Historia y Arqueología Marítima

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A EINER NO LE HA PASADO NADA

Indice Historias Buques Mercantes

Fuente: Neptunia 1942                Fotos J. Giavino  - Por SPRAY

En la calle Ingeniero Huergo 1200 está la iglesia noruega para marineros. Puesta allí, cerca del puerto, como una  mano tendida por los compatriotas a la gente de mar de ese país tan marino, tiene un sabor que nosotros conocemos y al cual no podemos permanecer indiferentes.

Fui allí una tarde invitado por el pastor, Reverendo Eika.

Es un hermoso edificio que evoca la Navidad. Una Navidad ingenua, de tarjeta postal, con nieve, trineos tirados por renos y la sonriente y barbuda imagen de Santa Claus. Su exterior parece algo adusto, un poco ceñudo, como para inspirar respeto. Pero el calor está dentro.

Junto a la iglesia hay un salón de lectura y reunión para los marineros. Allí entré. Lo primero que llegó a mis sentidos fué una sensación de tranquilidad. Luego unos modelos de veleros puestos sobre repisas. Barquitos de tres palos minuciosa, amorosamente hechos por marineros en quién sabe cuántas horas de paciencia.

Hay también un modelo de yacht moderno, de regata, cuyas líneas y brillantes colores resaltan un poco en aquel ambiente, evocador de otros tiempos, donde tan bien armonizan las barcas y bergantines en el tono semiobscuro del conjunto.

Hay además sillones, mesas de lectura, libros y diarios, tableros de juegos y un billar de cubierta, de esos en los que se juerga con discos en vez de bolas.

Uno llega deseando ver, saber y oir, conocer lo mucho que los hombres allí reunidos atesoran para un simple aficionado a las cosas marinas, y la obra que se presiente en los que tienen a su cargo ese hogar, refugio de la imagen del otro hogar dejado muchas millas a popa.

Pero se siente defraudado. El pastor y las demás personas presentes son hombres sencillos en su exterior, que, sonríen y son amables.

Por lo demás, parece que no hicieran nada. Por lo menos nada digno de contarse, ni de mencionarse siquiera.

No se podría decir si todos son marineros, oficiales o visitantes. Cuando me fué presentado el pastor Eika no noté nada ostensible en su vestimenta ni en su manera que destacara la digna autoridad de que estaba investido.

Junto a la mesa de billar había un grupo que seguía con gran atención las jugadas. El que ahora tira es un joven de unos veinte años, alto, suave, tranquilo, como todo lo que hay allí. Se concentra con gran interés en su jugada. No es el tipo nórdico característico, rubio y fornido. Es más bien delgado, de escasa barba, cabello y ojos castaños, y sonríe plácidamente.

—"Sí; es marinero." — Contesta el pastor a mi pregunta. — "Le interesará conversar con él."

Me lo presenta. Habla poco; no tiene nada que decir. Nada que contar. Es marinero. Está en un barco norteamericano. Viene aquí a pasar el rato; a jugar al billar, a leer. A estar tranquilo.

No habla. Mira y sonríe. Le agrada la compañía, se nota, y la conversación. Pero, ¿qué puede decir él? No sabe.

Sí; hizo varios viajes; está a bordo desde los catorce años. Antes en un barco noruego. Ahora en un barco norteamericano.

El barco noruego fué torpedeado una tarde en mitad del Atlántico.

La tripulación embarcó en dos botes salvavidas y dos balsas. Luego también usaron el bote chico, el de trabajos en puerto, porque uno de los salvavidas fué hecho pedazos por el segundo torpedo, mientras lo arriaban.

Después nada más. Los recogieron y allí está.

—"¿Cuándo los recogieron, en seguida?"

—"Después de cuarenta y ocho días."

Cuarenta y ocho días. Uno tras otro. Lunes, martes, miércoles; así hasta cuarenta y ocho. En el mar, en una balsa.

—"¿Y tenían provisiones, agua, suficientes?"

—"Galleta para quince días, a una diaria, y agua para catorce."

Sonríe como si hubiera dicho un chiste.

