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Un episodio inédito de la guerra submarina
durante el conflicto del Atlántico Sur.
Muy poco se ha
escrito acerca de la actuación del submarino
ARA SALTA durante el conflicto del Atlántico
sur como consecuencia de la natural reserva
que rodea a las operaciones con submarinos.
Ese vacío contribuyó a que, después de
finalizado el conflicto, circularan
versiones dentro y fuera de la Armada, que
en la mayoría de los casos minimizaron y
distorsionaron el desempeño de esa unidad.
En efecto, si bien es cierto que el ARA
SALTA no pudo intervenir activamente en el
teatro de operaciones por razones que más
adelante quedarán aclaradas, no lo es menos
que cumplió un papel importante y hasta hoy
anónimo en la búsqueda de una solución a
corto plazo que permitiera corregir los
defectos acusados por los torpedos SST-4 y
el ineficaz sistema de armas que afectaba,
en ese momento, a ambos submarinos clase 209
utilizados por la Armada Argentina.
{mosimage} Este
artículo revela por primera vez aspectos
desconocidos de la guerra submarina
emprendida contra Inglaterra, que aún hoy,
son objeto de controversia. El contenido de
este artículo se basa en varias entrevistas
realizadas por el autor al Capitán de
Fragata (RE) Roberto F. Salinas, ex
Comandante del ARA SALTA en el mes de julio
de 2001 y en los documentos personales
inéditos del citado oficial. El resto de las
fuentes utilizadas se indican en las notas a
pie de página. Por último, corresponde
aclarar, que los grados del personal militar
mencionado son los vigentes en 1982.
El 2 de abril de 1982 el ARA SALTA
(S-31) uno de los dos submarinos de
origen alemán clase 209
con que contaba la Armada Argentina,
el que en teoría estaba en mejores
condiciones operativas, se encontraba
por ese entonces en Puerto MADRYN
haciendo pruebas de calibración de su
telémetro acústico pasivo
con
la colaboración de algunos técnicos
franceses de la firma que había diseñado
el equipo. A poco de conocida la noticia
del desembarco argentino en Malvinas los
franceses regresaron a su país sin
concluir los trabajos
. La
Fuerza de submarinos pasó entonces a
depender en forma directa del Comandante
de Operaciones Navales (Vicealmirante
Juan José Lombardo) debiendo el
Comandante de la Fuerza de submarinos
(COFUERSUB) y su estado mayor
trasladarse a la Base Naval de Puerto
Belgrano (BNPB)
.
Durante las pruebas
realizadas, luego de un prolongado período
en dique seco por razones de mantenimiento,
se advirtió que el submarino hacía ruidos de
cierta intensidad mientras navegaba en
superficie y en inmersión, que lo
convertirían en presa fácil de los
destructores y helicópteros antisubmarinos
enemigos. No se conocía entonces con
exactitud el origen de tales ruidos. El
COFUERSUB decidió que el buque fuera
sometido a una revisión completa en dique
seco antes de zarpar en patrulla de guerra.
Fue durante este período que su Comandante
debió ser relevado por problemas de salud.
Ello impidió que el buque completara su
período de alistamiento y pruebas en el mar.
El relevo del Comandante de la unidad a
pocos días de iniciado el conflicto con
Inglaterra incidió negativamente en la moral
de la plana mayor y tripulación del buque.
El Vicealmirante Juan
José Lombardo, un veterano oficial de
submarinos, y el entonces COFUERSUB (Capitán
de Navío Eulogio MOYA LATRUBESSE) se
abocaron a la búsqueda urgente de un
reemplazante que pudiera alistar el buque
para su rápido despliegue a la zona de
operaciones
. La
elección recayó en el Capitán de Fragata
Roberto F. Salinas, a la sazón edecán naval
del Presidente de la República
. Este
oficial había egresado en el segundo lugar
de su promoción de la
Escuela Naval Militar, era ex comandante del
ARA SALTA y le precedía una reputación de
submarinista experimentado con una
intachable foja de servicios.
