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Anecdotas y Tradiciones Navales

UN VIAJE A ARGENTINA EN EL SS MASSILIA

   

Provista por Eugenio Errea, el 15 de Septiembre del 2008 - fotos del archivo de Histarmar

El autor de esta historia real, el Sr. Eugenio Errea de Tres Arroyos, nos cuenta que " las pasajeras del Massilia que menciono Juanita Cassagnes y Alfonsina Cassagnes son mi abuela y su madre. Esta redacción, hecha por mi, el un resumen de los relatos de ella y de los recortes periodísticos de la época. Espero que le guste, porque esta historia tan linda influyó mucho en mi formación como pintor". (ver sus pinturas en la seccion de pinturas marinas).


El Abordaje

E

El sábado 19 de agosto de 1922, el puerto francés de Burdeos, puerto de primer orden para la partida de buques oceánicos, fue testigo de la partida del vapor Massilia en el que sería un viaje bastante fuera de lo común. A bordo de este soberbio transatlántico, uno de los más famosos de la ruta del Atlántico Sur,  embarcaban un número inusual de celebridades; por un lado había varios portugueses y brasileños que se dirigían a los festejos del centenario de la independencia de Brasil, y por otro lado, también iban a bordo el presidente recientemente electo de República Argentina, Marcelo T. de Alvear, quien se dirigía exclusivamente a asumir la presidencia de su país, junto con su esposa y su correspondiente séquito. Alvear, había ganado las elecciones a distancia mientras desempeñaba la tarea de embajador en Francia durante la primera presidencia de Hipólito Irigoyen, quien le cedería su puesto una vez concluida la travesía. El presidente electo traía consigo un cargamento de 156 grandes baúles y un lujosísimo automóvil que había adquirido en aquel país. Volvía entonces a bordo del Massilia a su país con el objeto de empezar a desenvolverse como primer mandatario. El bandoneonista Manuel Pizarro, también a bordo recordó: “Marcelo Torcuato de Alvear era el embajador en Francia y cuando, el 12 de octubre de 1922 lo nombran presidente, me pidió que lo acompañara en el vapor Massilia para animar las noches durante su viaje de regreso. Lo hice junto a mi hermano Domingo, guitarrista. Ante tal atención le dediqué el tango El Estandarte".

Alfonsina  Cassagnes y su única hija de siete años Juanita estaban al lado del buque, bajo la enorme sombra de su sólido casco negro, en el muelle junto con una amiga que las había acompañado para despedirlas y que les obsequió cinco monedas tres de las cuales eran del siglo pasado. La señora Cassagnes era viuda y junto con su hija se encontraba en Francia desde hacia aproximadamente un año y habían llegado a bordo del Asie, un buque de dos chimeneas mucho más modesto que el que las traería de regreso. Se habían establecido en Decazeville, un pequeño y bucólico pueblito minero cerca de París en donde residía la hermana de alfonsina, Eugenie Cassagnes. Ahora regresaban a Argentina en el Massilia con un boleto de segunda clase. “Podríamos haber viajado en primera, pero el menú era el mismo con la diferencia que había que ir a cenar de etiqueta” recordaba Juanita años mas tarde.

El Massilia era un barco a vapor de tres chimeneas amarillas y negras. Su misión era unir el puerto de Burdeos con el de Buenos Aires con escalas en Portugal, el continente africano, Brasil y Uruguay. En la primera clase se encontraban celebridades de ambos lados del Atlántico: políticos, nobles y miembros de la prominente oligarquía porteña de aquellas épocas que realizaban ostentosas giras por Europa; en la segunda clase embarcaban personas de recursos moderados, comerciantes, profesionales y clase media, culta y educada, en general; la tercera clase venia atestada de inmigrantes que huyendo de la miseria de sus países de origen, no exclusivamente Francia, se aventuraban a probar suerte en el nuevo mundo.

¡Suelten amarras! 

Entonces el Massilia soltó sus amarras e hizo sonar su estridente bocina que retumbó por los interminables y desiertos pasillos del casco. Arriba, la cubierta estaba atestada de los pasajeros que saludaban con entusiasmo a la multitud que, desde el muelle, les devolvía con alegría y hasta llanto los cumplidos mientras de manera lenta y agonizante se amplió la distancia entre el buque y la plataforma.

Aun con manos y pañuelos agitándose tanto en la nave como en tierra, el Massilia se abrió paso a mar abierto donde los esperaba un viaje de 17 días cargados de novedades y acontecimientos no siempre agradables. 

