se ha aventurado en esos bosques, donde cada persona que los recorre tiene que abrir su propio camino con el machete.

«Pero, hace más de dos siglos, esta ruta la frecuentaron varias expediciones que fueron en busca de la ciudad de los Césares, una ciudad maravillosa donde hasta los techos de las casas eran de láminas de oro y todo de una riqueza fantástica. Para llegar a ella era necesario atravesar la cordillera de Los Andes y según los datos de la época esta ciudad legendaria estaba emplazada en el valle que ahora se llama Diez y seis de Octubre, pero como según las gentes de esos años, tanta riqueza y tanto poder eran el producto de un pacto con Satanás, todo cristiano que llegara a esos lugares estaba irremisiblemente perdido y todas las expediciones que se organizaron para salir en busca de esta ciudad mágica eran dirigidas por un sacerdote que, a su vez, aprovechaba el viaje para convertir a los gentiles.

«Como en Castro, había conventos de importancia, era éste el puerto de donde salían estas expediciones en piraguas de cuero de lobo, construidas por los mismos naturales y si ahora es peligroso un viaje por estos mares con embarcaciones motorizadas, hay que pensar cuan sacrificado sería un viaje en piraguas abiertas y sin ninguna protección contra los temporales, pero hay que tomar en cuenta que a esos hombres los guiaban dos fuerzas poderosas, la ambición y la fé.

«Todos estos expedicionarios iban bien provistos de rosarios, agua bendita e imágenes de santos; todavía se conserva en estas tierras, la historia de un fraile que encabezaba una de estas expediciones, gran devoto de San Antonio, cuya imagen de Culto tenía siempre al alcance de su mano; cuando se aproximaba uno de los frecuentes chubascos de esta zona, el padre rogaba sumiso a su santo predilecto que alejara todo peligro, pero si éste; se acercaba demasiado cambiaba su humilde ruego en las más atroces injurias y si el temporal arreciaba amarraba al santo con un cordel y lo arrojaba al mar en castigo por no haber alejado la tempestad. Afortunadamente, esta expedición regresó a Castro, sin internarse en el bosque, por falta de víveres, pero otras se perdieron para siempre, quizás devorados por el mar o ahogados por la selva.

«Esta leyenda de la ciudad de los Césares, fué en aquellos tiempos un estímulo poderoso para  incrementar el conocimiento de estas cosas, pues, en vista del fracaso de unos viajeros por una ruta, otros emprendían su camino buscando otras rutas, así se exploraron los ríos Palena y Yelcho y los estuarios de Reñihué, Boduahué y Reloncaví y varias caravanas, según algunos relatos, llegaron hasta las tierras de la Patagonia, naturalmente sin encontrar más que la pampa y las tolderías de los aborígenes, bajo cuyas armas primitivas muchos expedicionarios perdieron la vida.

«Es así como una leyenda ha hecho avanzar los conocimientos geográficos que, aunque rudimentarios, sirvieron de guía para los primeros hidrógrafos que levantaron las cartas de estos mares.

«La leyenda aún no ha muerto, hay muchos chilotes viejos, apegados a las antiguas tradiciones, que creen que la ciudad de los Césares aún existe y la sitúan en esos cordones inexplorados de la cordillera entre la cuenca del río Puelo y el río Bodudahué. Otros afirman que el origen mágico de la ciudad le ha permitido huir hacia el fondo del mar y como sus habitantes arrepentidos se han convertido a la doctrina de Cristo, ahora se oyen, a veces, sus campanas submarinas tocando el Ángelus, cuando el crespúsculo tiñe de oro las ondas de un mar apacible».

 

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