Historia y Arqueologia Marítima

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Indice  Anecdotas Marineras

DESDE LE HAVRE HACIA VALPARAISO

Diario de viaje escrito a bordo de La Cubana en 1858.

Por Juan Federico Flühmann Berchthold - Publicado en la Revista Marina de Chile (http://www.revistamarina.cl/) y reproducido por amable permiso de su director, CNIM Jaime Sepúlveda Cox - Marzo del 2010.-

Introducción.
El autor, Juan Federico Flühman Berchthold, inmigrante suizo, activo ciudadano de Valparaíso y fundador de una familia señera en la región, nació el 23 de mayo de 1837, en Nidau, Suiza, y falleció en Valparaíso el 8 de febrero de 1915. Casado con Nanette Gygax tuvieron tres hijas: Emma, Ana Marta Carmen y Clara Angela Otilia, la menor, y que fue la madre del Dr. Ernesto Mundt Flühmann, quien nos ha hecho entrega de presente diario de viaje, notable desde el punto de vista de la agudeza e ilustración del autor, particularmente si se considera que era un joven de sólo 21 años de edad.

La partida se había fijado para el 20 de diciembre de 1858 pero fue postergada de un día para otro, en parte por las condiciones desfavorables del tiempo, en parte por baja marea. Los festivos de Navidad y Año Nuevo pasaron, aunque no inadvertidos pero sin causar regocijos ni sorpresas, como hacía muchos años no ocurría.

En la mañana del 2 de enero, por fin se puso La Cubana en movimiento, primero con dificultad tirada por sogas a lo largo de los muelles, después por un vaporcito a la bahía abierta y dirigida por un práctico por espacio de varias millas. Los marineros fueron desplegando las velas al ritmo de una canción española, evidentemente útil para ayudar al esfuerzo pero no por eso menos ensordecedora. El sol fue saliendo por el claro horizonte e iluminó la ciudad con todas las localidades y casas de campo que la rodean, al puerto con su bosque de incontables mástiles y banderas, los dos faros que miran a las olas desde un promontorio al norte de la ciudad y, finalmente, las costas de la Bretaña que se  extienden hacia el norte bajo una bruma azulada.

Sólo con dificultad podía desviar las miradas de la costa que iba perdiendo, y me parecía como si esta mañana una fuerza invisible de golpe me separara de los años de una juventud vivida hasta este momento sin preocupaciones y, quizás, demasiado frívola, y un nuevo período de la vida estuviese comenzando, y sentí una opresión ante un futuro incierto. No sé si tiene esa misma sensación de temor todo aquel que deja su patria, sus padres y amigos por largo tiempo o quizás, para siempre, pero no la podía reprimir a pesar del gran deseo de buscar mi progreso en la lejanía. Me obligué a parecer alegre y lozano a causa del ambiente en que me encontraba pero esa alegría fingida se me hizo muy amarga.

Los barcos anclados en la bahía, los vapores que habían zarpado esta mañana sin preocuparse del viento y de las olas, buscando la distancia más rápido que nosotros y la multitud de pequeñas embarcaciones de todo tipo proporcionaban hacia la mar abierta un cuadro bien atractivo. La naturaleza se había despojado del tiempo lluvioso y nublado de los últimos días del año pasado y parecía quererse alegrar y animar para una despedida afectuosa del viejo mundo.

Hacia la tarde nos habíamos alejado apenas 4 horas marinas de la ribera, el viento susurraba por las velas fláccidas y el barco avanzaba sólo penosamente; la costa seguía visible como una franja oscura. Al anochecer se levantó una tenue neblina en rededor. El sol, refulgiendo como un disco rojo a través de la bruma, se hundió lentamente en la mar, y casi sin crepúsculo llegó la noche.

3 de enero. Durante todo el día la mar estuvo tranquila, el sol calentaba; tuvimos el agrado de ver una vez más las costas de Francia en lontananza. Esta tarde se oyó de pronto a una buena distancia detrás del barco un claro rumor y un chapoteo; a ratos vimos aparecer en la superficie del agua los dorsos color olivo y las anchas aletas de varios peces grandes que se movían con viveza durante un momento y desaparecían para luego ofrecernos semejante aparición en otro punto. Los españoles denominaban a estos animales ballenatos, una especie emparentada con la ballena pero que no alcanzaría más que 25 pies de largo. Estábamos a pocas millas del cabo La Hague al norte de Cherburgo, cuando al barco lo cogió una corriente que lo impulsó a través del canal en dirección a la isla Wight debido a que ningún viento inflara las velas y luego, después de la medianoche, divisamos las luces del faro de Santa Catalina en la punta al sur de la isla. Los marineros tuvieron que trabajar toda la noche para mantener el barco alejado de la costa.

4 de enero. Con el novilunio se levantó hoy un viento fresco del noreste y así nos dirigimos con bastante rapidez hacia el océano Atlántico a lo largo de la costa inglesa. Estaba en el camarote preocupado de escribir cuando se hizo presente en cubierta un movimiento inusual y se oyó el grito de ¡Un hombre al mar! Espantado me levanté de súbito, subí de prisa a la toldilla y vi como el capitán le lanzaba los salvavidas de corcho al marinero que se defendía desesperadamente de las olas. Las medidas necesarias se tomaron con rapidez; las velas se recogieron en parte y en parte fueron viradas para frenar el curso del barco; bajaron un bote ¡pero por desgracia en vano! El infeliz, que no sabía nadar e impedido por las vestimentas, había perdido, al parecer, la conciencia; las olas le acercaron los salvavidas sin que lo notara, y en poco tiempo hubo una gran distancia entre él y nosotros. Durante algunos minutos vimos asomar su cabeza sobre el oleaje; repentinamente desapareció, las olas se juntaron espumosas sobre su cabeza y el mar contaba con una víctima más. El capitán dijo ¡Gracia al hombre! Esa fue la oración fúnebre.

Bien veía como sus compañeros miraban tristes hacia el lugar donde ese joven todavía lleno de vida hacía media hora había desaparecido, y más de alguno debe haber tenido en los labios una oración para ese que ahora descansaba en la profundidad. ¿Acaso no fue este acontecimiento una advertencia de que la salud y la plenitud de la vida no protegen contra repentina muerte y que dada uno de nosotros pudo haber sido arrastrado por la misma en una forma igualmente brusca y conmovedora? Este triste suceso constituyó, por  supuesto, el tema de conversación del día; se discutía y se lo trataba de explicar de cada manera posible. Se daban ejemplos de casos semejantes, cada uno más horroroso que el otro, como siempre ocurre entre la gente en semejantes ocasiones, pero todo ese hablar y discutir de poco servía; al muerto ya no lo podían hacer retornar.