El lunes 21, el Massilia pasó por el cabo Finisterre, España considerado como el extremo más occidental de Europa. Alvear envió un radiograma al presidente del consejo de ministros de aquel entonces, el señor Sánchez Guerra, a quien reiteró su gratitud al Rey Alberto y al pueblo español por el cálido recibimiento que se le ofreciera días atrás. Ese mismo día el navío hizo escala en Lisboa donde hizo un pequeño recambio de pasajeros y de sacos de correo. Es posible que también se reaprovisionara de carbón y mercancías. Supuestamente desde el barco, Alvear pidió al ministro diplomático argentino de esa ciudad que depositara un ramo de flores en el monumento del soldado anónimo portugués. Después el Massilia puso proa a África mientras los pasajeros desde la cómoda cubierta observaron lo que sería para ellos la última escala  en Europa.

La vida a Bordo 

Lo que quedaba ahora por delante era solo Océano Atlántico; por lo menos por los próximos cuatro o cinco días que le demandaría el tramo hacia la próxima escala en el continente africano. Pero eso no era problema porque la vida a bordo de un barco como el Massilia distaba muchísimo de ser aburrida. Como primera atracción estaban los largos paseos por cubierta los cuales no tenían momento del día fijo, sino que se podían realizar a cualquier hora y a veces cabía hacerse una amistad temporal, siempre y cuando el tiempo lo permitiera. Por otro lado se podían practicar deportes como tenis, tejo y algunas otras actividades de rutina organizadas por la tripulación. Otra distracción era la galería comercial con que contaba el barco en la cual se podía comprar desde atuendos hasta recuerdos. La otra opción era "hacer sociedad" en los salones que todos los barcos de esta clase poseían a tal fin. Incluso, en aquel exclusivo viaje, si tocaba en suerte, era muy posible encontrarse nada más ni nada menos que con el presidente electo de la República Argentina y quizás se podría entablar una pequeña conversación… siempre y cuando uno fuera pasajero de primera clase.

 Pocos días más tarde, el barco hizo escala en Dakar, un puerto en el que hacían escala todos los grandes transatlánticos que se dirigían a Buenos Aires, tales como el Principessa Mafalda, famoso por su naufragio en 1927 con gran pérdida de vidas.

Dakar fue fundada por franceses a mediados del siglo XIX debido a su posición estratégica en las rutas comerciales entre Europa y los puertos de Sudamérica y Sudáfrica.

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico continuaban los preparativos para agasajar a Alvear en los países sudamericanos donde el Massilia haría escala. Por un lado el presidente de Uruguay de aquellas épocas, Brum, preparaba un banquete oficial en la sede del gobierno, mientras en Brasil ya habían sido repartidas las invitaciones oficiales para asistir a los numerosos actos que se harían en honor del presidente electo

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Muerte en el Atlántico Sur

Pero el martes 29 de agosto un acontecimiento quebrantó la alegría que reinaba en el Massilia y estremeció a todos los pasajeros. El conde de Eü, pasajero de primera clase, se vistió de gala pues había sido invitado para ir a comer con el doctor Alvear. Una vez ataviado para la ocasión tomo la llave y salió del camarote al que no regresaría jamas. El conde murió repentinamente en altamar a causa de un síncope cardiaco. La muerte se produjo cuando la nave se encontraba navegando a la altura de la estación Bolmoia y cuando este se disponía a sentarse a la mesa en compañía del doctor Alvear. El conde de Eü era uno de los pasajeros mas distinguidos del Massilia: era miembro de la ex familia imperial del Brasil y se dirigía a este país para asistir a los festejos del centenario de la independencia.

Después de esta desgracia inesperada la travesía continuó con las cubiertas inundadas de comentarios acerca del deceso del conde a solo dos días de llegar a Río de Janeiro, su destino. Los marineros supersticiosos, debido a los malos augurios que acarrea una muerte en altamar, rezaban. 

