Historia y Arqueologia Marítima

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RECUERDOS DE VIAJE EN NUESTRA MARINA MERCANTE DE POSTGUERRA

Por el Capitán Héctor González Warcalde - Publicada en el Boletin del Centro Naval Nº 710 de Marzo de 1977

 El autor relata en este artículo una visita a Cabedello, esa extraña población que nos recuerda la recepción que se hacía en las islas del Pacífico a los primeros navegantes europeos que llegaron a ellas, donde eran recibidos por los naturales con simpatía y todas las demostraciones de amor de sus inocentes habitantes. Agrega un párrafo sobre algunos fenómenos meteorológicos vistos desde el puente, que llamaron su atención, finalizando con el comentario sobre el tráfico de pasajeros clandestinos, comúnmente Mamados polizones, que en su momento llegaron a preocupar a los capitanes de ultramar y ern general a las autoridades portuarias del mundo marítimo.

Navegaba en la línea comercial del Golfo, llamada así por tener por destino los puertos del golfo de Méjico y como terminal Nueva Orleans; zarpábamos de Buenos Aires casi en lastre, pues Norte América nos compraba poco, en razón de contar con una producción similar a la nuestra, además de ciertas trabas comerciales que ponían en defensa de los intereses propios. Como consecuencia debíamos ir buscando carga en el trayecto, haciendo escalas en los puertos brasileños de Río Grande, Paranaguá, Santos y Angra dos Reis.

En este último, poco frecuentado por nuestros buques, quizás por encontrarse algo a trasmano de las rutas marítimas, sólo cargábamos café. Pese a la seguridad de sus aguas, era de escaso movimiento; no era un centro industrial por el momento, aunque para el futuro estaba proyectada allí la instalación de una central atómica. Durante la monarquía de los Braganza, lo visitaba la familia imperial aprovechando su tranquilidad para utilizarlo como playa privada; conservaba su aspecto colonial y su pequeña bahía, de aguas límpidas, se hallaba semiescondida entre islas e islotes que casi cierran su acceso, lo que hace la navegación de recalada tan pintoresca que no desmerece en nada ante la belleza de Río de Janeiro.

Cabedello: Un paraíso marinero

En el itinerario estaba incluido el puerto de Cabedello, del cual desconocía todo dato y poco lo había oído nombrar, salvo a un capitán amigo a quien oí decir al cruzarnos en un pasillo del edificio Dodero: "Voy a Cabedello", sin otros comentarios ni mencionar centros importantes como Nueva Orleans o Veracruz, que al parecer tendrían mayor interés.Proseguimos nuestro viaje hacia el Norte, después de dejar atrás Bahía y más tarde Pernambuco.

Muy de madrugada me acercaba a Cabedello, con precaución, pues se extienden restingas hasta unas diez millas fuera de la costa. Aclaraba, saliendo un sol rojizo que alumbraba una playa desierta, salvo un pesquero madrugador que tendía sus redes en procura de la pesca diaria; por otro lado no se notaba vida, ni siquiera se veía el humo que delatara la presencia del hombre en tierra habitada; espesos bosques de palmeras la cubrían ocultando la visión hacia el interior. El calor tropical se hacía sentir desde la mañana y una vez embarcado el piloto, navegamos en demanda del puerto, que se encontraba a pocas millas de la desembocadura del río Parahiba. Sobre su margen derecha se veía el muelle, ya ocupado por otro barco; en consecuencia, debimos fondear hasta que nos dejara libre el único sitio de amarre. La población, algo separada y fuera de nuestra vista, sólo nos mostraba algunos galpones solitarios y unas pocas personas ocupadas con la maniobra de carga.

Cabedello, cuyo nombre proviene de una antigua fortaleza del sur de Portugal, está situado en el estado de Parahiba; su capital es Joáo Pessoa, que se levanta en el interior, a una media hora de viaje en automóvil; cuenta con unos 180 mil habitantes, una flora tropical y un sol abrasador que no invita a visitarla hasta el atardecer, cuando el río da una apariencia de frescura.