Esta noche vimos las últimas configuraciones de Europa, a saber, los faros de Start Point y Berry Head; el primero, mostrando cada minuto un disco luminoso durante 3 ó 4 segundos, y el segundo, una luz roja persistente que atravesaba la oscuridad de la noche.

5 de enero. ¡Al fin se logró! Salimos del Canal, nos dirigimos hacia el sur y el barco, inclinado hacia un lado por el viento, corta las olas que rumorosas golpean contra su costado. Ya va siendo hora de deslizar algunas palabras sobre el barco y mis compañeros de ruta, dado que el ambiente constituye el principal factor para un viaje agradable.

La Cubana es un hermoso barco con tres mástiles, de 900 toneladas, que navega con bandera chilena. La nave tiene aproximadamente 65 pasos de largo, un calado de 17 pies y 18 pies desde la línea de flotación hasta la altura de la balaustrada. La balaustrada, o sea, la pared de madera que rodea la cubierta y de la cual se afirman las jarcias, tiene una altura de 5 pies. En la parte delantera están los camarotes para los 22 marineros, todos españoles o chilenos, de tez morena, cabello negro, en su mayoría rechonchos y de contextura fornida. Más o menos en el centro de la cubierta está la cocina; luego la porqueriza con media docena de estos pasajeros gruñones que suelen hacerle visita al comedor, abusando del ocasional permiso para gozar de libertad en la cubierta.

Barriles, cajones, jarcias, anclas, vergas, tres botes salvavidas, un viejo cañón, forman en cubierta un verdadero laberinto. Tres ovejas que brincan todo el tiempo en libertad y un perro oriundo de Tierra del Fuego completan nuestro Jardín Botánico en lo que a cuadrúpedos se refiere. En la parte posterior del barco se levanta la cámara, que no alcanza a ocupar un tercio de todo el largo del barco. En el centro se encuentra la sala de estar, comedor y sala de reunión, todo en uno. Una mesa, dos bancos tapizados, igualmente un sofá, dos sillones cojos y un espejo turbio constituyen todo el lujo que se gastan aquí en lo que a estos objetos se refiere. A esta pieza dan las piecesitas del capitán y los camarotes para los oficiales subalternos, los pasajeros, el cocinero y el mayordomo. Cada uno de estos camarotes tiene 6 pies de largo, 4,5 pies de ancho y está provisto de dos camas colocadas una sobre la otra.

Feliz es aquel que puede ocupar el lecho superior, donde una pequeña ventilación le permite gozar de aire fresco durante la noche, puesto que estas ventanitas no dan directamente al agua; la balaustrada forma un angosto pasillo en torno a la cámara y una defensa contra eventuales irrupciones del oleaje. Pero aquel que ocupa el lugar de abajo debe respirar como en un cajón cerrado el aire pesado y mal oliente, salvo que prefiera dormir en cubierta al aire libre. Por lo demás no están los camarotes mal equipados; pintados de blanco, limpios y luminosos. Se duerme sobre los colchones de crin vegetal tan bien como lo permite el constante balanceo y bailoteo del barco. El techo de la cámara es la toldilla mencionada más arriba, un poco más elevada que la balaustrada y rodeada de una baranda de fierro. Desde ahí baja una escalera a la cubierta propiamente tal.

Dos jaulas para gallinas forman los asientos de la toldilla, provistas de unos 20 plumíferos más viejos que la sarna pero a los que el cocinero se atreve a dar nada menos que el pomposo nombre de pollos. ¡Ahora, de las gallinas a los marineros! El capitán C.F.F. Mandaluniz, español de Bilbao, nacido en Vizcaya, hombre de unos 40 años, es una persona del todo amable, alegre y lozana, de agradable compañía. En los 25 años que ha pasado en el mar ha tenido ocasión de visitar casi todos los países costeros del mundo y sabe relatar en formar amena sobre sus múltiples viajes.

Oficiales a bordo son el hermano del capitán, un poco más joven que éste pero bastante sordo, como consecuencia de una enfermedad. A cada palabra que uno le grita a los oídos comienza, constantemente, con un escueto ¡Ah, caramba! y sus singulares respuestas, muchas veces equivocadas, causan una general carcajada durante la comida, que él no parece tomar a mal en lo más mínimo. El primer contramaestre es de edad, alto y enjuto, como uno ve pintado en los cuadros a Don Quijote; el segundo, joven, bajo y gordo, ambos también españoles y gente bien correcta.

Pasajeros de primera y compañeros de mesa del capitán junto con los oficiales, son dos jóvenes españoles de 15 años que van a Valparaíso para aprender el comercio. Su principal entretención consistente en fabricar cigarrillos y en quemar lo fabricado. En el trato no tienen nada de malo salvo una manía, que llega a dar náuseas, de alabar todo lo que viene de España. Creo que no se avergüenzan de sus piojos sólo porque son producto exportado de su patria.

Además tenemos a una francesa, soltera, modista, que va a Valparaíso con un bagaje de 32 años y algunos dientes postizos, en busca de su suerte por allá. De seguro que va a encontrar su lugar ocupado. Con mi personal insignificancia somos ocho en la mesa. Un francés algo mayor que yo, viajando de segunda clase, ocupa la cama inferior en mi camarote, comparte la comida con el cocinero y el camarero, o mayordomo como lo denominan los españoles.

8 de enero. El viento fresco del norte nos lleva contentos; en 24 horas recorremos un promedio de 50 ó 60 horas marinas. Todos los días  vemos velas en el horizonte que vienen y desaparecen según sea que ellas nos aventajen o que el viento nos sea más favorable a nosotros. Las noches son oscuras y frías. En la ancha estela que el barco deja tras de sí se ve brillar y centellear el agua salada como por miles de luciérnagas.

12 de enero. Hoy estamos pasando a unas 30 horas por el oeste de Madeira; la atmósfera está agradable y mucho más templada; a veces, como ocurre en las zonas calurosas, se descarga una nube dejando caer una fuerte lluvia, mientras en toda la redonda ríe el más hermoso cielo azul. Los peces que vemos con mayor frecuencia son los delfines o marsoplas de 4 a 5 pies de largo y, generalmente, en grupos numerosos. Saltan uno tras otro, dos o tres pies sobre el nivel del agua de una ola a la siguiente, formando una verdadera fila india. En esa forma persiguen al barco por largos trechos hasta que éste los sobrepasa en su carrera y nosotros los perdemos de vista.