Río 

El jueves 31 de agosto el puerto de Río de Janeiro vio aparecer en el horizonte una sombra gris con tres enormes chimeneas que escupían humo al aire. Enseguida una cuadrilla de pequeñas embarcaciones salió al encuentro del Massilia para escoltarlo hasta su llegada a la rada. Una inmensa muchedumbre se acercó aquella mañana a ovacionar al nuevo presidente de los argentinos y cuando el vapor fondeó el ministro diplomático argentino de aquel entonces, señor Morá Araujo se dirigió al barco para saludar al presidente electo. Al desembarcar el señor Morá Araujo presentó a Alvear al primer mandatario de Brasil Epitasio Pessoa quienes en un carruaje de gala se dirigieron al Palacio de Guanabara. En las calles una multitud aclamaba a la comitiva a su paso por la ciudad. Esa noche Morá Araujo ofreció en la legislación una suntuosa recepción en honor del presidente electo a la que asistieron Pessoa, los miembros del cuerpo diplomático extranjero, altas autoridades administrativas y comisiones del ejército y la armada.

Entre tanto lejos de allí, en el Massilia se aspiraba un aire de tranquilidad. Era el primer respiro de paz que los pasajeros tenían desde la muerte del conde de Eü. Los que no habían desembarcado cenaron y, mientras la tripulación, estaba ocupada con el reaprovisionamiento de carbón y mercancías, se podía dar un paseo por cubierta y admirar la vista privilegiada que desde el barco tenían de la ciudad. Juanita Cassagnes mientras comía rememoraba la gloriosa entrada al puerto. Con sus escasos siete años recordaría aquello por siempre; contó que al llegar a Río fue testigo de algo para ella nunca visto. Cuando la nave ancló varios jóvenes salieron nadando a su encuentro cargando canastos repletos de frutas sobre sus espaldas. Los pasajeros del Massilia arrojaban sus pañuelos los cuales eran llenados de frutas e izados nuevamente a la cubierta. Cuando los propietarios tenían otra vez el pañuelo en su poder, arrojaban monedas desde lo alto, que los expertos nadadores iban a buscar al fondo. "El agua era tan cristalina que se veía clarito" recordó Juanita muchos años mas tarde.

Aquella madrugada Alvear y su séquito embarcaron otra vez prosiguiendo el viaje a la Argentina. La travesía histórica del Massilia entraba ahora en su etapa final. Las poderosas hélices, a más de 90 revoluciones por minuto agitaban las aguas a popa y dejaban una suave estela blanca de espuma, mientras la filosa proa cortaba implacablemente el Atlántico a su paso. Pero al día siguiente, cerca del golfo de Santa Catalina, aún en las costas de Brasil, el Massilia se encontró con un enemigo común en estas latitudes. Repentinamente, mientras muchos paseaban por la cubierta aspirando el cálido aire del trópico que los bañaba, se desató una tormenta. Esto era normal aquí y en esta época del año por lo que el capitán y la tripulación estaban acostumbrados y el barco correctamente equipado para estos acontecimientos. Pero los pasajeros no estaban allí en todas las épocas del año por lo que a muchos los sorprendió mientras paseaban. Entre ellos estaban Alfonsina y Juanita Cassagnes quien recordó que, ante el súbito cambio meteorológico, un marinero la agarró, la metió abajo del brazo como si fuera un paquete y echo a correr en busca de un lugar seguro. La madre de Juanita los seguía de cerca. En un momento del trayecto tuvieron que bajar una escalera y un cura que iba a la delantera se enredó la sotana en los zapatos y rodó escaleras abajo hasta estrellarse en la cubierta inferior, sin hacerse daño, por supuesto, pero haciendo reír entre dientes a los que tenia alrededor. Una vez en el pasillo, como si esto fuera poco, Alfonsina recordó que había dejado abierto el ojo de buey del camarote, pero ya era demasiado tarde. Cuando llegaron la cabina estaba toda inundada y un par de pantuflas que Alfonsina había comprado en Francia flotaban a la deriva de un lado al otro acompañando los movimientos acompasados del buque: una representación irónica de la situación del Massilia en el enfurecido Atlántico. ¡El mar es así!

La tormenta pasó por fin y ahora la próxima parada era Montevideo por lo que para ahorrar tiempo el capitán ordenó a poner los motores a toda máquina. La idea era llegar el domingo 3 de septiembre a las 9 de la mañana. Mientras tanto, en esta ciudad como en Buenos Aires, se estaban ultimando los detalles de las recepciones. La impaciencia por llegar se estaba empezando a hacer notar entre los pasajeros. Simultáneamente el sábado 2 partió desde nuestra capital con destino a la capital uruguaya el "Ciudad de Buenos Aires" llevando a bordo a los miembros de recepción y homenaje al doctor Alvear, a otros caballeros representantes de la producción, la banca, el comercio y una representación de la liga de empleados civiles y nacionales.