Al fondear, vino a bordo el representante de nuestra agencia marítima para comunicarnos que atracaríamos al día siguiente y combinar el horario de un servicio de lanchas entre el barco y el muelle, para llevar a tierra el personal franco de servicio. Atraca la primera lancha y con gran sorpresa veo que toda la tripulación se alistaba para salir, quedando a bordo solamente la guardia y el capitán; yo me preguntaba: ¿cuál será la atracción que motiva este abandono masivo, en el que se incluían también los oficiales? Al día siguiente, ya en el muelle, se inicia la tarea de cargar la mercadería depositada en los galpones, consistente en cera, producto de la palmera carnauba, acondicionada en forma de grandes pelotas.

Todo aquel que no tenía quehaceres a bordo desembarcaba y se dirigía hacia la población; yo, al quedar libre, aprovechando el día caluroso, decidí refrescarme en las tibias aguas del río que se deslizaba a nuestro costado; recién después pensé en los peligrosos peces tropicales que podrían haber perturbado mi natación.

Por la tarde, con el sol bajo, decidimos visitar la capital del estado. Poco tiempo nos llevó, pues la ausencia de gente nos hizo pensar que aún no habían terminado con su siesta. La ciudad, de aspecto agradable, con arboledas que le daban sombra protectora, no nos ofrecía mayor programa, por lo que decidimos emprender el regreso a Cabedello. Llegamos allí en plena actividad nocturna en la única y amplia avenida existente, unas tres cuadras profusamente iluminadas, tal como si fuera de día, con un gentío que en confusa reunión de marineros, mujeres y jóvenes en general, bebían, charlaban y jugaban, para lo cual en plena calle funcionaba una rústica ruleta; bares que despachaban bebidas a granel, música sin parar, alegría desbordante en todo el mundo.

A todo esto había que agregar la participación pasiva de los animales domésticos, gallinas, perros, cerdos, que se entremezclaban con la concurrencia. Un muchacho corría a una jovencita en alegre juego, hasta que ésta, al tropezar con un chancho callejero que se le cruzó en su carrera, cayó y finalmente fue alcanzada por su galán, terminando ambos en un estrecho entrevero; tal era la calle Florida, según la bautizaron nuestros marineros.

Llamaba la atención no ver personas mayores; la juventud se divertía sin protagonizar escenas de violencia y nuestros marineros actuaban como dueños del campo, sin competencia. Nadie se preocupaba por la conducta de sus vecinos; entre la abigarrada concurrencia femenina se notaban los más variados matices de piel, predominando las de tez morena, que denunciaban su ascendencia africana, pero con curiosas alternativas en el colorido de sus ojos y pelo; algunas mujeres con ojos claros, otras con el pelo rojizo, denunciaban el paso fugaz de rubios nórdicos que habían dejado sus huellas.

Este ambiente festivo continuó con un relativo orden dentro de la libertad existente, hasta justamente la una de la mañana en que aparecieron dos policías, que con sus silbatos dieron dos fuertes pitadas. El efecto fue inmediato: paró la ruleta, cerraron sus puertas los bares, se apagaron las brillantes luces, la gente desapareció y quedó todo cual un cuartel en que el clarín hubiera ejecutado el toque de silencio, dejando a la luna la vigilancia del dulce sueño de sus moradores.

La playa y sus cabañas entre las dunas ofrecían acogedor refugio a damas y caballeros, sólo perturbado por el ruido de la resaca en la costa cercana. Ya en navegación por la interminable costa norte brasileña, los tripulantes, algunos con más confianza que otros, me hacían los comentarios de las noches pasadas en este edén, según la suerte que había correspondido a cada uno. Cabedello me había aclarado cuál era el enigma de su sugestión.

Prosecución del viaje

Continuando el viaje llegamos a Veracruz, la ciudad que fundó Cortés. Recuerda a los españoles su hermosa plaza rodeada por edificios coloniales con sus viejas recobas, donde se dejan oir las marimbas que tocan en los restaurantes donde sirven el sabroso pez espada. No lejos, a la entrada al puerto, se ve el reverso de la medalla: una oficina perfectamente instalada, cuyo fin es escribir cartas a los analfabetos. Desde los ventanales podíamos apreciar la asidua concurrencia. Mientras el cliente transmitía los mensajes que deseaba hacer llegar a sus familiares, un empleado traducía los mismos y los pasaba a máquina; después de leerle sus dichos y dada la conformidad, se ensobraba y quedaba la carta lista para ser remitida.