14 de enero. Desde hace tres días estamos viendo constantemente un barco a sólo algunas horas de distancia, a la misma altura nuestra y siguiendo la misma dirección. Hoy al medio día se acercó aproximadamente a 3/4 de hora, izó como saludo la bandera inglesa: después de eso nosotros desplegamos la de Chile. Luego después hizo el inglés aparecer algunas banderas pequeñas de diferentes formas y colores; cada una representaba una cifra y el número resultante de su composición fue consultado por el capitán en un libro grueso, y con un surtido de signos parecidos enviamos la respuesta. Las preguntas y respuestas se sucedían con bastante rapidez pese a que los colores de las banderas sólo eran reconocibles con ayuda del catalejo.

El barco era el clíper inglés Inglis, que venía de Liverpool e iba, igualmente, a Valparaíso. Mutuamente nos deseamos un feliz viaje, nuevamente saludamos, lo que se hace izando la bandera grande del barco y nos separamos. Hacia la tarde ganamos una pequeña ventaja y dejamos el Ingles atrás. El libro del cual se servía el capitán para esta telegrafía es bastante voluminoso. Contiene los nombres de todos los barcos conocidos y las preguntas y respuestas de toda clase posibles. Está traducido a todos los idiomas de los pueblos marítimos; en esta forma pueden comunicarse un inglés y un español mientras que apenas se podrían entender verbalmente en el supuesto caso que cada uno sólo conociese su lengua natal.

El inventor de este método para entenderse en el mar de un barco al otro, es el capitán Marrgat, el famoso novelista inglés. Ya estoy bastante acostumbrado en el barco y a su reglamento. En la mañana al despuntar el día me despierta, regularmente, el ruido de los marineros que barren y lavan la cubierta y sus paredes. A las 7 sirven café, té, leche concentrada, mantequilla salada con pan fresco (lo amasan todas las mañanas). A las 11 el desayuno se compone de tres guisos, vino a discreción; de postre, queso holandés, fruta seca, té, café. En la tarde a las 5, de almuerzo, una sopa sabrosa, tres o cuatro guisos y también vino y postre. Los días domingo se agrega champaña y bizcochos.

Las provisiones constan de papas, lentejas, arvejas, porotos, arroz, fruta seca y verduras. Conservas de carne de vacuno, carne de ternera, carne de venado, todas ya preparadas en latas bien cerradas que sólo hay que calentar. Sardinas y otros pescados escabechados, bacalao seco, jamón y lengua ahumada hay en abundancia. Igualmente hay varias clases de vinos, licores finos, cerveza y leche. Esta última es una substancia parecida a la mantequilla que viene en latas cerradas y que se diluye con suficiente cantidad de agua caliente, con lo cual recupera su color blanco. Pero su sabor no es más que el de una bebida dulzarrona.

Los marineros reciben por la mañana café sin leche con bizcochos. Al medio día, carne salada de cerdo o vacuno con papas. En la tarde, verduras y té. Los bizcochos se parecen, en el sabor, al pan ácimo de los judíos, y si no están demasiado añejos, y a falta de algo mejor, no son tan incomibles como me lo había imaginado. Vienen en forma de pequeños bollos redondos, bastante gruesos. El mareo se manifestó sólo en forma de dolores de cabeza y vértigo, sin vómitos. Siguiendo un consejo que me dieron, me obligué a hacerle el debido honor a todas las comidas pero no puedo asegurar si le debo agradecer a esa precaución o a mi constitución que me libré en tres días con un malestar muy poco intenso. Durante el día encuentro bastante entretención con los pocos libros que traje conmigo. El inglés y el español los reparto en mi tiempo y, en compañía de algunas buenas obras alemanas, me ayudan a pasarlo con algo útil y sin aburrimiento. Además me prestó el señor Mandaluniz la obra de Walter Scott traducida al español y, gracias a mi facilidad para memorizar, ya he aprendido muchos fragmentos de este idioma. Además he descubierto dos ingleses entre los marineros, con los cuales procuro pulir mi pronunciación dura del inglés.

Después del almuerzo nos quedamos frecuentemente sentados el capitán, la señorita y yo. El señor Mandaluniz sólo habla español, la doncella estuvo algunos años en Río de Janeiro por lo cual conoce el idioma portugués, emparentado con aquél; yo, por mi parte, produzco un menjunje con fragmentos de francés, italiano y español. Naturalmente que una conversación tal suena algo parecida a la jerigonza; pero lo esencial es que uno se entienda mutuamente, lo que ocurre habitualmente sin gran dificultad.

18 de enero. Esta mañana pasamos aproximadamente 15 horas al oeste de la isla San Antonio cerca del cabo Verde. El viento nos impidió acercarnos un poco más; con eso perdemos toda esperanza de ver tierra desde Le Havre hasta el cabo de Hornos, salvo que una avería nos obligue a tocar puerto en Río o Montevideo, como suele ocurrir. Hoy vemos los primeros peces voladores que se elevan por largos trechos, aunque no mucho, sobre el nivel del agua. Entre el día y la noche, cuatro de esos peces tuvieron, para ellos, la desgraciada idea de volar sobre la cubierta donde el cocinero los tomó de inmediato a su custodia. Su carne es muy sabrosa y se parece a la de los "egli" de los lagos suizos. Tenían aproximadamente 1 pie de largo con excepción de uno que casi alcanzó 1,5 pie. Las alas o aletas de las que se valen para volar tienen un tamaño aproximado al de una mano humana mediana. Si bien nos acercamos al ecuador, no es intenso el calor.

El viento que sopla casi caliente desde Senegambia relaja mucho más  que el calor del sol. Por lo demás hizo colocar el capitán un toldo con una vela vieja sobre la toldilla donde estaremos protegidos de los cálidos rayos del sol.