Montevideo da la bienvenida 

Aproximadamente a la hora estipulada el Massilia arribó a tierra uruguaya. Como era de esperarse, el presidente de aquel país, el doctor Brum, con sus ministros de más alto rango, concurrieron al puerto para saludar a Alvear entre hurras y aclamaciones del pueblo vecino. A las 10 concurrieron al Palacio de Gobierno, donde se efectuó la recepción del cuerpo diplomático y rondando las 11 Alvear y Brum salieron al balcón a saludar a la masa que afuera los aguardaba desde hacía horas y a presenciar un fastuoso desfile del ejército celebrado en su honor. Para los demás pasajeros del Massilia que no descendieron del buque también era una mañana agitada, pues debían preparar todas las cosas para desembarcar al día siguiente. Algunos se acercaban a la sala de radio para enviar un radiograma a sus familiares al otro lado del río señalando la hora aproximada de llegada aunque por la presente circunstancia, esta ya era de público conocimiento.

Las actividades del resto del día, para el doctor Alvear, incluyeron una visita al palacio de la Legislación, un paseo por la ciudad en lugares pintorescos e instituciones de diversa índole, una visita al domicilio particular de Brum y para cerrar un banquete oficial en el Palacio de Gobierno en el cual los presidentes dijeron sendos discursos. El primer mandatario argentino y su esposa no pudieron asistir a la gala ofrecida en el teatro por falta de tiempo pues aquella misma noche embarcaron en el Massilia para concluir el último tramo de aquella bulliciosa travesía.

La espera de los porteños

 Desde muy temprano en la mañana miles de ciudadanos se agolpaban en las cercanías del muelle e incluso a los empleados públicos se les dio el día libre para ir a esperar. Varias bandas de música esparcían melodías por el lugar propiciando un clima más festivo.

Rondando las 14 se vio aparecer en el horizonte varios vapores y los comentarios corrieron de inmediato entre la masa mientras todos esforzaban su vista para ver las naves llegar. El pintor Justo Lynch, que solo pintaba barcos, se aprestaba a registrar el momento con sus óleos. Pronto esas sombras grises y lejanas dejaron ver chimeneas, mástiles y cubiertas. ¡Era el Massilia! Venia escoltado por el Ciudad de Buenos Aires, Ciudad Montevideo, Magallanes y Presidente Sarmiento. Varios yates salieron al encuentro del gigante francés y una vez cerca de este viraron 180 grados saludando al doctor Alvear e iniciando una breve escolta al gran barco. Desde la dársena fue disparado un cañonazo a la vez que fueron liberadas infinidad de palomas. En ese momento los comentarios cedieron ante sonoras aclamaciones y ovaciones para el presidente electo mientras las bandas entonaban el himno nacional. Toda embarcación, por pequeña que fuera, que flotaba en las cercanías y que no fue al encuentro del transatlántico, hizo sonar su sirena. La multitud de las adyacencias agitaba sin cansancio sus pañuelos a la vez que arrojaban los sombreros al aire y agitaban los brazos mientras cantaban al unísono hurras por el doctor Alvear y por Argentina. A la vez varias cuadrillas de aviones del Aeroclub Argentino volaban sobre el Massilia dejando caer ramos de flores y pequeñas banderas nacionales sobre las cubiertas atestadas de pasajeros que miraban alegres un espectáculo sin antecedentes en nuestro país. El Ciudad de Buenos Aires se adelantó para entrar primero al puerto. Los remolcadores cerraban la marcha. Los exploradores Catamarca, Jujuy, Corrientes y Misiones, que llevaban a varios funcionarios, maniobraron saludando a Alvear. Al entrar el Massilia en la dársena norte la multitud pareció estallar en gritos de alegría. El confuso sonido compuesto de ovaciones, bombas de estruendo, cañonazos, sirenas de barcos y las melodías de las bandas que no dejaban de tocar, atronaba el espacio.

Lejos de allí, unas horas antes, en el aeródromo de Long Champs ocurría una tragedia de la que los pasajeros del Massilia ni siquiera se enteraron. El piloto de avión Silvecci y su mecánico Pablo Bianchi se remontaron al aire en un Caudron 110 HP para unirse a las cuadrillas que sobrevolaron al transatlántico para saludar al doctor Alvear. Estando a unos 30 metros de altura el piloto hizo un giro excesivamente cerrado por lo que el artefacto se estrelló causando la muerte instantánea de Bianchi e hiriendo gravemente a Silvecci. 