—"¿Y qué hicieron? ¿qué comieron? ¿cómo navegaron? ¿tenían compás? ¿llevaron libro de navegación? ¿dónde los recogieron?" — En fin algo. ¿No sería posible hacerle contar nada? Sabía yo que estaba cometiendo una incorrección con mi insistencia, pero no era posible contenerse. —"Mire —le digo—, cuando nosotros hacemos un crucero de quince días, o corremos una regata a Montevideo, tenemos para hablar hasta la del año siguiente. . . o hasta que otro nos quite la palabra para contar la suya. . . No hará nada vergonzoso aunque me cuente algo."

El pastor me ayuda. Einer habla inglés con dificultad, y el noruego aunque de sonido agradable y simpático por su tradición marinera, es del más misterioso significado para mí.

Por fin encuentra algo que vale la pena. Recuerda. Sonríe un poco. ,

—"Pescamos un pez con un alfiler de gancho que usamos como anzuelo." —

Yo quiero las cosas importantes, dramáticas, y en orden. Con la ayuda del pastor exprimimos la parquedad de mi amigo.

Nueve hombres, entre ellos un maquinista y el carpintero quedaron a flote en dos balsas. El capitán tomó el mando del bote salvavidas, llevando a los heridos y a los más débiles por edad o constitución. ""Einer había embarcado en aquel bote, pero como más joven y sano cedió su puesto a otro.

Después de permanecer dos días reunidos cerca del lugar, el salvavidas y el bote chico se separaron de las dos balsas, navegando hacia el Oeste, viento en popa, hasta perderse de vista. Las balsas eran de 2 x 3 metros. En ellas había remos, una vela, una caja de galleta, un tanque de agua y un botiquín en el que encontraron tubitos con tabletas de vitaminas. Izaron la vela en un remo, y con el viento Este hicieron rumbo con la esperanza puesta en un encuentro afortunado o la costa americana, distante unas 900 millas, guiados por el curso del sol y por las estrellas, sin compás ni instrumento de navegación alguno.

La ración individual era de una galleta y un vasito de agua por día. Dicho vaso lo fué uno de los tubitos que contenía las vitaminas.

—"¿Y qué más?" — le digo al notar que calla — "¿Qué sucedió luego?" —

—"Yo tuve un eczema y al sacar vendas del botiquín, vimos el alfiler de gancho y se nos ocurrió pescar..." —

Este incidente del alfiler de gancho parece ser la más fuerte impresión que conserva de su aventura. Seguramente por lo curioso, es el que más éxito ha obtenido en los relatos, y el que ha provocado más exclamaciones de asombro.

—"¿Pero qué viento tenían? ¿no tuvieron tormentas? ¿no estuvieron en peligro de hundirse?" —

—"Tormentas, sí. Tres. Dos tormentas y un ciclón. No; las balsas no se hunden." —

Pero tenían que agarrarse con uñas y dientes para que el mar no los barriera de ellas. El primer tiempo duró dos días y medio.

A un marinero, amigo suyo, que ahora está en el mismo barco también, un golpe de mar llegó a sacarlo una vez, pero quedó agarrado y volvió a bordo.

Por suerte consiguieron llenar el tanque haciendo escurrir en él la lluvia que embolsaban en la vela. Habían agotado el agua hacía ya varios días y no podían comer la galleta seca.

Frío no. Lo peor era el sol. Se metían en el agua para refrescarse teniéndose de la balsa mientras uno montaba guardia, porque siempre había tiburones cerca.

Por la mala alimentación, el sol y el agua salada les salieron eczemas y al abrir el botiquín para curarse uno... —"Sí; ¡ya sé! ¡el alfiler de gancho!" — Eso es; lo ataron a un cabito y "sacaron un pez así..." — Indicó con las manos el tamaño de un dorado mediano. Lo dejaron secar al sol y luego lo comieron crudo.

A los diecisiete días (más o menos) avistaron un barco. Pero se apartó de ellos y desapareció en el horizonte.

Cazaron tres tortugas que comieron crudas incluso la grasa y bebieron su sangre usando los tubitos-vasos como medidas. No; el gusto no era muy bueno, pero tenían hambre. Se había terminado toda la galleta.

Segunda tormenta.

Se acababa de secar el tanque de agua. Mucho calor, sol, calma. Aparecieron nubes que se cerraron en el cénit y rompió a llover. Esta vez izaron la vela para recibir en ella el agua de lluvia llevada por el viento y dirigirla por uno de los puños al tanque. Se llenó éste, se disiparon las nubes y cesó la lluvia. Todo no alcanzó a durar una hora. A los veintisiete días, un ciclón que duró una noche.

A los treinta vieron al segundo barco. Se acercó tanto a ellos que podían distinguir a la gente de a bordo. Izaron la vela para llamar la atención. El barco se desvió de su rumbo y se alejó, como el anterior.

Había una razón. Ellos sabían que algunos barcos habían sido atraídos por restos de naufragios que los llevaban a una trampa. Día 48. Calma absoluta. Toda la gente tendida semidormida, semidesfallecida por la debilidad. Einer de guardia. Vio un barco. Ya se desviaría cuando estuviera cerca, como los otros. Por si acaso iza otra vez la vela. Pasa un rato. Este no.

Este desvía la ruta hacia ellos. No hay duda posible. Cuando Einer lo comprende, se  pone a cantar. A cantar y a reir. Los otros abren los ojos, vuelven la cabeza. Es el primero que se ha vuelto loco.

 Pero no. Es cierto. Se les tira un cabo que cae en el mar. El compañero de Einer se zambulle desesperadamente y lo alcanza. Todos tuvieron fuerzas para subir por sí solos a bordo.

Revisados por los médicos de a bordo, se los encontró sanos aunque extremadamente debilitados. Habían perdido entre 20 y 30 kilos, de su peso normal cada uno. El hígado y la sangre de tortuga habían actuado como un poderoso tónico. Tomaron un plato de sopa y un huevo. Luego, se les recomendó dormir sin comer más para no enfermar sus extenuados estómagos. Cada uno ocupó la cucheta de un oficial o maquinista.

Einer no podía dormir. Tenía hambre. El oficial cuyo camarote ocupó roncaba a su lado, sobre un diván. Einer se levantó y fué lenta y silenciosamente hacia la cocina. Con tal de que no lo vieran, que no hubiera nadie... Sí; alguien estaba en la cocina, y lo había visto. Pero no decía nada. Iba hacia él, cautelosamente, sin decir nada, porque tenía la boca hinchada de puro llena. Era otra vez su amigo, que se le había adelantado.

Efectivamente; al día siguiente ambos estaban enfermos. Pero habían comido.

Ese mismo día se enteraron por los oficiales de a bordo de que habían sido recogidos 800 millas más lejos de América que el lugar del naufragio. Mientras navegaban esforzándose con sus escasos medios por adelantar hacia el Oeste, la corriente los arrastraba hacia el Este en tal forma que navegando hacia el Este o por lo menos si no hubieran navegado, en los cuarenta y ocho días habrían llegado fácilmente a las Azores. Habían estado luchando por retardar su salvación.

Cuando llegaron a puerto, vieron a su capitán, a las tripulaciones de los dos botes esperándolos. Habían sido recogidos a los diez, y a los dieciocho días, y todos estaban sanos y salvos.

También vieron tres ambulancias. Y al preguntar qué había pasado supieron que se habían enviado a esperarlos por si fueran necesarias. Pasaron a su lado mirándolas sonrientes, con curiosidad.

Ahora Einer y su compañero están en un barco norteamericano.

Mientras decae el esfuerzo originado por el relato extraído a frases sueltas y respuestas breves, Einer dirige furtivas miradas al billar de discos. Por fin nos deja. Y pronto vuelve sonriente a su juego.

Antes de irme vuelvo a mirar los modelos. —"Ese —me dice el pastor indicándome el de regata—, lo hizo un marinero muerto recientemente. Ahora lo estamos rifando a beneficio de su viuda."

Al despedirme en la puerta agrega: "Este muchacho tenía una hermana y dos hermanos gemelos en Noruega. Los tres murieron."

Einer que también se acercaba a saludarme lo oye y protesta. No quiere que se hable de eso. Enrojece, y es la única vez que se alteraron sus facciones y el tono de su voz.

Pero no quedaría completa su figura si no lo dijera. Ni la figura de estos momentos.

 

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