22 de enero. Hasta esta mañana persistió el viento africano, y ahora reina de golpe la calma total; ningún susurro mueve las velas o riza la enorme superficie; el barco se mueve lentamente e inerte para allá y para acá, una vez hacia la derecha, otra vez hacia la izquierda; avanza media eslora y lo vuelve a retrodecer en la próxima hora. Distamos aproximadamente 60 horas de la línea donde reinan vientos todo el año, y ahora podemos permanecer errantes durante largas
semanas en este corto trecho, como a los barcos ya les ha ocurrido. El agua para bebida es tibia y mala. El vino y la cerveza que sirven en la tarde y en la noche como refresco, también están tibios; humedecen el paladar pero no refrescan.

24 de enero. Nadie pensó en un inmediato cambio atmosférico. Durante el almuerzo se obscureció el cielo. Fueron dadas las órdenes pertinentes, pero apenas pudimos terminar la comida cuando ya la tormenta zumbaba en las velas, arrancó dos de ellas, cuyos jirones ondeaban como banderas al viento. Las olas que súbitamente se levantaron caían sobre la cubierta, y durante una hora cayó una lluvia como verdadero diluvio. Pero de repente, tal como llegó, se calmó el temporal y todavía antes de que llegara la noche, las olas habían pasado a un movimiento lento y profundo. Hacia el norte continuó un fuerte relampagueo hasta bien avanzada la noche.

27 de enero. Ahora hemos dejado atrás las 60 horas perdidas y esta noche cruzamos la línea. Los marineros españoles parece que no hacen la respectiva fiesta, que también va cayendo cada vez más en desuso en los restantes pueblos. En los 25 días que estamos sobre las olas hemos recorrido 1400 horas y cruzamos la línea solar, siguiéndola a la distancia de 300 horas de la isla Santo Tomás en la costa africana. Esta mañana me despertó el carpintero para
mostrarme un tiburón. Atrás, junto al timón se hallaban entre los aparejos de pesca un anzuelo del grosor de un dedo y de tamaño proporcionado, fijo a una cadena de hierro de 2 pies de largo, la cual fue afirmada a un soga nueva y firme y provista de una carnada de unas buenas 2 libras de carne. Al ser lanzado el anzuelo, el pez retrocedió unos pies para ganar espacio, volvió el vientre hacia arriba, arrancó el cebo e hizo desaparecer ese gran trozo en sus fauces en menos tiempo que el ser humano necesita para deglutir una cereza. Nuevamente se le puso carnada y esta vez el animal de presa quedó aparentemente cazado. Los marineros tiraban con todas sus fuerzas y habían sacado del agua el tronco del animal cuando el escualo, con un esfuerzo desesperado, logró zafarse desapareciendo para siempre, sin despedirse.

5 de febrero. Ahora esperemos tener viento constante, más o menos favorable. Desde el punto en que cruzamos la línea ecuatorial navegamos en dirección a la costa americana hasta 60 horas de Bahía y seguimos ahora a lo largo de ésta, a veces bastante cerca y luego a más de 100 horas distantes de la misma.

8 de febrero. Estamos a la altura de Río de Janeiro a 100 horas de la orilla. El calor ha alcanzado su máxima intensidad. La brea con que se calafatean las junturas de la cubierta se pone al mediodía, como líquido fluido; se desplaza sobre la misma según los movimientos del barco. Uno suele correr peligro como los pájaros de quedarse pegado en la trampa encolada. El termómetro según Réaumur indicaba hoy 36E en la pieza (45EC). Por lo tanto, mientras ustedes tienen que calentar la estufa dos veces al día para tener las piezas confortables, echo yo de menos el agua fresca y me quedo a menudo toda la noche en cubierta, sólo con camisa y pantalón, a cielo abierto, buscando el fresco reparador que no consigo en el camarote estrecho. El cielo está sin nubes y despejado; raras veces vi en casa un firmamento tan esplendoroso como se ve todas las noches aquí, en las zonas cálidas. Las salidas y las puestas de sol se ven acompañadas de maravillosos juegos de colores y de nubes que forman variados cuadros, por lo que uno cree ver cada día un nuevo milagro.

A las cuatro y media horas comienza el alba, a las cinco y media aparece el sol y a las seis y media de la tarde se acerca al horizonte del oeste; da la impresión de acelerar su curso y cuando toca el borde del agua desaparece en pocos minutos. Las nubes que en torno suyo reúne, se descoloran y desaparecen; la luna como una hoz envía su pálida luz sobre las olas; las estrellas aparecen una tras otra; aquí o acullá alguno se pone a cantar, los otros se tienden sobre los cajones o sobre los atados de jarcias y tratan de dormir; aquel que desea va a la cama, y así avanza un día tras otro hacia su fin, y con tiempo y paciencia también se alcanzará la meta del viaje.

10 de febrero. El vino de mesa se había bebido todo y debía embotellarse un nuevo barril. Se pregunta por los corchos y no se los encuentra en ninguna parte. El capitán, enfadado, en un arranque de mal genio, ordena traer a la luz todas las provisiones de la despensa que se encuentra en la bodega debajo de la sala de estar. Los marineros bajaron de ese recinto oscuro donde reina un calor extremadamente aplastante. Los numerosos barriles caminaron de mano en mano a la cubierta y todo anduvo bien hasta después del desayuno.

Cuando se pretendió volver a guardar, aunque sin haber encontrado lo que se buscaba, estalló súbitamente un desorden verdaderamente babilónico. El capitán decía por la escotilla "vino blanco", la gente entendía "cognac", y si decía "arroz" contestaban desde adentro en coro "ron". Sospechando lo ocurrido, hizo subir a la gente y nunca había visto una llegada tan estrambótica. Eran unos ocho o nueve. Uno había tenido que hacer con un tarro de pintura roja y apareció totalmente rojo bermellón como un indígena antropófago. Otro, pegoteado con una masa de sudor y harina; los terceros, finalmente, galoneados de negro en todo el cuerpo, porque sólo tenían los pantalones sin camisa por el calor. Pero lo que les era común a todos era una borrachera tal que ninguno podía estar bien de pie. Abajo se habían regalado con una botella de aguardiente forrada en paja, y el calor había acelerado y aumentando el efecto de la bebida espiritosa. Recién arriba se desencadenó el espectáculo. Tambaleando y maldiciendo se desplazaba la comparsa desde la pieza hacia la cubierta donde la comedia fácilmente hubiera podido terminar en un drama. Los marineros se insultaban mutuamente, luego se llegó a los empujones; los ingleses querían boxear y los españoles sacaron los cuchillos. El capitán apaciguó a la gente y logró evitar actos de violencia. Al día siguiente también hizo recaer clemencia sobre los culpables en vez de autoridad, partiendo del principio que un buen marinero siempre es borracho.