Siguiendo la navegación llegamos a Tampico. Aquí las recobas no muestran lujo, pero sirven de comedero, valga la expresión, para la gente del pueblo, comúnmente descalza; bajo cada arcada una mujer tiende su mesa sobre tablones y prepara la comida cocinando platos populares al aire libre; abundan las moscas y la higiene es muy escasa; allí sirven a unas veinte personas por mesa, entre los que se incluyen muchos niños.

A continuación viene el gran estado de Texas. Entramos a los puertos de Corpus Christi, Freeport, Galveston y finalmente Houston, al cual se entraba por un largo canal rodeado por destilerías de petróleo y plantas industriales; Houston había llegado a ocupar el tercer lugar en importancia entre los puertos de la Unión. Se le llamaba la ciudad de los millonarios, donde éstos viven en una zona en que se levantan sus imponentes mansiones. Aquí todo es grande. La Universidad se extiende por hectáreas, que desfilan por buen trecho ante nuestra vista. En las afueras un centro comercial gigantesco, donde pueden estacionar miles de automóviles, permite a sus habitantes el abastecimiento de las mercaderías que deseen, sin entrar al centro urbano. Allí se puede comprar todo lo que se vende en las grandes tiendas, más aún un avión, si se necesita.

Se nota en la ciudad la ausencia de ómnibus locales, pues todos cuentan con su propio automóvil; no hay problemas de tráfico debido a la extensión de la ciudad y a la amplitud de sus avenidas; al menos esto sucedía en la época de mi visita.

En un rincón, lejos de los mares que surcara orgullosamente ostentando sus grandes cañones, queda como recuerdo atracado a tierra el viejo acorazado Texas, izando la bandera del Estado, similar a la de la Unión pero con una sola estrella; numerosos visitantes lo admiran en el lugar de su definitivo descanso.

En el interior se encuentra el famoso King's Ranch, la más grande de las estancias, que nos mandó nutrido pasaje, 200 novillos cruza de Shorthorn y cebú, para ser llevados a Santos; pagaban 200 dólares por cabeza. Los animales se portaron bien durante la navegación, llegando todos a destino en perfectas condiciones. Ello fue festejado generosamente por su capataz, juntamente con los tripulantes que le dieron ayuda; quedó pendiente para el próximo viaje la invitación que nos hiciera para visitar el "rancho".

Tromba marina

Navegando por el Mar de las Antillas con destino al golfo de Méjico, en una zona cercana a Cuba, poco después del mediodía, con tiempo calmo, vi formarse una gran tromba marina; nunca había observado un espectáculo igual. La tromba, movimiento rotatorio de gran velocidad y traslación lenta, tal un pequeño ciclón, es un fenómeno meteorológico no muy raro, tanto en tierra como en el mar. A menudo lo hemos visto en el interior de nuestro país y también leído los destrozos causados por su paso por una determinada localidad, levantando y arrojando fuera de su lugar objetos de gran peso, que superan lo imaginable. Pocas veces el marino tiene oportunidad de ver una gran tromba en el mar, donde nubes y agua forman una sola masa tubular.

No lejos de mi través, calculo que a unas tres millas, un obscuro cúmulo nimbus se alargaba y tomaba contacto con el agua que en rápido torbellino y escarceos formaba un tubo casi vertical bien definido que se unía con la nube. Sobrepasaba en muoho la altura de mi barco, con dimensiones difíciles de estimar, pero quizás su altura alcanzara a unos 600 metros; admirando el fenómeno pensaba ¿cuál sería su efecto sobre nuestra nave si se cruzaba en el camino? Continué en la ruta sin maniobrar, hasta cierto punto atraído por el espectáculo, que al parecer había llegado a su máximo desarrollo; en efecto, poco después se cortaba el tubo de unión nube-agua, continuando su curso el torbellino, mientras nosotros proseguíamos a rumbo.

Otros meteoros vistos desde el puente

Espejismo
Relataré un caso digno de mención: En 1945, finalizada la segunda guerra mundial, se preveía la llegada de submarinos alemanes a nuestra costa atlántica, los que por encontrarse en campaña fuera de su patria querían evitar rendirse a los triunfantes aliados. Fueron destacados los guardacostas "Libertad" e "Independencia" para vigilar la zona del cabo San Antonio, donde debían patrullar. Una mañana, navegando hacia el Norte, se presenta hacia mi proa la extraña figura de lo que parecía un gran portaaviones. Sabía que en las inmediaciones no había otros buques que los guardacostas citados. Observando el navio que se aproximaba, fue apareciendo a mi vista el "Independencia" y su imagen invertida completa desde la perilla de su mástil hasta la línea de flotación, con una claridad asombrosa, y a medida que se acercaba se diluía la imagen reflejada, hasta quedar sólo la imagen directa del buque.

El espejismo es un fenómeno común: la diferencia de temperatura en las zonas bajas de la atmósfera da lugar a la deformación de las imágenes y a una reflexión total en las capas de aire en contacto con la tierra o el mar, ofreciendo extrañas figuras como la observada en las cercanías de San Clemente.

Rayo verde
En la Escuela Naval, un profesor marino nos hablaba de este interesante fenómeno. Yo lo buscaba fuera del disco solar durante la puesta, pero no llegaba a captarlo, hasta que en una tarde tropical con atmósfera diáfana se me presentó nítido y verde en el sector horizontal y superior del sol, en notorio contraste con el resto rojizo. Se debe estar atento en el momento del ocaso, pues su presencia es de contados segundos antes de la desaparición total del sol tras el horizonte marítimo.

Niebla seca

El diccionario define la niebla como nube en contacto con la tierra y se llama bruma cuando ésta se forma sobre el mar, que obscurece más o menos la atmósfera.
En circunstancias en que navegaba desde la costa de los Estados Unidos con destino a Gibraltar, seguía el círculo máximo que me ahorraba muchas millas en mi trayectoria y me llevaba a la altura de las islas Azores, a gran distancia de tierra continental. En pleno día de sol brillante, nos empezó a cubrir intensa niebla que me obligó a tomar las medidas que disponen las reglamentaciones para evitar colisiones en el mar. Sorprendido, por no ser época para que en la zona se produjera tal fenómeno y al observar que los cristales del puente se empañaban, paso un dedo por los mismos notando total ausencia de humedad y quedando la marca sobre un fino polvo color pardo amarillento; la visibilidad había desaparecido por completo.

Recurriendo al "Pilot" tuve la explicación: "Los vientos continuados del norte en el desierto de Sahara, que a veces soplan durante días, el llamado 'Simún', cálido y seco de acción enervante, levantan este polvo que se interna en el océano hasta enormes distancias", como la observada a bordo de nuestro buque, a miles de kilómetros del foco en que se había producido.

En Santa Cruz, durante una campaña hidrográfica, pude observar un fenómeno similar, pero no se presentó a distancia tan considerable como el caso anterior. No había viento local; tema varios hombres en tierra y acababa de despachar una lancha para sondajes, cuando desde el Oeste se aproximaba una gran nube obscura que podía ser presagio de tormenta. Alerté a las estaciones y llamé a la embarcación por medio de señales; no tardó en cubrirnos y desaparecer por completo la visibilidad; por un tiempo debí paralizar los trabajos exteriores esperando que aclarara, lo que tardó varias horas, pues la calma mantenía el polvo en suspensión, algo raro allí donde los vientos soplan continuamente.

Los polizones

Comenté en un artículo anterior, al narrar los primeros viajes por el Mediterráneo, mi preocupación por la bien organizada asociación para el contrabando a bordo de nuestros buques, cuyas tripulaciones tomaban como un derecho el percibir su remunerativo producto, hasta que fueron sancionadas por Ley las penalidades impuestas a quienes incurrieran en ese tráfico ilegal. Otro problema que se presentaba a los capitanes en los primeros años de postguerra era la presencia a bordo de numerosos pasajeros clandestinos, gente que deseaba abandonar Europa a la brevedad y no contaba con los medios para pagar sus pasajes o no tenía documentación en regla para viajar; además, estaban aquellos con cuentas pendientes por haber pertenecido a la Gestapo, que huían para no ser detenidos por las fuerzas aliadas.

Al capitán se le hacía responsable por el polizón, y su fuga implicaba una fuerte multa para el mismo, por lo cual no mirábamos con simpatía su presencia clandestina a bordo. Se hablaba de barcos que los hacían desaparecer; muchas veces su entrada y escondite era facilitada por los mismos tripulantes, ya sea por amistad o mediante dinero que recibían; encontrar media docena de estos pasajeros cuando el barco se preparaba para zarpar, era cosa corriente.

