Historia y Arqueologia Marítima

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Indice  Anecdotas Marineras

UN VIAJE CON HISTORIA

Misión del AKA Errázuriz a Hamburgo después de terminada la II Guerra Mundial.

AKA 51, luego "Errázuriz"

Por Iván Soulodre Walker, CF (R) - Publicado en la Revista Marina de Chile (http://www.revistamarina.cl/) y reproducido por amable permiso de su director, CNIM Jaime Sepúlveda Cox - Marzo del 2010.-

Terminó la Segunda Guerra Mundial. Algunos compatriotas lo pasaban muy mal en Alemania. Alguien presionó al Gobierno para repatriarlos. Se asignó la misión al transporte Errázuriz, al mando del Capitán Gerald Trudget Delano. Zarpó de Valparaíso a mediados de 1947.

El Errázuriz era un AKA (transporte de ataque). La Marina norteamericana los construyó en serie para una operación definida:  recuperar las docenas de islas del Pacífico Norte, en manos de los japoneses.  Eficientes, veloces, equipados con tecnologías de avanzada en comunicaciones, navegación, maquinaria. Habían sacrificado la habitabilidad para optimizar su producción y bajar costos. Camarotes pequeños, sin puerta; servicios higiénicos comunes, de una promiscuidad inaceptable. Sólo lo justificaban los tiempos que se vivían. Para graficar: los "jardines" de oficiales tenían cuatro
tazas, de dos en frente, a "full" ocupación era una reunión social.

Muchos esperaban horas de baja asistencia para estas visitas. La tripulación, peor; canoas de diez o más "calzos", en serie. El agua barría a gran velocidad. Para transportar las tropas de comandos, contaba con dos dormitorios. Literas en cuatro de alto; era un transporte "a granel" de soldados. Estos albergarían a los repatriados. Uno para damas y el otro para varones. La mayoría de los pasajeros eran matrimonios. Iban separados. Mala suerte. A grandes males ...

La nave tenía sus méritos. Todo lo relacionado con alimentación era excelente. La cocina semejaba una maestranza moderna. La panadería, habría sido la envidia de cualquier panificador. Además, fábrica de helados, "Mechanical Cow" (esta vaca era toda una novedad; materias primas: leche en polvo, crema y sabores. Entregaba leche fría o caliente, con distintos gustos; fruta, chocolate y otras). La máquina lavadora de platos era enorme. Podía procesar la vajilla para 800 comidas. Entregaba en menos de una hora todo limpio y seco. Sólo había que cargarla y descargarla. Desgraciadamente, los platos nacionales no resistían la temperatura o el ataque del agua a alta presión. El primer día se rompió gran cantidad, creando el primer problema grave al Subteniente Seemann, encargado de alimentar a medio millar de personas.

Los comedores eran entrepuentes amplios. Mesas y bancas soldadas al piso y ... nada más. Ahí se comía, leía, escribía, practicaba juegos de salón y era el centro de reuniones sociales. Esto ofrecía el AKA Errázuriz. No era precisamente un "Crucero de Turismo".

Nunca supe quien manejaba comercialmente el viaje. La Armada, no.

Embarcamos pasajeros de Chile a Europa. Becados, marinos mercantes españoles de regreso. Cucalones de policía internacional, extranje ía, Ministerio de Relaciones Exteriores. Unos cuatrocientos en total. La mayoría becarios. Entre ellos recuerdo al doctor Arias y su esposa, también profesional, becados en Francia. ¡Luna de miel en el Errázuriz! Sorpresa. Iban separados, todos comprendíamos la situación. A la señora Arias todos le asignábamos un 10. Pidió un camarote; según él su esposa iba muy incómoda. Negativa. Faltaban camarotes para los oficiales guardieros.

El Segundo Comandante, don Carlos Villamar, tenía una labor difícil. No lo habían preparado para una misión como esa. El pasaje no se regía por las reglas estrictas para los uniformados. Pretendió extender la disciplina a ellos. Lo preocupaba la presencia a bordo de los Guardiamarinas de la Promoción del '46. Su jefe el Capitán Roberto de Bonaffos, su ayudante el Subteniente Sergio Hödar. ¡Por percha no se quedaban! Eran los hombres serios del buque. No es del caso nombrar la dotación, todos tenían un papel parecido al que tendrían en cualquier transporte de la Armada en tiempos comunes. Las excepciones eran el Segundo Comandante y el hombre encargado de la alimentación, nexo entre pasaje y nave (léase Comandante Villamar) e intérprete oficial: el Subteniente Enrique Seemann D.