11 de febrero. Esta mañana encontramos una columna de bonitos, una especie de atún con el dorso azul oscuro y el vientre blanco plateado, sin escamas. Al poco rato, un marinero pescaba tres que pesaban unas 4 libras cada uno. El apero que se usa para este fin es como un tenedor de 6 u 8 fuertes dientes de fierro con puntas de flecha. El mango de ocho pies de largo se afirma a una cuerda. El marinero aguarda el momento en que el pez se le acerca, lanza el dardo y si ha hecho bien la puntería, los dientes penetran en el cuerpo del animal y éste es sacado como con un tenedor. La carne de los bonitos es seca pero nos fue muy bienvenida como alternativa para la carne en conserva y la salada.

18 de febrero. Uno de los días más agradables lo tuvimos ayer, más o menos a la altura de Montevideo. El calor se había disipado paulatinamente y nuestros pulmones respiraban un aire purísimo. El viento se calmó, imperceptiblemente desaparecieron las olas y de nuevo se me concedió poder contemplar la gran extensión de agua sin el menor movimiento. El sol se puso con su acostumbrado esplendor pero junto con desaparecer en el oeste, aparecía lentamente en el
cielo por el este la luna llena, iluminando súbitamente con sus rayos las aguas azul oscuras. Ninguna neblina, ninguna nubecita empañaba el horizonte en la redonda. Las estrellas, como recelosas de ese brillo desacostumbrado, aparecieron en menor número que otras veces, y sólo algunos de los grupos más hermosos brillaban en el universo claro. Nuestro barco solitario en el vasto yermo, con sus blancas velas, que adquirían un aspecto casi fantasmal, la luz pálida y débil, el profundo silencio de la noche sólo interrumpido por el chapaleo de un pez, causaban una impresión muy singular sobre mi ánimo. Estaba sentado en la parte delantera del barco sólo con el marinero de guardia, y estando poco dispuesto a mantener una conversación, dejé libre curso a mi capacidad imaginativa.

Vagando hacia el pasado, desfilaron delante de mis ojos los cuadros de los años de juventud. Me parecía que el mar se transformaba en el lago de Neuenburg (lago Neuchâtel) con sus ricas riberas verdes, los ventisqueros con nieve eterna al fondo. Entonces desapareció el cuadro y desde el fondo del mar emergió Herzogenbuchsee, sus campiñas fértiles y sus precipicios boscosos. Vi a mis parientes y conocidos ir y venir en sus diarios quehaceres. Una parte de la noche la pasé en este estado entre despierto y soñando hasta que el aire más frío, que anuncia la llegada del próximo día, me obligó a abandonar el puesto, y en la mañana siguiente el ligero sueño reparador había superado y borrado ese ataque de nostalgia.

Sábado 26. No estaba reservado ver estas aguas bajo una forma menos agradable. El pasado domingo 20 nos encontrábamos a 39E sur y a más o menos 200 horas del borde de la costa. El cielo se nubló, un fuerte viento del suroeste (o sea, desde el cabo de Hornos) nos trajo lluvia y frío. El capitán dijo que eso era el preludio de la orquesta previo a la apertura de la ópera y, en realidad, con cada hora crecía el huracán y la noche había adquirido una terrible furia. Hacía mucho rato que habíamos recogido todas las velas salvo una pequeña corrida, y tenido que entregar el barco a su voluntad, o mejor dicho, al juego de las olas.

En medio del amenazante peligro el hombre no puede menos de admirar lo grandioso de esta escena furiosa. Cuán ciertas son las palabras del poeta alemán: "Y bulle y hierve y brama y silba, Como cuando agua con fuego se mezclan, Hasta el cielo salpica la espuma humeante. Y oleada sin fin sobre oleada se empujan". etc. El barco con su enorme masa y peso, revolcado como una pelota, de pronto entre dos cerros de agua cuyas abruptas laderas amenazaban aplastarlo; momentos después, como por encanto, elevado por sí mismo sobre el dorso de una ola, a su lado un abismo donde el agua espumante se arremolina y al cual se precipita con la velocidad de una flecha. Amenazantes ruedan las poderosas olas y se lanzan sobre el barco y a ratos derraman su agua que cae bramando como un torrrente sobre la cubierta, zamarreando barriles, cajones y todo lo movible, incluso derriba marineros, hasta que se escurre lentamente por las aberturas para eso dispuestas. Así continúa desde hace casi ocho días, sin que podamos prever el término del temporal y, aunque de cuando en cuando un amable rayo de sol estimula neustra esperanza, por desgracia nuestra alegría es siempre de corta duración. Negros nubarrones, lluvia que azota, granizadas con pesados trozos de hielo completan el cuadro que el señor Lippacher, al contemplarlo, seguramente lo haría entonar su cancioncita: "Está lloviendo y nevando y corre un viento helado..." Cuesta introducir la comida en la boca y,  a pesar de unos rieles paralelos sobre la mesa que deben impedir que se caigan los platos, no es raro que éstos salgan volando al suelo con un envión inesperado. La sopa y otros guisos líquidos muestran el indomable deseo de abandonar las fuentes y chorrear sobre las rodillas de las huéspedes.

Cada uno sujeta una botella de vino entre los pies (los vasos han sido suprimidos) y con el plato en la mano, busca como un acróbata, mantener el equilibrio. En la cama uno es lanzado alternativamente con fuerza contra la pared y luego, con un rápido contragolpe, queda expuesto a caer sobre las maletas desde la cama superior. Agréguese a eso el constante sonar del cubierto y de los objetos livianos, el alarmante crujir del barco, el rugido y silbido del temporal en el aparejo, el bramido de las olas, lo cual se reune para ahuyentar el anhelado sueño.

En cubierta se habían embarcado cuatro hermosos carruajes en grandes cajones. En la última noche las olas golpearon repetidas veces con fuerza contra ellos, amenazando tumbarlos a pesar de las fuertes amarras y exponiendo el barco a peligro. Para evitar una posible desgracia, ordenó el capitán que al alba los cuatro cajones fuesen lanzados sobre borda. Los marineros se pusieron rápidamente a la obra, desarmaron los cajones y, despreocupándose del temporal, no pudieron abstenerse de saludar con un sonoro ¡hurra! cada hermoso coche de gala que tiraban al agua.