La llegada de Alvear y las Cassagnes a Buenos Aires

 Pero esto no opacó la llegada. El buque entró en el puerto escoltado por los aviones. En tierra los esperaban el presidente Irigoyen quien cedería su puesto al pasajero más ilustre del Massilia. El transatlántico fondeó a las 14.35 mientras el aviador Mira dejaba caer un último gran ramo de flores sobre la cubierta. Como era de esperarse, Alvear fue el primer pasajero en descender junto con su esposa Regina Paccini. Ambos presidentes, el saliente y el entrante, se dieron un caluroso abrazo. Los esperaba un carruaje y un largo día cargado de actividades protocolares. Los demás pasajeros descendieron luego y se transformaron en presas del periodismo que les preguntaban acerca de quienes ocuparían los más altos rangos del nuevo gobierno.

Un par de horas después ya todo había terminado. En el Massilia solo quedaba la tripulación que a un ritmo febril ordenaba los camarotes y reaprovisionaba las bodegas para recibir a los nuevos pasajeros y emprender el regreso a Francia. Los viajeros de primera y segunda clase se disponían a regresar a sus lugares de origen  y a relatar la travesía a sus conocidos mientras los humildes inmigrantes de tercera llenos de ilusiones y sueños comenzaban una nueva vida luego de una bienvenida sin precedentes, concluyendo así un pequeño trozo de historia argentina poco conocido, pero que merece dejar de serlo.

 La vida del Massilia 

La Compagnie de Navigation Sud Atlantique a fin de satisfacer las exigencias del gobierno francés para obtener la concesión del servicio marítimo y postal en el lucrativo Atlántico Sur encargó en el año 1912 la construcción de cuatro transatlánticos a dos astilleros diferentes. El tercero de estos buques fue el Massilia que fue construido en los astilleros Forges et Chantiers de la Méditerranée à la Seyne.

Esta magnífica nave de 183 metros de eslora podía albergar a 1100 pasajeros y alcanzar una cómoda velocidad de más de 21 nudos bajo el impulso de dos máquinas de una potencia de 26.000 CV y cuatro hélices.

Su construcción comenzó en 1913 y fue botado el 30 de abril de 1914, pero guerra mundial de por medio, recién realizó su viaje inaugural cinco largos años mas tarde. La construcción recién fue retomada a finales de 1919 y unos diez meses mas tarde estuvo completo. El 30 de septiembre de 1920 realizó su viaje de pruebas en alta mar en donde llegó a su velocidad máxima y una vez concluido este ya no hubo mas motivos para postergar su ya retrasado viaje inaugural, por lo que el 8 de octubre de 1920 comenzó su servicio transatlántico entre Burdeos y Buenos Aires.

Era capaz de albergar 1041 pasajeros: 464 personas en 1ra clase, 129 en 2da clase, 98 en 3era clase, 350 en entrepuente. Su tripulación era de unos 760 efectivos.

Durante los años 20 el Massilia y su gemelo el Lutetia elevaron el prestigio de la Sud Atlantique de modo tal que su emblema, representado por el gallo francés pintado en su bandera, pasó a ser sinónimo de calidad en el servicio oceánico del Atlántico Sur. Durante dos décadas fue unos de los más famosos buques de este hemisferio y fue el favorito de muchas celebridades entre ellos la mamá de Carlos Gardel, Bertha, que aún tenía familia en Francia y todos los años cruzaba el océano durante tres o cuatro meses para ver a su anciana madre y a su hermano Jean. Iba y volvía exclusivamente en el Massilia, cuya oficialidad guardaba deferentes consideraciones para la suave señora francesa, madre del célebre cantor argentino, tan modesta a la vez, que jamás quiso viajar en primera clase.

Reinaba a bordo un clima siempre distendido, ágil, luminoso y de gracia, a diferencia de los grandes navíos ingleses y alemanes que navegaban la misma ruta; barcos estos en los que mandaba el rigor, las formalidades y la sobriedad.

Fueron apodados “los barcos del sol”, de atmósfera humana donde la alegría y la distensión eran siempre espontáneas. Ese cálido ambiente era propiciado por el mismo diseño del barco en el que la luz natural entraba en grandes cantidades a los salones, cubiertas, camarotes de lujo y cabinas.