Trabajo complicado. No es fácil alimentar, cuatro veces al día, a varios cientos de personas, para las cuales además, comer era lo único que interrumpía el trabajo o el ocio. Más que el sueño. Debemos sumarle que "la ración Armada" de esos años, no era precisamente un ejemplo de dietética. Seemann, intérprete español/alemán. Parecería fácil, no lo era. Muy por el contrario. Más que traductor, moderador, entre Villamar y su disciplina, y los alemanes repatriados del régimen militar extremo que dejaban, pretendían un bienestar y liberación. No se les podía ofrecer a bordo. En cuanto a comportamiento, no estaba dispuesto a ceder, al menos era lo que creía.

Debo aclarar algo. De los cerca de 700 "repatriados", muy pocos hablaban español, no eran ciudadanos chilenos y sus conexiones con el país eran amistades, o quizás parentescos lejanos con ciudadanos de la colonia alemana. Incluso una familia de apellido Vergara -los "Fon Fergara", según la tripulación- hablaban nuestro idioma precariamente.

Volvamos al comienzo.
Nuestra primera escala, Talara en Perú, para abastecernos de combustible. A esta altura del viaje, el médico de a bordo y su equipo, tenían problemas. Varias personas presentaban fiebre alta y trastornos estomacales. ¡¡Tifus!! Regreso a Chile. Iquique. Cuarentena.

Se vio la necesidad de contar con una enfermera. Iban varias damas en el pasaje. Se solicitó el envío de una profesional. Se supo que llegaría; alguien dijo que tenía 24 años de servicio. Otro que eran de edad. Era esto último. Llegó Josefina, Chepita, a los pocos días. Enfermera universitaria del Servicio Nacional de Salud. ¡Un camarote menos para los oficiales motes! Su presencia impuso la compostura en la cámara de Oficiales. A alguien se le ocurrió que debía vestirse de uniforme caqui. De alguna parte salió género para una falda. Se la confeccionó el sastre de a bordo. Camisas y corbata de pañol.

En la mesa de los subtenientes, era donde tenía su chaza, el tema de conversación fue el grado que debía otorgársele. Variaba entre Guardiamarina y Sargento. Todos daban sus razones. La pobre Chepita no entendía mucho de lo que se hablaba. Al final quedó sin galones. El doctor Arias -el del viaje de Luna de Miel- mandó al diablo la beca, se desembarcó. Regresó a Santiago.

Estuvimos alrededor de una semana en Iquique. Los enfermos fueron desembarcados, perdieron el viaje. El buque se consideró sin riesgos de epidemia y continuamos proa al canal de Panamá e islas Azores. Estuvimos alrededor de 12 horas en Fayal. No estoy seguro a qué pasamos. Quizás para que los Gamas (guardiamarinas) conocieran algo. No había mucho que ver ni hacer, fue al menos lo que me contaron.

Estaba de guardia. Recogida y última embarcación a las 20.00 hrs. Después de ésta, aún faltaba personal a bordo. Me enviaron con un Sargento a tierra. Era noche. Desorientados, bajamos en un muelle. Optamos por caminar hacia la derecha. Nada. Ni luces ni ruidos. Después de mucho andar, escuchamos un ruido. Era una voz de barítono que declamaba

Yo he nacido en el mar
y tuve por madrina una nube fantástica
y por padrino, el Sol.

¡El Guardiamarina Bernaschina recitando! quizás los únicos versos que conocía, al menos nunca le escuchamos otros. Habían perdido el sentido del tiempo. Les costó caro. Zarpamos hacia España, Ferrol del Caudillo, ciudad natal del General Franco. Nada especial sucedió en nuestra estada en ese puerto. Sí, todas las personas que conocimos fueron extremadamente cariñosas.

Portsmouth, último puerto, antes de llegar a Hamburgo, destino de nuestro viaje. Cuatro días. Nos visitaron a bordo oficiales de la base naval. Rápidamente nos hicimos de amigos. Nos invitaron a comer. Todos impecablemente de uniforme. Notamos que varios tenían sus blancas camisas zurcidas. Otro una pierna del pantalón remendada de la rodilla hacia abajo, con un pedazo de género azul marino, pero a todas vistas, distinto.

Al terminar la comida el Comandante de la Base dijo unas palabras. A poco de empezar un oficial, creo que era un capellán, se desmayó, doblándose sobre la mesa. Ni un gesto, como si nada, y no creo que un oficial se desmayara todos los días. El Comandante  terminó con un brindis. El accidentado oficial, ayudado por dos mayordomos, desapareció. Ningún comentario.