El 13 de abril de 1982 el
Capitán SALINAS recibió una comunicación del
Director General de Personal Naval (DGPN)
ordenándole hacerse cargo del “comando
accidental” del ARA SALTA para lo cual debía
presentarse en el término de 24 horas en la
BNPB. La noticia lo sobresalto pues hacía
poco más de dos años que no ejercía el
comando de un submarino clase SALTA ,
desconocía por completo el estado de
adiestramiento de la nueva dotación y la
situación operativa de la unidad. Para
agravar aún más las cosas la Fuerza de
Submarinos carecía de experiencia de combate
sobre la cual apoyarse, desconocía la
capacidad antisubmarina desplegada por el
enemigo y no disponía de una doctrina de
combate preestablecida para hacer frente a
la flota inglesa, dado que Inglaterra no
constituía una hipótesis de conflicto para
la Argentina. En ese contexto no cabía otra
alternativa que improvisar sobre la marcha y
esperar lo mejor.
Al día siguiente se
presentó ante el COFUERSUB para asumir su
nuevo comando, pero se le informó que no
podría hacerlo hasta el 17 de abril, pues el
buque acababa de salir de dique seco y
estaba siendo sometido a una prueba de
ruidos en aguas de El Rincón bajo
el mando del segundo, Capitán de Corbeta
Esteban J. ARATA. Este oficial se había
desempeñado como subdirector de la Escuela
de Submarinos en Mar del Plata cuando
SALINAS ocupaba el cargo de director, por lo
que ambos oficiales se conocían bien.

Al regresar el buque de
una corta navegación el Capitán ARATA
informó que el problema de los ruidos y
vibraciones de origen desconocido aún
subsistía. El COFUERSUB ordenó entonces
someter el buque a una nueva revisión en
dique seco, debiendo el personal del Taller
de la BNPB desmontar el eje y la hélice de
cinco palas de paso fijo de 3,20 metros de
diámetro, el sello de popa, etc. para
efectuarle una recorrida completa. Mientras
se realizaban los trabajos de reparación se
recibieron varias alarmas de ataque aéreo,
pues se temían posibles bombardeos de los
VULCAN , lo que obligó a inundar
repetidamente el dique seco para poder
remolcar al submarino a un lugar menos
expuesto. Por fortuna los temidos bombardeos
nunca se materializaron.
Dos semanas después, sin
que se hubieran determinado aún las causas
de los ruidos del buque, SALINAS zarpó con
destino a la Base Naval de Mar del Plata
para alistamiento de campaña de guerra. Ya
navegando en superficie por el canal y
encontrándose el buque a la altura de la
boya Nº9recibió la orden de regresar
a puerto pues se había informado que un
avión explorador propio había detectado un
submarino nuclear (presumiblemente enemigo)
navegando en superficie a unas 80/100 millas
náuticas de la boya faro (referencia náutica
que señala el comienzo del canal de acceso a
la BNPB).
Como consecuencia de este
hecho el COFUERSUB ordenó alistar el buque
en la BNPB solución que el Capitán Salinas
ya había sugerido antes de zarpar por cuanto
consideraba que el puerto de Mar del Plata
era notoriamente indiscreto para tal
maniobra, pudiendo la inteligencia enemiga
conocer con exactitud el día y la hora en
que el SALTA se hiciera a la mar si la base
era observada por agentes enemigos , tal
como parece haber ocurrido con el crucero
ARA General Belgrano cuando zarpo de Ushuaia . A
principios de Mayo se recibieron alarmantes
informes del ARA SAN LUIS que daban cuenta
de que los torpedos SST-4 no eran
confiables, dado que había efectuado dos
lanzamientos fallidos contra unidades de
superficie enemigas y uno contra un presunto
blanco submarino, sin poder determinarse el
origen de las fallas. Estas eran pésimas
noticias para el ARA SALTA ya que además del
problema de los ruidos sin resolver debía
ahora vislumbrar que iría a combatir al
enemigo sin perspectivas de éxito, como
consecuencia del mal funcionamiento de los
torpedos.
Para atacar el problema
el 12 de mayo de 1982 el COFUERSUB creó una
comisión especial integrada por cuatro
oficiales ,
presidida por el propio Salinas para
analizar y determinar las causas de los
frustrados ataques del ARA SAN LUIS y
evaluar la confiabilidad del sistema de
armas proponiendo las medidas adecuadas para
poner el sistema en condiciones operativas.
Dado los limitados medios técnicos
disponibles y los términos perentorios
impuestos a la comisión para efectuar su
evaluación se emitió un informe parcial a
las 72 horas sin poder llegar a
determinarse, fehacientemente, el origen de
las fallas. No obstante, entre los
antecedentes reunidos se pudo constatar que
en diciembre de 1981 se había informado de
la existencia de fallas de similar
naturaleza a las del ARA SAN LUIS en los
lanzamientos de ejercicio realizados durante
aquél año naval. La superioridad finalmente
decidió esperar el arribo del ARA SAN LUIS
para poder contar con más elementos de
juicio.
Con la llegada del ARA
SAN LUIS a Puerto Belgrano el 19 de mayo
luego de una patrulla de 39 días, en la cual
debió permanecer 864 horas en inmersión (equivalente a 36 días) se
completó el análisis de la comisión
descartándose el uso de torpedos similares a
los embarcados en ese buque. Salinas recibió
la orden de embarcar un nuevo tipo de
torpedos SST–4 armados en la empresa
argentina EDESA. Estos contaban con algunas
mejoras respecto del modelo anterior de
origen alemán pero aún no habían sido
suficientemente probados.
El ARA SALTA volvió a
zarpar en patrulla de guerra el 21 de mayo
de 1982 con ordenes de realizar pruebas de
tiro, en tránsito a la zona de operaciones,
con el fin de asegurar la efectividad de los
nuevos torpedos y verificar el
funcionamiento general del sistema de armas
del buque. Adicionalmente se harían
distintas pruebas y evaluaciones de los
ruidos del buque. Ello ocurrió 48 horas
después de que el ARA SAN LUIS tomara
puerto, dada la necesidad de mantener en
forma continua un submarino en operaciones
evitando con ello que el enemigo
prescindiera de la amenaza submarina . Para
la ocasión se destacó a un grupo de
observadores terrestres que serian testigos
del ejercicio sobre un blanco preconvenido
ubicado convenientemente cerca de la costa.
El 23 de mayo a las 14:00
horas el ARA SALTA llegó al área convenida
sobre la costa norte del GOLFO NUEVO. A la
mañana del día siguiente todo estaba listo
abordo para iniciar las pruebas de tiro con
torpedos con cabeza de combate. Se trataba
del primer ejercicio de estas
características efectuado por la Armada
Argentina en toda su historia. El buque
navega a profundidad de periscopio y a baja
velocidad con el objeto de efectuar el
disparo en optimas condiciones. Ni bien el
torpedo dejara el tubo el Comandante había
previsto llevar el submarino a plano de
seguridad, evitando así que el torpedo
pudiera buscar y destruir por error al buque
propio mas allá de la profundidad en la que
debía encontrar el blanco. A las 9:13 horas
se da la orden de lanzar con el tubo Nº 7.
El torpedo corre dentro del tubo por 1
minuto 15 segundos y luego se detiene.
Inmediatamente después del lanzamiento la
voz del sonarista da el primer indicio de
alarma: “no escucho ruido de hélices!”
Una rápida verificación
permite constatar que el torpedo no había
abandonado el tubo. El Comandante consciente
de que el éxito o el fracaso del arma
submarina reposa casi por entero en el
resultado de aquellas pruebas decide por su
propia iniciativa efectuar un segundo
lanzamiento. A las 10:25 horas a una
distancia de 13.000 yardas del blanco se
ordena lanzar con el tubo Nº 1. Luego de una
corrida del torpedo dentro del tubo de 54
segundos se produce idéntico resultado. Un
sentimiento de frustración e impotencia se
esparce por todo el buque. El saldo del
ejercicio es: dos torpedos con cabeza de
combate activada trabados en los tubos
lanzatorpedos, con todos los riesgos que
ello implica. Pese a que se intentó la
maniobra reglamentaria para desprenderse de
ellos (inclinando el submarino 20% punta
abajo) los torpedos permanecen en los tubos.
El moderno SALTA no dispone de ningún medio
para expulsar los torpedos. No había abordo
un sistema de aire comprimido para ese
propósito, ni podía descargarlos desde el
interior del buque.
Luego de un día lleno de
sobresaltos el Comandante decide mantenerse
en plano profundo dentro del Golfo Nuevo
para que la tripulación que no cubre ninguna
guardia pueda descansar y relajarse un poco,
circunstancia que fue aprovechada para
servir la cena. Aproximadamente a las 20:28
horas se sintió una fuerte vibración,
seguida de una voz de alarma desde la
sección de proa del buque. El torpedo
alojado en el tubo Nº1 se pone
imprevistamente en marcha. Toda la
tripulación teme lo peor, pues esa es la más
grave emergencia imaginable para cualquier
submarinista. Salinas ordena llevar el
buque a superficie en emergencia para
minimizar el riesgo de explosión de la
batería del torpedo y, como medida
preventiva, abrir las portas externas de los
tubos lanzatorpedos, pues teme que el
torpedo abandone el tubo de un momento a
otro. Lejos de ello aquél permanece en su
lugar. El batido de las hélices recién se
detiene a las 21:15 horas. El Comandante
informa lo ocurrido al COFUERSUB, quién a su
turno le ordena regresar a puerto,
interrumpiendo así su despliegue a la zona
de operaciones. El Comandante por razones de
seguridad decide mantener los tubos
inundados y con el objeto de minimizar los
ya indiscretos ruidos del buque ordena
cerrar las portas externas de los tubos
lanzatorpedos. El tránsito de regreso a
Puerto Belgrano implicaba en sí mismo un
riesgo potencial para el buque, dado que los
gases de la batería del torpedo podían
generar una explosión interna con
devastadoras consecuencias.
El ARA SALTA toma puerto
el 29 de mayo designándose al Capitán de
Corbeta Ingeniero Ernesto CONRAD junto a
otros dos hombres para
desactivar y extraer del submarino los
torpedos defectuosos. Mientras se realiza la
peligrosa maniobra nadie permanece abordo
con excepción del grupo mencionado. Cumplida
con éxito la tarea los torpedos son
sometidos a numerosas pruebas y el submarino
a una rigurosa inspección lográndose
determinar que uno de los sistemas de
seguridad del buque no había logrado
desactivarse por completo evitado así la
salida del torpedo . El
Comandante informó que el nivel de ruidos y
vibraciones seguía siendo considerable a tal
punto que interfería el sonar pasivo en 100º
de los 360º en diversos sectores.
El 12 de junio Salinas
recibe la orden de hacerse a la mar
nuevamente para continuar con los ejercicios
de tiro y evaluación de ruidos en la zona de
Golfo Nuevo. El 14 de junio (día de la
rendición de Puerto Argentino) sorprende al
ARA SALTA navegando en la zona prefijada sin
haber aún podido efectuar los lanzamientos
programados.
Pese a la finalización de
las hostilidades la superioridad decide
seguir adelante con las pruebas las que se
realizan al día siguiente por la tarde. El
ARA SALTA se dispuso a realizar su tercer
lanzamiento de un torpedo con cabeza de
combate, 23 días después del primer
ejercicio en esas mismas aguas. El buque
navega en las mismas condiciones que lo
había hecho en los lanzamientos anteriores.
El primer torpedo abandona el tubo Nº 6,
pero transcurrido 1 minuto y 41 segundos el
operador del sonar pierde todo contacto con
el mismo. El Comandante ordena entonces
cortar el cable de filoguiado y
llevar el buque a plano de seguridad debido
a la clara indicación de irregularidades en
la corrida del torpedo. Nunca más se supo
nada de él. Una vez verificados todos los
sistemas de control tiro el Comandante
ordena efectuar un segundo lanzamiento con
el tubo Nº2. El torpedo salió del tubo y
parecía comportarse adecuadamente hasta que
se recibió la indicación de “cable cortado”
a una distancia de 7.200 yardas del blanco.
De inmediato se ordenó llevar el submarino a
plano profundo. Apenas habían transcurrido
dos minutos desde el corte del cable de
filoguiado cuando se escuchó una atronadora
explosión a través del caso. El torpedo se
encontraba a 5.500 yardas de la costa (a
mitad de camino entre el submarino y el
blanco) muy cerca de la isobata de 50 metros
cuando estalló sin ninguna razón. Esta
penosa experiencia terminó por convencer al
alto mando naval de que los torpedos SST-4 y
el sistema de armas en general no eran
operativos.
Entre los días 17 y 18 de
junio de 1982 el ARA SALTA realizó las
pruebas de ruidos ordenadas. Para poder
determinar con cierta exactitud el nivel de
ruidos del submarino se improvisó una
estación de relevamiento mediante el
aprovechamiento de los equipos de escucha
subacua que se encontraban abordo del buque
oceanográfico EL AUSTRAL (CF
SANTILLÁN) y la ayuda de una boya. El
submarino navegó en una zona prefijada a
velocidades y profundidades variables, para
de ese modo medir su firma acústica y
determinar si la misma era capaz de delatar
la presencia del submarino.
Pero fue la mañana del 19
de junio la que SALINAS retiene más fresca
en su memoria, pues fue ese día cuando por
unos instantes tuvo en la mira de su
periscopio la imagen de la “gran ballena
blanca”, apodo con que los
británicos bautizaron afectuosamente al
gigantesco trasatlántico CANBERRA (Capitán
D.J. Scott Masson) de 44.807 toneladas,
requisado a la firma P & O SHIPPING CO. Este
barco había zarpado hacia el Atlántico sur
el 9 de abril del puerto de SOUTHAMPTON
previa conversión en transporte de tropas.
Adicionalmente se lo había equipado con dos
cubiertas de vuelo para operar con
helicópteros y un sistema para permitir el
traspaso de combustible en alta mar. Aunque
el Comandante del ARA SALTA lo ignoraba en
ese momento el CANBERRA navegaba atestado de
prisioneros de guerra argentinos (4167,
incluyendo heridos) ansiosos de ser
repatriados a sus hogares en tierra
continental luego de las desgarradoras
vivencias del combate en suelo Malvinense.
Tras cumplir esta tarea humanitaria en
Puerto Madryn el CANBERRA zarpo de regreso a
PORT WILLIAM (Islas Malvinas) el 20 de junio
para repatriar a las tropas inglesas al
Reino Unido, donde arribó el 11 de julio de
1982.
Concluida la navegación
el Capitán SALINAS fue desembarcado y
reincorporado a su destino anterior (CASA
MILITAR) donde asumió nuevamente sus
funciones de edecán naval del Presidente,
hasta la finalización del mandato del
General BIGNONE (último presidente de
facto).
Retrospectivamente parece
innegable, tal como le ocurrió en los hechos
al ARA SAN LUIS, que aún en el caso que el
ARA SALTA hubiera arribado al área MALVINAS,
su defectuoso sistema de armas lo habría
privado de infligir daño alguno al enemigo.
La falta de adiestramiento con torpedos con
cabeza de combate en los años previos al
conflicto, evitó detectar y corregir a
tiempo las fallas acusadas en sistemas
vitales del buque, todo lo cual impidió a la
Fuerza de Submarinos concretar su primer
ataque exitoso contra la flota de superficie
Británica. Este handicap contribuyó
significativamente para que la ROYAL NAVY
pudiera disputar con éxito a la ARMADA
ARGENTINA el control del mar en la zona de
operaciones, control que retuvo hasta el
final del conflicto.
Nuestra Fuerza de
Submarinos se vio así envuelta en una
carrera contra el tiempo en pos de
solucionar una multiplicidad de problemas
logísticos y operativos de gran complejidad
que planteaban un desafío técnico nunca
antes encarado por las autoridades navales
argentinas, las que habían relegado al
submarino a un papel secundario a la flota
de mar. La sorpresiva rendición de nuestras
tropas el 14 de junio evito que se pudieran
obtener resultados positivos en el corto
plazo.
Otro elemento decisivo
que contribuyó a la imposibilidad de prever
adecuados planes de contingencia fue el no
contar con preaviso alguno del inicio de la
“Operación Azul” (hoy conocida como ROSARIO)
hecho que incidió negativamente en el
alistamiento de la Fuerza de Submarinos para
la inminente campaña militar que se
avecinaba. Si a ello le sumamos que el
COMITÉ MILITAR
impidió al Vicealmirante J.J. LOMBARDO
utilizar la ventaja táctica que sólo el arma
submarina era capaz de obtener para la flota
Argentina, atacando al enemigo donde aquél
menos lo esperaba, es fácil imaginar el
porqué del resultado final del conflicto.
Solo a partir del 28 de abril los submarinos
Argentinos fueron autorizados por el COMITÉ
MILITAR a actuar ofensivamente como
consecuencia directa del ataque inglés a las
Georgias del Sur.
No obstante, la
circunstancia de que los submarinos diesel
eléctricos criollos pudieran operar a
discreción en aguas controladas por el
enemigo, el cual disponía de una fuerza
naval ostensiblemente superior con
plataformas antisubmarinas de última
generación, constituye es en sí mismo un
mérito innegable de los submarinistas
argentinos. Las expertas fuerzas
antisubmarinas británicas (que en aquel
entonces realizaban el 70% de las patrullas
antisubmarinas de la Alianza Atlántica) recibieron esta inesperada
lección al mostrarse impotentes para
neutralizar esa amenaza, que como se sabe se
redujo a un único submarino convencional, el
ARA SAN LUIS. Diez años después de concluido
el conflicto el Comandante de dicha unidad
todavía decepcionado por los pobres
resultados obtenidos declaró a una revista:
“yo de la guerra me entere por la radio”.
*Jorge
Rafael Bóveda es abogado graduado en la
Universidad de Buenos Aires. Es miembro del
prestigioso U.S. Naval Institute desde 1996
y del Instituto Nacional Browniano. Su
profundo interés en la Historia Naval en
general y la Campaña de Malvinas en
particular lo llevaron a investigar la
actuación de la Fuerza de Submarinos durante
el conflicto de 1982, investigación a la
cual le ha dedicado los últimos cinco años.
Publicó su primer artículo en julio de 1995
en el Boletín del Centro Naval. Desde
entonces logró entrevistar no sólo a los
comandantes de las tres (3) unidades
submarinas que fueron desplegadas en el
conflicto, sino también a varios oficiales
superiores y jefes que han tenido una
participación destacada en el desarrollo de
la guerra submarina. El presente trabajo es
fruto de esa investigación sobre la base de
fuentes inéditas y entrevistas a quienes
tuvieron una participación directa en los
hechos descriptos. Actualmente esta
preparando un libro sobre la actuación del
submarino ARA Santa Fe durante el conflicto
del Atlántico Sur sobre la base de más de un
centenar de entrevistas a los protagonistas
directos de los hechos, incluyendo al
Comandante y la plana mayor de esa unidad,
como así también a numerosos oficiales
británicos que intervinieron en las acciones
llevadas a cabo en las Georgias del Sur.
Este artículo fue
galardonado con el 2° premio "Creatividad
2003" en el género periodismo de
investigación por la Academia Nacional de
Periodismo. Agradecemos Tambien a Felicitas
Luna Coordinadora de Todo es Historia. que
permitio la reproducion de este excelente
material. |