En septiembre de 1922, en uno de los viajes más alegres de este soberbio paquebote, llegó a la Argentina Marcelo Torcuato de Alvear para asumir la presidencia de la Nación que le entregaría Hipólito Irigoyen, fondeando el Massilia en el puerto de Buenos Aires en medio un multitudinario y festivo recibimiento.

 El Massilia permaneció en la ruta del Río de La Plata hasta 1939. Aunque fue uno de los barcos más longevos de su época, así como la Primera Guerra Mundial retrasó su destino, la segunda también lo selló.

El Lutetia, su gemelo, había sido sacado de servicio unos años antes, en 1931, y reemplazado por el súper transatlántico L´Atlantique, que fue devorado por un misterioso incendio dos años después.

Su papel en la guerra fue diverso. En abril de 1940, en ocasión de la campaña de Noruega, fue reclutado como transporte de tropas saliendo de Brest hacia Narvick con 3000 soldados atestando sus cubiertas. En junio de ese mismo año, cuando las tropas alemanas estaban en las puertas de Paris, 150 diputados del disuelto gabinete del primer ministro Reynaud, escaparon en el Massilia hacia Casablanca, Marruecos, donde se les negó el asilo y debieron retornar a Marsella en el mismo buque.

En seguida de este episodio debió realizar un viaje de ida y vuelta a Liverpool en donde repatrió a miles de soldados franceses que habían escapado de Francia vía Dunquerque.

Al tornarse mas violenta la guerra en el Mediterráneo el Massilia fue obligado a permanecer inactivo en el puerto a la espera del curso que tomaran los acontecimientos.

En 1942, cuando las tropas alemanas conquistaron el sur de Francia, el Massilia fue usurpado y tomado como hotel flotante para los soldados germanos y permaneció en esa situación hasta 1944.

En agosto de ese año, los aliados lanzaron una operación llamada “Operación Dragón” que consistía en desembarcar 400 mil hombres, 69 mil vehículos y 500 mil toneladas de municiones en la costa meridional de Francia entre los puertos de Toulon y Cannes. En un gigantesco esfuerzo por recobrar Francia se liberó un movimiento en forma de “pinza” entrando en el norte por Normandía y al sur por la Provence.

El 22 de agosto de 1944, antes de huir del puerto de Marsella, los soldados alemanes implotaron el “ex-hotel” Massilia, que se hundió en el mismo puerto, como una forma resentida y poco digna de pagar una cuenta final.

Finalizada la guerra, el otrora rey del Atlántico Sur, fue reflotado para posterior su desguace.  

Los hermanos del Massilia 

La Compañía de navegación Atlantique abrió en 1912 una línea, a la que llamó Sud-Atlantique, para unir Francia con Brasil y Argentina en vista de explorar nuevos servicios marítimos y postales. Encargó entonces a dos astilleros tres lujosos paquebotes destinados a ser los tres mosqueteros de los mares del sur: el Lutetia, el Gallia,  que estuvieron listos en 1913, y el Massilia recién en 1920 por el estallido de la guerra. Fueron tres de las realizaciones navales más grandes de la época, pero el fin trágico de uno de ellos conmovió las vidas de miles de persona.

Estas magníficas naves podían alcanzar una cómoda velocidad de más de 20 nudos bajo el impulso de dos máquinas de una potencia de 26.000 CV y cuatro hélices.

Inmediatamente se transformaron en los favoritos de los clientes exigentes del Atlántico Sur por su atmósfera típicamente latina descomprimida, festiva y amable.

Este factor aunado a la exquisita cocina francesa y al encanto de las mujeres de aquel país los convirtieron en “la forma” de cruzar el océano.

El Lutetia y el Gallia lograron efectuar sus primeros viajes hacia América del sur, no así el Massilia, ya que brevemente después de su botadura la historia intervino y una guerra había estallado en Europa sin que pudiera ser completado.

SS "Lutetia"

En un principio, al Gallia y a su hermano el Lutetia se les había pintado en cada una de sus tres chimeneas un enorme gallo de cada lado que era el emblema de la Sud – Atlantique. Pero cuando arribaron a sus puertos de destino en sus respectivos viajes inaugurales, ambos barcos fueron recibidos de una manera extraña: en los puertos que atracaban los nativos gritaban como gallos y levantaban los brazos imitando el movimiento de estas aves lo que no le causó ninguna gracia a los oficiales y pasajeros, por lo que se elevó un petitorio a la compañía para eliminar los gallos de las chimeneas.