A pesar de nuestra mala situación, nadie perdió el buen humor, excepto la "doncella". Después del almuerzo el capitán nos hace representaciones de los bailes nacionales y cantos de los negros en la costa de Africa y en La Habana que no quisiera reventar de risa. Si lo hace para levantarnos el ánimo y hacernos olvidar el peligro que se cierne, no lo sé, pero tengo buen motivo para suponerlo. Por mi parte dejo su libre curso a las cosas que no puedo cambiar. El barco es firme y Dios, que nos ha guiado hacia acá, puede ponerle barreras al temporal y llevarnos felices a puerto.

1 de marzo. Para nuestra complacencia se calmó ayer el temporal; de nuevo respiramos libremente y nos alegramos del movimiento lento del mar que hasta hace poco estaba tan agitado. Hoy estamos en el grado 45 y 160 horas de la ribera. El viento nos empuja paralelamente al mencionado grado en dirección a la tierra firme.

3 de marzo. Hoy, a 100 horas de la costa patagónica, viramos nuestro rumbo hacia el sur, o sea, directamente hacia las islas Falkland (Malvinas). Sacrificamos un chanchito gordo, lo que al capitán le dio motivo para mencionar que en Vizcaya la matanza era una fiesta familiar a la cual se convidaba a los amigos, y el señor Mandaluniz escuchó complacido mi relato de un acontecimiento parecido en Herzogenbuchsee. Aquí en el mar, por cierto, no hacemos esa clase de ceremonias. Del chanchito se hacen salchichas, se le asa a fuego lento y a la parrilla, y en ocho días le toca el turno a otro.

6 de marzo. El día 6, después de mucho cruzar, ora al oeste, ora al sur, nos encontramos exactamente en el paralelo 47 y a sólo 40 horas de las tierras paragónicas. Dejaron caer la sonda y a las 65 brazas (40,6 pies) se tocó fondo. Desde ahí navegamos con viento favorable entre la tierra firme y las islas Falkland (Malvinas), en dirección a la punta oriental de la Tierra del Fuego, esperando ver esta tarde, en cualquier momento, la tierra una vez cruzado el grado 54.
Ahora llegamos a las regiones donde nadie más se queja del calor aunque aquí todavía es verano. Cada día que a ustedes, habitantes del norte, los acerca a la primavera, en el lado sur de la tierra nos acerca al otoño y al invierno. Pero es notable que el señor Mandaluniz, quien cruza por décima vez el cabo de Hornos, no pudiese recordar haber encontrado jamás un tiempo tan espléndido en estas extensiones, aun en las mejores épocas del año. A la distancia brumosa surgió poco a poco una línea negra en el horizonte que fue reconocida como tierra. El capitán deseaba convercerse de la exactitud de us cálculos; hizo recoger algunas velas para aminorar el andar del buque a fin de reconocer la costa, lo que la llegada de la noche no le permitía.

10 de marzo. Esta mañana estaba ya antes de las 5 en pie. Lo que ayer en la tarde, a una distancia de 15 horas, aparecía incierto y oscuro, estaba ahora, con el claro y frío aire matinal, nítido delante de nuestra vista. Una costa larga y montuosa se extendía a derecha. Lo que sentí con esta visión es difícil de describir. ¡Con qué placer y alegría saluda el hombre a la tierra, aunque resultara ésta ser la más pequeña y triste en la redondez del globo, después de haber estado casi 70 días suspendido entre el cielo y el agua!   Hacia el oeste se extendía el cabo San Diego y la punta más oriental de la Tierra del Fuego, y justo delante de nosotros, separada de dicha Tierra por el estrecho de Le Maire, la isla de los Estados de unas 11 horas de largo, junto con algunas más pequeñas, denominadas islas del Año Nuevo. Un viento suave nos acercó lentamente a la isla de los Estados y esta tarde sólo 2 horas nos separaban de su ribera.

Con una atmósfera extraordinariamente clara  y transparente se podía reconocer cada peñasco y avizorar cada rincón mediante el buen "Dollond" del capitán. En vano busca el ojo un lugarcito verde; ningún árbol había echado sus raíces en esta isla solitaria. Lomas de tierra café, cerros cupuliformes desnudos cuyos despeñaderos grises y escarpados que se hunden en profundos desfiladeros y valles, era el cuadro que se presentaba.

Patos silvestres, albatroses, gaviotas, anidan en las rocas; sólo las focas habitan ese erial donde ningún hombre mora y raras veces desembarca. Esta noche rodeamos la punta más saliente de la isla, el cabo San Juan, en dirección hacia las zonas más frías.

27 de marzo. Hoy puedo comenzar mi relato con la alegre exclamación ¡estamos a salvo! ¡Cabo de Hornos y cabo Victoria, los fantasmas de los navegantes, ya los dejamos atrás! Sólo queda llenar la laguna que se produjo desde el 10 del presente, y para evitarles la pregunta por qué he estado tiempo ocioso, voy a adelantarles aquí la respuesta o disculpa. Primero quería darles la agradable sorpresa que habíamos cruzado felizmente esa pasada peligrosa. Por otro lado, el frío y los saltos a veces casi locos de la señorita Cubana me habrían impedido escribir aun cuando hubiese sentido deseo para ello. ¡Pero, vamos al grano!

Desde la isla de los Estados, con viento favorable, fuimos a parar diagonalmente en dos días al grado 57, justo por debajo del cabo de Hornos. Pero aquí se terminó por un tiempo la diversión. De pronto se levantó el viento del oeste con tal furia que apenas tuvimos tiempo de sustraer las velas a su ímpetu y durante cinco días fuimos columpiados con más fuerza aún que frente a la costa patagónica. Para cierto consuelo nuestro, teníamos por lo menos compañía en nuestra situación desgraciada. Siete barcos bailaban con nosotros el coro obligado, algunas entre ellos, pequeñas goletas bergantines que, al parecer, no yacían sobre rosas. Lo que le ha dado gran celebridad al cabo de Hornos no es tanto el peligro de naufragios, como la tenacidad con que los vientos opuestos impiden el ingreso al océano Pacífico. Ha ocurrido que barcos han tenido que luchar 6 semanas y aún más para recorrer el trecho de sólo 150 horas de largo.

