Historia y Arqueología Marítima

HOME

Indice  Grandes Veleros

Albatros a bordo

Por el capellán de la Sarmiento, Luís Berfoni Flore*, del Boletín del Cenfro Nava/, No. 476

Una visita inesperada ha llegado al buque. Un de los muchos albatros que nos vienen siguiendo ha golpeado contra el palo mesana  y ha caído atontado en la toldilla. No es de los más grandes y sin embargo alcanza su envergadura a tres metros y. medio. Su plumaje blanco nítido, sus alas amplias, su cuerpo hermosamente proporcionado le hacen uno de los pájaros marinos más simpáticos. La novedad constituye un motivo de fiesta para los cadetes y conscriptos que quieren aparecer fotografiados con el alado visitante.

No piensan de igual modo los marinos viejos para quienes es poco menos que un sacrilegio la retención del pájaro a bordo.

Un contramaestre se acerca y con tono misterioso me pregunta:

—¿Lo van a soltar, señor?

—Creo que no. Probablemente lo matarán para embalsamarlo. Ha de quedar muy hermoso.

—Matarlo? — exclamó el Cabo sin poder ¿contener su terror.

—Y ¿por qué no? Quedan tantos en el mar...

—Pero, señor, ¿no sabe que no se deben matar porque traen mala suerte al buque?

—Esas son supersticiones, esas son supercherías. ..

—No, señor; yo no soy supersticioso; pero créame que los albatros traen mala suerte a bordo, !o mismo que los chanchos y que las lechuzas. Cualquier hombre de mar lo sabe.

En este momento se nos acercan dos oficiales. El contramaestre saluda y se retira. Aprovecho su ausencia para referir esos temores a mis compañeros.

—Ya lo creo que tiene razón — me responde uno; — si uno se torna casi supersticioso con lo que ve y con lo que oye acerca de los albatros.

—Y con lo de los chanchos no hay para menos. — confirma el otro.

—Voy a contarle lo que a mí me ha ocurrido en el Sur, — insiste el primero. — Navegábamos con el "Vicente López" de Leones a Cabo Blanco cruzando el Golfo de San Jorge con un mar tan escandalosamente tranquilo que parecía echar por tierra la leyenda que asegura no podérsele atravesar nunca con buen tiempo. De pronto, a poca distancia del buque, vimos un hermoso albatros casi inmóvil sobre ese mar de aceite. Alguien que tenía el revólver a mano le hizo un disparo con buena puntería hiriéndolo en un ala. Se arrió un bote y se condujo la presa a bordo. Al querer izar la embarcación ésta golpeó contra el prominente cintón del "Vicente López" y estuvo a punto de darse vuelta y zozobrar con su proel a bordo.

"Es la mala suerte del albatros", dijeron los crédulos; pero no dimos trascendencia a sus temores. Seguimos navegando sorprendidos de la bondad del tiempo. Era yo oficial de derrota y de pronto noté que los compases se iban desviando cada vez más llegando ya a los cuarenta grados de error. Quedaba una hora de sol y la aprovéche para compensarlos. "Es la mala suerte que trae el albatros", volvieron a decir los supersticiosos.

Sonaron las seis de la tarde y continuaba el tiempo bonancible; pero cuando la campana picó las doce horas de media noche estábamos capeando uno de los temporales más horribles que he conocido en mi vida. Permanecimos como 36 horas a la capa y luego reanudamos la navegación persuadidos de que en verdad no se puede cruzar el Golfo de San Jorge sin mal tiempo y de que los albatros a bordo o traen mala suerte o por lo menos la acompañan

—Así que usted forma parte ahora de los crédulos y supersticiosos?

—No, pero creo que por nada del mundo mataría un albatros en el mar.

—Y los chanchos — pregunté entonces al otro oficial — ¿son tan maléficos como los albatros?

—Ud. va a juzgar. Yo no le contaré lo mucho que he oído sino lo poco que he visto. El año 1915 estaba a bordo del Crucero Independencia, el cual, fondeado en Recalada, prestaba servicios como buque de Pilotos. Los oficiales que íbamos o volvíamos de Buenos Aires éramos conducidos por los buques mercantes que forzosamente debían detenerse allí para desembarcar el práctico. Un ingeniero que regresaba de hacer uso de licencia se embarcó a bordo de un Petrolero de la "Wico". Conversaba tranquilamente con el Comandante cuando de pronto navegando a la altura de Banco Chico vieron un lechón corriendo por la cubierta alta. Inmediatamente el Comandante dirigiéndose a un marino exclamó:

—"¿De quién es ese lechón? Son ustedes marineros viejos e ignoran todavía que los chanchos traen la desgracia a los buques?"

—"Es de! primer oficial" — respondió el interpelado.

—"Pues que venga aquí inmediatamente" — repuso sin disimular su enojo y cuando el primer oficial se hubo presentado le propuso este dilema:

"Tiene usted que matar ese lechón o de lo contrario desembarcarlo. Yo no quiero a bordo animales que traigan desgracias".

El oficial no quiso matar al precioso lechoncito que había recibido como regalo en Buenos Aires y prefirió obsequiárselo al ingeniero que debía desembarcar en Recalada. Quedó el lechón en el "Independencia". A los dos o tres días de esto, cuando iba a recoger el Práctico, la lancha del "Independencia" volcó por un golpe de marejada y perecieronn ahogados siete hombres de la dotación. Demás está decir que todos vieron en esa catástrofe la maléfica influencia del chanchito.

Otra vez, mientras desempeñábamos una comisión hidrográfica con la "Uruguay" en la costa de la Provincia de Buenos Aires, nos ocurrió algo parecido. Los oficiales que trabajaban en tierra nos enviaban desde Médanos en el bote las libretas de las observaciones con algunos víveres frescos. Un día se les ocurrió enviarnos un chancho vivo y al pasar la línea de las tres rompientes se dio vuelta el bote, perdióse el chancho y el trabajo de esos días que venía anotado en la libreta, pero afortunadamente todos los bogadores se salvaron. Como a los quince días volvieron a enviarnos un lechón y esta vez con peor suerte, pues al volcar de nuevo el bote, envuelto por el torbellino de la rompiente, pereció uno de los tripulantes. Desde entonces los marineros se resistieron a embarcar más chanchos en los botes.

—Entonces usted no nos permitiría embarcar aquí ninguno de esos sabrosos animales. — observé.

—Por mí pueden embarcarlos, pero no faltará quien los haga desaparecer. Cierta vez, saliendo para las Oreadas con la "Uruguay", vi un lechón vivo a bordo, no di ninguna orden y sin embargo, al día siguiente la pobre bestia apareció muerta. Pero en cambio, a la vuelta trajimos un precioso lechoncito y tuvimos, a pesar de él, un viaje inmejorable.

—También yo — añadió el otro oficial — he visto herir albatros a granel y embalsamarlos sin que ocurriera nada de extraordinario. —De lo cual deduzco yo, que puedo tranquilizarme, pues a pesar de este nuevo tripulante seguirá el viaje tan bueno y feliz como ha empezado, y desde ahora comenzaremos a pregonar, a la moda de los refranes marineros, que: "Albatros embalsamado, buena suerte te ha anunciado

 

 

Este sitio es publicado por la Fundacion Histarmar - Argentina

Direccion de e-mail: info@histarmar.com.ar