Luego de su viaje inaugural el Gallia, cuyas máquinas habían causado problemas menores, fue retirado de servicio para la correspondiente rectificación, ocasión en la cual se aprovechó para agrandar la cantidad de cabinas de primera clase, dada la exitosa demanda inicial, y para retirar de las chimeneas los “problemáticos” gallos que las decoraban.

Terminados los trabajos de reforma el Gallia retornó a la ruta Burdeos-Buenos Aires y pudo realizar siete travesías ida y vuelta antes de la declaración de la Primera Guerra Mundial. Entonces suspendió su servicio de línea y se mantuvo a la espera de órdenes hasta que en octubre de 1914 fue requisado por el gobierno francés para transporte auxiliar de tropas.

Mientras desempeñaba esta tarea, el 4 de octubre de 1916 el Gallia abandonó el puerto de Toulon con destino a Salónica, Grecia. Debía llevar al frente de Medio Oriente 1650 soldados franceses y 350 serbios. Su tripulación estaba compuesta por 450 marinos y además había a bordo un importante cargamento de artillería pesada y liviana.

Entre Cerdeña y el norte de Túnez, el submarino alemán U-35 comandado por el capitán Lothar De La Perière, que a principios de ese año ya había echado a pique a otra gloria del mar francesa, el paquebote Provence, atacó al Gallia con un solo torpedo.

De La Perière avisto el transatlántico, navegando a alta velocidad, 18 nudos (33 Km/h), realizando la típica maniobra de zigzagueo para evitar ataques submarinos, lo que prácticamente tornaba a los buques imposibles de ser atacados. Fue solamente por circunstancias de suerte que, en un momento dado, el girar en zigzag llevo al Gallia directo a las fauces del U-35.

Cuando el Gallia inicio el movimiento, De La Perière lanzó el único torpedo que acertó a tres cuartos de popa. Cuándo el vigía gritó “¡un torpedo a estribor!” ya era demasiado tarde para el navío: una formidable explosión alcanzó la bodega de municiones desencadenando la catástrofe. Rápidamente el pánico cundió a bordo, junto con una total confusión. Todos procuraban alcanzar un bote salvavidas, pero centenas de hombres no lo lograron.

En un cuarto de hora ya todo había terminado. El Gallia había desaparecido bajo las aguas.

 Cerca de 1.500 soldados y oficiales no sobrevivieron a la tragedia; 250 hombres de la tripulación tampoco. Recortado contra el sol poniente el Gallia se hundió de popa. Con la proa  lentamente elevada por los aires oblicua primero y vertical después, el magnifico buque desapareció de la superficie para siempre.

Los sobrevivientes fueron recogidos por diversas embarcaciones que acudieron en su socorro, pero el Comandante Kerboul prefirió perecer con su barco. La vida del Gallia como transatlántico de pasajeros fue de apenas nueve meses.

El Lutetia fue más afortunado que el Gallia, pero igualmente en el regreso de su viaje inaugural embistió un carguero griego, el Dimitrius, y lo hundió. Levemente dañado, el Lutetia fue reparado en Lisboa y continuó sus viajes.

Al igual que sus dos hermanos fue reclutado por la Marina Francesa para desempeñarse en la guerra como transporte de tropas. En diciembre de 1915 fue armado como crucero auxiliar y al año siguiente fue usado como buque hospital durante unos pocos meses.

Consiguió sobrevivir a la guerra, acabada la cual, luego de un prolongado período de restauración, el Lutetia retornó a su servicio de pasajeros para el que había sido concebido originalmente. En junio de 1927, estando en el muelle, sufrió semejante presión en uno de sus lados que se hundió en el mismo puerto gravemente dañado, pero más tarde fue reflotado y reparado.

En agosto de 1931 realizó su última travesía y fue varado en el puerto de Burdeos a la espera de su destino, hasta que en enero de 1938 fue trasladado a Blyth, Inglaterra, donde fue desmantelado,  un ignominioso final para esta hermosa reina del Atlántico Sur.

El Massilia, aunque fue el más longevo, también llegó al fin de sus días de manera trágica. Fue hundido por los alemanes en Marsella el 31 de agosto de 1944.

Lo único que queda hoy de estos buques son algunas piezas sueltas: cubiertos, bandejas de plata, afiches, postales o almanaques a la venta en Internet; así como también piezas en museos marítimos franceses.

 

 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  Martínez - Argentina

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