Pasamos a un salón, ahí empezó la fiesta. Al día siguiente, de madrugada, partimos en un bus a Londres. Visitas: Westminster, Torre de Londres, Palacio de Buckingham (por fuera). En la tarde cocktail en la Embajada Chilena. Fuimos presentados al Embajador Señor Bianchi. Un ujier, que no daba con la pronunciación de nuestros apellidos, nos anunciaba golpeando con su bastón. El Guardiamarina Enrique Molina, dio su nombre al ujier como "Midshipman Molaina". Lo anunció. Tropezó, aterrizó de guata frente al dueño de casa. Al reincorporarse lo hizo tendiéndole la mano desde el suelo. A nadie le pareció un hecho fortuito, votábamos por la premeditación. Era su tipo de bromas.

Gran cantidad de rusos uniformados invitados a la recepción, se llevaban bien con nuestro representante diplomático. Nos autorizaron para permanecer en Londres hasta el día siguiente. El problema era donde alojar; gran parte de los hoteles los habían arrendado los norteamericanos para su personal. En esos años los oficiales salíamos de la Escuela Naval con un inglés muy rudimentario. El "Piñón Scott" no era mucho lo que nos enseñaba. Estábamos en un grupo. Conversábamos con unas jóvenes de nuestra edad. Un Subteniente trataba de explicarles, lo anterior. No le entendíamos ni nosotros. Su última frase fue: "Do you know where we can sleep to night?" Respuesta: To night? Imposible. I'm on duty at the hospital" ¡¡Mala Suerte!! ¡¡Dios bendiga la inocencia!!

Rumbo al puerto libre de Hamburgo. Estaba controlado, por sectores, por las fuerzas inglesas, norteamericanas y francesas. De libre, poco. Había sido blanco del bombardeo aéreo más cruento de la
historia. En tres noches la Real Fuerza Aérea Británica, según contaba en un libro el General Harris, Jefe de la Operación, fueron lanzadas 7.200 toneladas de bombas por 2.333 aviones, destruyendo
2.480 hectáreas de ciudad. 74 por ciento de los principales barrios. Una hectárea es aproximadamente una manzana, en promedio, 12 bombas de 250 kilos por manzana.

Aunque poco tiene que ver con este relato, vale la pena leer lo que escribió días después la autoridad militar de Hamburgo dando cuenta a su Alto Mando:
"El lanzamiento alternativo de bombas de gran potencia explosiva y de bombas incendiarias, hacía imposible luchar contra el fuego. Los múltiples focos de incendio se fusionaban rápidamente, y esta
conjunción no tardó en provocar un verdadero huracán de fuego. Era la consecuencia de una ley de física: al reunirse los focos de incendio, el aire se calienta tanto que, a causa de la disminución de su densidad, ejerce una especie de succión del aire circundante hacia el centro. A consecuencia de esta succión, combinada con la enorme diferencia de temperatura del aire ambiente (de 600 a 1000 grados centígrados), se provocaron verdaderos tornados, cuya violencia no tenía equivalente con las más fuertes perturbaciones atmosféricas ... Era un tifón de fuego como jamás se había producido otro igual, y cualquier intento de oponerse a él, una verdadera locura ..."

Bajamos a tierra. Todos de uniforme. Pasamos varias barreras de soldados que nos interrogaron. Especialmente sobre cuantos paquetes de cigarrillos llevábamos. El cigarrillo americano fue la única moneda que se nos autorizó oficialmente. Tres cajetillas por bajada. Tenían un poder de compra extraordinario. Caminamos. Por instinto nos dirigimos a alguna parte de los escombros. Recuerdo haber pasado cerca de una pequeña iglesia, cuyo campanario cuadrado colgaba con su cruz apuntando al suelo. Había gente en las calles. Alguien de los nuestros conoció a alguien. Fue la partida.  

Todos conocimos a muchos y nos armamos de gran cantidad de información. ¡Todo se podía obtener con cigarrillos americanos! Supimos de la gente. De los miedos, horrores, privaciones, hambre. Con el régimen parece que eran muy pocos los que estaban. Diría que en ese momento nadie.  Los pocos edificios que sobrevivieron a las bombas estaban  atestados de gente, gran parte de los hamburgueses habían emigrado a ciudades pequeñas o al campo. Pero ya empezaban a pujar hacia arriba. Son esforzados, sacrificados y trabajadores por naturaleza.

En la noche la ciudad cambiaba. En los subterráneos bajo los escombros habían restaurantes, bares, salas de baile y ...etc. ... