Historia y Arqueología Marítima

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Anecdotas y Tradiciones Navales

Autor: Navegando con WALREY

Indice  Anecdotas Marineras

LEON PANCALDO

Imaginemos la ansiedad del capitán italiano   León Pancaldo, que varó en los  fondos lodosos del Riachuelo, perdió su carga y echó la culpa (y un pleito) al práctico Aguiar.

Esto ocurría hace cuatrocientos treinta años, cuando Buenos Aires estaba recién fundada y antes que los indios la desfundaran. Durante la colonia, los prácticos del Río de la Plata dependieron de la armada española. Uno de ellos, el teniente Oyarvide, "jefe de pilotos" con asiento en Montevideo, realizó en 1803 los primeros estudios de mareas, útiles hasta hoy. En 1824 se nombraron por ley seis pilotos para Ensenada y Buenos Aires, con seiscientos pesos anuales de sueldo. Por algún motivo no aclarado, esos pilotos se llamaban "prácticos lemanes" y así figuran en el reglamento de 1830.

Las tarifas del practicaje eran ya bastante elevadas el siglo pasado, a juzgar por la "copia del arancel" que reproducimos del diario El Orden (4 de agosto de 1858), y aumentaron cuando el río se pobló de vapores que traían las primeras máquinas y se llevaban las primeras lanas y carnes. El gaje del práctico -una bolsita de libras esterlinas- era un símbolo, disputado en ásperas contiendas. Decenas de prácticos con sus cúteres salían a la boca misma del Río de la Plata a esperar los barcos. Uruguayos y argentinos protagonizaban encuentros a menudo sangrientos.

Los cúteres argentinos sorprendidos por una tormenta debían capearla sin poder entrar a puerto uruguayo, donde se les negaba hasta el agua.  Muchos naufragaban. En 1895 se iba a pique el Esperanza con cinco prácticos a bordo; catorce morían en 1898 al hundirse frente a Punta del Este el cúter No hay otro.

Cuarto de siglo después Leo Goti recordaba en su Cronicón del Pilotaje en el Río de la Plata que en un solo año habían perecido cincuenta y dos prácticos argentinos: el total existente apenas llegaría a ciento. "Así acabaron y murieron los cúteres y los prácticos", dice el Cronicón, "en esas rutas de infierno". El tratado argentino-uruguayo de 1891, que declaró libre la profesión de práctico y autorizó a las embarcaciones de ambos países a recalar en las costas del otro, acabó con esa guerra insensata, pero en los puertos del país la rivalidad seguía inextinguible: "Los prácticos procedían como bárbaros", dice amargamente el Cronicón. "Uno moría de dos tiros de revólver en una taberna de Bahía Blanca; un cúter desaparecía en el puerto de Ingeniero White bajo las aguas del canal con catorce barrenos hechos a traición por la fracción contraria durante la noche;

En Buenos Aires se perseguían unos a otros en los diques, a guisa de fieras; en Rosario venían a las manos en los cafés... y en todos los puertos de la República el ser práctico era ser bandolero." Hoy cuesta imaginarlo viendo a estos hombres reposados, casi todos mayores de cincuenta años, que conversan tranquilamente sus asuntos en las alfombradas oficinas de sus mutuales. Un plumazo del almirante Rojas Torres -prefecto general marítimo- acabó en 1915 con el caos, imponiendo el turno obligatorio. La aventura y el drama quedaron reducidos a los términos del oficio, se relatan en voz baja para no molestar a los que esperando turno en los pontones prefieren las tempestades del televisor o las módicas emociones de un póquer liviano.

Allí es posible oír a Santiago Ottino evocando aquella noche de setiembre en Recalada, cuando lo embarcaron en el 9 de Julio, lo sentaron frente a un marino de anteojos oscuros y jinetas de contraalmirante, le preguntaron si podía llevar la flota sublevada hasta el antepuerto.

Poder, podía -dice don Santiago, y la llevó porque no había mucho que elegir- y así me hicieron héroe a la fuerza -y después que piloteó la flota y trajo a bordo a los generales de la Junta, se acabó la revolución y lo desembarcaron haciendo sonar las sirenas de todos los buques-. Creo que eran honores de almirante -dice, aunque no está muy seguro ni parece importarle demasiado.

 

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