En los puertos de Genova y Nápoles era principalmente donde se introducían los polizones, pues la escala de varios días facilitaba su acceso, pese a las guardias instaladas con severas consignas. Previa a la largada de amarras, se efectuaba una prolija búsqueda en todo el barco con la intervención de toda la tripulación y la policía local, que se hacía cargo de aquellos que iban apareciendo. Sucedió que en sus declaraciones implicaban a los tripulantes que los ayudaron a entrar y esconderse; los que entregaron dinero querían su devolución y de ese modo delataban a quienes habían intervenido en el venal negocio.

Unas dos horas nos llevaba esta inspección, pero pese a todo, no dejaba de filtrarse alguno. Cierta vez, durante el operativo de búsqueda, le digo a un tripulante: —Levante la capa de ese bote y revise. —"Todo listo", me dicen, y zarpamos. A los dos días de navegación se me presenta en el puente un oficial acompañado de un polizón, encontrado precisamente en el bote que ordené revisar; sucio hasta parecer un negro, se abasteció con los víveres de emergencia allí depositados: contaba con galleta, latas de leche condensada, chocolate y agua en cantidad suficiente para mantenerse por varios días. Después de un prolijo lavado, resultó ser un muchacho blanco de no más de veinte años de edad; hablaba nuestro español y manifestó ser argentino, de Buenos Aires. No tenía ningún documento y sólo llevaba un papel en el que constaba haber sido detenido por la policía de Marsella.

El oficial desconfiaba de la veracidad de sus declaraciones e inició una conversación sobre "football", hablándole de Boca, de River, etc., a lo que el otro no pudo responder con comentario alguno. Encontrándose en aprietos, confesó que su nacionalidad era venezolana y que hacía más de un año que se hallaba en esa situación. Rechazado por todos los países, sin documentos, decidió embarcarse en nuestro buque y hacerse pasar por argentino.

Una de las causas de esa elección, era el saber que no sería maltratado y que se le daría comida como a cualquier tripulante. Al llegar a puerto sí encerrábamos a los polizones para evitar que escaparan y además porque la policía local lo exigía.

Yo me encontraba intranquilo con la presencia de este polizón, dado que por su falta de documentos sería difícil desprenderse de él, pues únicamente en su país de origen podrían aceptarlo. Sabía de buques que debieron resignarse a tenerlos a bordo por largo tiempo. En cierto momento me dice el oficial que tuvo intervención en su hallazgo: "No se aflija capitán, al llegar al puerto X nos desprendemos de él". En efecto, se hizo una colecta entre los tripulantes y se juntaron dólares y pesos que en ese entonces tenían una alta cotización en el extranjero, se lo vistió correctamente, hasta elegante diré que estaba; bien aleccionado y en un todo de acuerdo con las instrucciones que se le dieron, llegó el momento de bajar por la planchada, haciéndolo del brazo de nuestro oficial, sin ningún problema; allí quedó libre y muy conforme, pues tenía dinero suficiente para defenderse por unos días.

La entrada de una polizona se resolvió en otra forma. Se trataba de una joven muy agraciada que sabía hacerse simpática; subió en Vigo, y al llegar a Buenos Aires se le solucionaron los trámites en Migración, ingresando a la Compañía como camarera, pero por su comportamiento incorrecto no duró mucho, y fue despedida.

En cierto viaje llegué a Buenos Aires con un polizón, al que hice encerrar en un camarote, dejando a un marinero de guardia. Como tenía que tomar mi licencia anual debía entregar el comando del buque; se presenta el oficial que debía relevarme y le digo: —"Tengo un polizón a bordo". Lo llevo hasta donde se encontraba el detenido y me dice: —"Para mí no es problema"; al mismo tiempo pide unas esposas y personalmente se las coloca asiendo una mano del detenido y fijando la otra manilla a una cama.

Entregado el buque, me despido. No creo que haya pasado ni una hora de mi partida, cuando ya existía una denuncia en la Prefectura, pasando dicho Capitán a la situación de detenido y procesado. Debió designar un abogado para asistirlo en el juicio que se le hizo por abuso de autoridad.

Felizmente, con el tiempo desaparecieron estos molestos pasajeros. Ya normalizada la situación europea, y mejoradas las condiciones económicas de los países, hubo mayor demanda de trabajo y por consiguiente ocupación para esa gente que a toda costa quería emigrar; al mismo tiempo desaparecieron los nazis prófugos.
 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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