Sí, hace dos años una fragata nueva en su viaje inaugural desde Génova a Valparaíso, permaneció 13 meses en camino, de los cuales la mayor parte los estuvo en esta región con averías de toda clase, sin lograr atravesar. ¡Fuimos afortunados! El día 17, después de haber sido desplazados en diferentes direcciones, nuevamente nos encontramos a la altura del estrecho de Le Maire; el viento roló un poco hacia el norte y con renovado aliento buscamos ganar el oeste. Ese mismo día vimos dos pequeñas islas de las cuales una forma con su extremo sur el cabo de Hornos y la segunda, ubicada bien cerca, el cabo Engaño, porque frecuentemente se confunde con el primero.

El 18 navegamos en torno a la isla Diego Ramírez, cuya visión nos la impidió una densa neblina y, siguiendo a lo largo del grado 58, llegamos, en varios días sin contratiempos, lo suficientemente al oeste como para poder virar hacia el norte. Alternativamente teníamos aguaceros, granizadas y también algunas pulgadas de nieve, que usamos para hacer bolas. El barómetro cayó en la pieza unos 5 a 6 grados bajo cero. Pero el paso de las zonas cálidas hacia acá fue tan rápido que este frío, excepcionalmente escaso, se hizo molesto.

En un pequeño plano adjunto he dibujado nuestro ir y venir. Los barcos se ven a veces obligados a llegar hasta el grado 60; más al  sur no parece posible porque aquí la temperatura es en promedio, a 20 grados de latitud, más fría que en el polo norte. A quien llega en los meses de diciembre, enero y febrero (verano) le toca vivir un día largo, sin noche. A las 11 de la noche se pone el sol pero antes que desaparezca, el crepúsculo comienza en el oriente la claridad matinal. El astro mismo se hace nuevamente visible hacia las 2. Los  meses de junio, julio y agosto son una larga noche. El sol sube sólo algunos palmos sobre el horizonte; aparece a las 9 de la mañana y ha completado su curso en tres horas. Pero esto es casi la única diferencia entre el verano y el invierno; la naturaleza no reconoce en estas tristes regiones ninguna ley de hermosa y mala estación.

Contaba el capitán que una vez, en pleno verano, había visto a los marineros llorar de frío y visto congelarse las lágrimas en las mejillas, y haberse visto obligado, para hacer realizar un trabajo en el velamen, a tomar una cuerda en la mano para inculcar calor y disciplina a los marineros a los que el hielo había hecho olvidar la obediencia. Sin duda era un método barato para restaurar y despabilar a la tripulación entumecida.

Esta vez no vimos nada semejante; cruzamos el cabo de Hornos en relativamente corto tiempo, más o menos en la época en que el día y la noche son casi iguales y con un tiempo no tan rudo. Nos sentimos felices de haber escapado de tal duelista a pesar de que el viaje no nos ofreció comodidades, precisamente porque en nueve de diez veces a uno le toca algo cien por ciento peor. En los días en que no se podía desplegar ninguna vela y el barco más bien retrocedía que avanzaba, numerosas bandadas de aves marinas lo rodeaban volando y gritando; se posaban detrás a corta distancia sobre las olas y atrapaban voraces lo que les tiraba. Mediante un cordel resistente fue lanzado un anzuelo mordentado con un pedacito de tocino. Los pájaros lo picotearon con fuerza pero con igual celeridad fue recogida la cuerda, el anzuelo se enredó en la curvadura del pico largo y, pese a la fuerte resistencia, fueron llevados los golosos a cubierta donde se bamboleaban torpemente. De esa manera pillaron más o menos 2 docenas. La mayoría tenía el tamaño de un ganso, 6 a 7 pies de envergadura, pecho blanco, alas negras y un pico largo. Se dice que éstos nos son comestibles por su penetrante olor a aceite de pescado.

Pero entre ellos había 3 albatroses que se caracterizan por sus hermosas plumas blanco-café y su pico blanco brillante de 4,5 pulgadas de largo. De una punta del ala a la otra medían 10 pies. La carne de los albatroses se la entregaron a los marineros. Por curiosidad fui a probar ese guiso y, en contra de lo esperado, no lo encontré nada de malo. La carne era tierna y con gusto a carne de caza, casi como carne de conejo. Por supuesto que todas las partes grasosas las habían separado cuidadosamente. Estos pájaros sacan con frecuencia de apuro cuando los barcos tienen que permanecer largo tiempo en el cabo de Hornos y se encuentran escasos de alimentos. En estos días vimos una especie interesante de puerco de mar (marsopla) que sólo se encuentra en este mar sureño. El dorso y el vientre son de color olivo claro, en cambio, la cabeza, la cola y una parte del cuerpo, blanco brillante (ver dibujo adjunto). La cabeza de este animal contiene un aceite fino usado para engrasar armas u otros utensilios parecidos contra su oxidación, y buscado por ese motivo por los cazadores de ballenas.

Anteriormente mencioné el cabo Victoria. Este se encuentra en el extremo occidental del estrecho de Magallanes y es por los barcos casi tan temido como el cabo de Hornos porque el viento del suroeste, que pasa a ser después el más ventajoso, en este punto amenza con lanzarlos contra la tierra. El gobierno de Chile tiene el proyecto de establecer en el estrecho de Magallanes una base de pequeños vapores para remolcar los barcos por ese estrecho con lo cual se
evitaría el largo viaje en torno a la Tierra del Fuego.

1 de abril. Nuevamente se ha confirmado el refrán chino que dice: "De diez pasos que uno tiene que andar, nueve son la mitad del camino". Se decía que desde cabo Victoria se llega a Valparaíso en 8 a 10 días; que los vientos siempre son propicios. Intimamente todos se alegran; uno cree tan fácilmente lo que de corazón se desea. Pero quien otra vez permanece cuatro días en que ese punto es La Cubana y ¿por qué? Por que el señor viento, en vez de soplar desde el sur, para variar, sopla una vez desde el norte, y el océano Pacífico, que todo el año merece su nombre, desea ahora darse un poco de movimiento, haciendo rodar bonitas montañas de agua. Ya el primer día dijo el capitán que este tiempo no tenía significado, que luego una lluvia cambiaría el curso del viento. ¡Conforme! Pero el barómetro, que mirábamos cuando estábamos en el cabo de Hornos y tratábamos de hacer subir con constantes golpecitos, se mantenía quieto; ¡ahora está subiendo este bribón! hasta la marca "muy seco" para gran rabia nuestra. Ojalá que el cambio ansiosamente esperado desde hace cuatro días no se haga esperar hasta que a nuestro barómetro le dé la gana de caer, de lo contrario que se vaya todo al diablo. Mañana van a ser tres meses que partimos de Le Havre y la vida a bordo ya me tiene más que saturado.

