Historia y Arqueologia Marítima

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Indice  Anecdotas Marineras

EL MICALVI

Por Jaime Santibáñez Guarello. Abogado. Subteniente R.N - Publicado en la Revista Marina de Chile (http://www.revistamarina.cl/) y reproducido por amable permiso de su director, CNIM Jaime Sepúlveda Cox - Marzo del 2010.-

Corría el año 1936. El ya viejo transporte Micalvi se asoma en medio de la noche y la tormenta al estrecho de Magallanes, lenta, dificultosamente, jadeante su máquina recíproca, sudorosas sus calderas a vapor por el esfuerzo. El viento levanta el mar y lo aplasta con su misma fuerza, transformando su negra apariencia en un pavimento blanco, bullente. Las olas empujan la obra viva, mientras por encima de la superficie el viento también empuja directamente la superestructura..

Esta vez la comisión fue muy trabajada. Es invierno y el tiempo no da tregua. El frío, el viento y el hielo obligan a esforzarse al máximo para mantener las energías y el calor. La gente está cansada. Eran tiempos rudos, sin comodidades, sin radar. El Micalvi se adentra en el Estrecho, abandonando la protección del canal. Ahora es necesario vencer al viento y al mar para avanzar. El combate es desigual, siguiendo la gloriosa tradición de la Marina: el bajo andar de la nave, contra los elementos, que esa noche muestran todo su poder. Hace rato ya que la orden fue dada: toda fuerza avante. Pero el buque parece anclado entre el negro de la noche y el blanco del mar, mientras el viento se frota a su alrededor, envolviéndolo como un gato gigantesco.

Desde el puente, el oficial de guardia escudriña la noche tratando de ver, de reconocer, más bien de adivinar la costa, un islote, una estrella, una referencia. Todo inútil, el rumbo trazado en la carta es ya una línea inconclusa que apunta al infinito : la estima pierde valor minuto a minuto. Avisado por el oficial, el Comandante ha subido al puente y examina la situación. Los pronósticos son tan negros como la noche. Punta Arenas es una esperanza que ni siquiera asoma aún en el horizonte de la imaginación.

Desde el puente y hasta la sala de máquinas, y lentamente por todo el buque, penetra el viento como un corcel guiado por siniestro jinete. Se lo siente, algo inquietante deambula en la noche. La tripulación espera en cualquier momento divisar en las cercanías al Caleuche. Todos lo saben, se dice que la suerte de las embarcaciones que lo han visto ha quedado inscrita para siempre en las profundidades. Sin embargo no hay vacilaciones, las órdenes son claras, el rumbo y el destino están trazados: Punta Arenas, ya no es posible volver atrás.

La radiotelegrafía mantiene el contacto con el puerto: trae información, vinculo con el mundo de la vida. Allá existen los que esperan, los que nos aman, quienes exigen el regreso, el triunfo del hombre sobre los elementos, el cumplimiento del deber. El tiempo pasa, el Comandante llama a todos los oficiales al puente, y los urge a obtener puntos de referencia para situarse. Presiente lo que está ocurriendo: el viento y las olas causan una deriva, la fuerza que desvía y desvía del curso original. Se pide a las calderas más presión, más potencia a la máquina. La respuesta que llega por la bocina es definitiva: estamos al máximo, no es posible dar más presión a las calderas, están ya en el sello de seguridad.

Entonces en medio de la noche cae otra negra noticia en el cuarto de radio: el operador lleva la infausta nueva al Comandante: su esposa allá en el puerto está dando a luz su primer hijo y hay serios, muy serios problemas. La situación es grave.

Es en esos momentos cuando escudriñando las penumbras, ese Comandante descubre que la noche se ha hecho más negra, una sombra oscura parece asomar a cierta distancia. Ese hombre siente el peso, la mirada, la entrega y la esperanza que sobre sus hombros han puesto todos los de a bordo. Es un padre que debe arrancar de las garras de la muerte a su hijo primogénito, que allá lejos lucha solo, y también a estos hombres que luchan a su lado.

Mirando esa mayor negrura que se distingue a estribor, repentinamente se le aparece una aterradora claridad: de ella surge un rumor, uno que todo marino conoce: la rompiente. Es la pared de roca, casi a pique sobre el mar, de la isla Dawson. Fue la deriva, efectivamente. El buque ha sido llevado por el viento, poco a poco, contra esa pared que baten furiosamente las olas. De mantenerse esta deriva, el naufragio y la muerte son cosa segura, sólo quedan unos
instantes. Pero la tormenta, lejos de amainar, cobra más y más fuerza. Es el momento supremo, cuando el mundo entero parece hundirse a su alrededor: su mujer, su hijo, y el buque, todos en peligro mortal, simultáneamente.

El Comandante ordena  que todos, salvo el personal de máquinas, suban a cubierta, y se escucha dando la orden que, al menos, significará morir luchando: ingeniero, más presión a la caldera, rompa los sellos de seguridad, exíjale más, es preciso vencer al viento. El oficial de máquinas informa que la caldera no resistirá más presión, está muy vieja y deteriorada. Pero cumple la orden. El buque entero comprende que la explosión final puede ocurrir desde ahora en cualquier momento, pero el chileno no se rinde sin combatir. La nave se estremece, el viento y el mar del Estrecho no cejan en su lucha. La negra pared de roca está allí observando, esperando paciente a su víctima, que inexorablemente es empujada hacia ella por los elementos.

Ya reconocido el lugar, los oficiales han situado la nave en la carta, y está trazado el rumbo de la salvación, una línea que se proyecta hacia puerto. El manómetro de la caldera, mil veces reparada, marca en plena zona roja, a punto del estallido. Pero esa es también la presión de vapor salvadora, que impulsará con más fuerza a la máquina, la única posibilidad de vencer. El buque entero tiembla, resopla sudoroso, empapado, con su tripulación aterida de frío. Primero detiene su aproximación a la roca. Luego de un largo instante inmóvil, igualando fuerzas, al fin parece moverse, y poco a poco se separa de su perdición, abriéndose paso en las tinieblas, hacia Punta Arenas, hacia la vida.

Esta historia es real. El Micalvi se salvó, el niño nació (es mi hermano), pero perdió a su madre. El Comandante era mi padre. Espero haber sido fiel a su relato.

 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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