10 abril. ¡Loado sea Dios! Nos acercamos a nuestra meta. Apenas hube escrito las líneas precedentes, como para avergonzarme por la impaciencia y la mal contenida rabia, cambió el viento desde el norte hacia el este; volamos rápidamente y luego se había recuperado lo perdido al recorrer 60, 70 y una vez 80 horas (240 millas) en un día. Hasta la altura de Chiloé seguimos a lo largo de la costa a más de 100 horas. Pero desde esa isla nos acercamos más a la costa y de tiempo en tiempo veíamos la tierra a través de la bruma. Aunque no hubiésemos podido ver la costa, la presencia de algas flotantes, las bandadas de pequeñas aves terrestres, el color del agua que de azul oscuro pasó a un apacible verde claro, nos habría anunciado la cercanía de la costa como le ocurrió a los compañeros de Colón. Al barco lo acicalaron; con arena fina fue pulida la cubierta; todas las piezas y las paredes fueron barridas; los botes fueron bien pintados y la tripulación también experimentó un notorio cambio en lo que a físico se refiere. Quien supiese manejar la navaja y la tijera hacia de barbero. La cubierta se transformó en una verdadera peluquería. Quien no estaba bien provisto de camisas, o sea, que sólo tenía una y una mala, se dedicaba a lavar, y a cada lado del aparejo colgaban vistosas prendas de vestir que aleteaban alegremente con el viento. Cada uno esperaba poder desembarcar el último  viernes 8 pero el 7 se calmó el viento a la altura de Concepción y hasta el sábado en la tarde tuvimos completa calma.

11 abril (6 de la mañana). Ayer el viento se puso de nuevo favorable y en la pasada noche el oficial nos dio la noticia de que la costa era visible a corta distancia. A raíz de eso se recogieron todas las velas y se esperó hasta que el alba nos permitiera reconocer nuestra posición. Apenas la claridad anunció la llegada del nuevo día subí a la toldilla para admirar esa tierra de promisión de Chile. Las cordilleras se extendían hasta donde alcanzaba la vista, en cuatro o cinco cadenas paralelas, escalonadas una sobre la otra, y en el lejano norte brillaban ventisqueros de nieve eterna en el rosicler matutino. Al asomar el sol detrás de las montañas cubriendo de fuego primero las más altas cumbres penetrando después de súbito en los valles, fue como si de repente me viese transportado unas cuantas miles de horas de vuelta a la Patria, asistiendo a una salida de sol en el Weissenstein. Sí, la ilusión había sido tan cabal que me puse triste cuando el movimiento sobre el barco me retrotrajo a la realidad. Pero la general alegría reinante a bordo por la pronta llegada y la animada charla impidieron que esa penosa impresión echara raíces profundas y pronto recuperé mi humor comunicativo acostumbrado.

Olvidadas estaban las penurias y fatigas sobrellevadas en nuestro viaje de 99 días, durante el cual habíamos dejado atrás aproximadamente 500 horas marinas, o sea, 15.000 millas, incluyendo los necesarios zigzagueos que un velero necesariamente debe hacer. Todos se alegraban; hasta el barco me parecía que estuviese navegando más liviano y más animado que antes, como un caballo que va trotando a casa. 9 horas. El punto donde debe estar Valparaíso se destaca en cada momento mejor a través de la bruma. Todavía nos oculta la visión de la ciudad misma una lengua de tierra que rodea la rada. Pero ya se pueden reconocer con claridad los cerros y valles de una tierra café rojiza escasamente cubierta de una hierba reseca. No se ve ningún árbol sobre estas colinas tostadas por el sol y esa infertilidad, esa vegetación grisácea y unas cuantas chozas de tablas desparramadas dan una impresión poco favorable.

Intercambiamos las habituales señales con el vigía del faro ubicado un poco al sur de la ciudad y esas eran traspasadas a la bolsa en Valparaíso, aproximadamente 1,5 hora antes de nuestro arribo. Bordeamos la lengua de tierra mencionada y de pronto, como en un teatro cuando se levanta el telón, apareció Valparaíso ante nuestros ojos; un involuntario y prolongado ¡Ah...! salió de mi boca. Pero no me pareció que la región mereciera el nombre de "Valle del Paraíso", no obstante, tomado en conjunto, era un panorama sin discusión hermoso.

Una bahía en forma de herradura de aproximadamente 3,5 horas de perímetro formaba la rada donde más de cien buques de todas las naciones de la tierra se encontraban anclados en largas filas. Al fondo, la ciudad construida como un anfiteatro desde la orilla del mar hasta bien arriba, en los cerros. Los altos cerros y las formidables cúpulas con nieves eternas en el lejano horizonte a lo cual se agregaba un hermoso y claro y templado día trataba de iluminarlo todo de la manera más ventajosa posible.

Las velas se van recogiendo una tras otra y La Cubana, continuando con su impulso, pasa lentamente entre las otros barcos hasta ponerse a tiro de escopeta de la tierra; el ancla cae ruidosa a la profundidad, el viaje se ha consumado y mi relato también. ¡En tierra!. Las formalidades aduaneras se cumplieron pronto e igualmente rápido estuve listo para bajar a tierra. Uno de los muchos botes que realizan las comunicaciones entre los barcos y la ribera me dejó en poco rato en tierra firme. Los chilenos tratan, como también ocurre en otras partes, de engañar al recién llegado "caballero" por unos cuantos reales; pero el capitán me lo había advertido, y tres meses habían bastado para adquirir un español bastante bueno y corriente.

Una detallada descripción de Valparaíso ya no corresponde aquí; eso será tratado en otro capítulo. Sólo que yo me percibo a mi mismo por el puro agrado de haber alcanzado feliz y sano esta otra rivera del "Gran Arroyo" y sentirme,
además, contento de llegar al final del relato. ¡El lector que se dé el trabajo de descifrar estas largas páginas podría tal vez sentir algo parecido en lo que al último punto se refiere!

N O T A S
1.1 hora marina es igual a 3 millas, igual a 5,556 Kms.
1 milla marina es igual a 1,852 Km.
2. Tomado de "Der Taucher" (El Buzo), de Schiller.
3. Original en dialecto suizo.
 

 

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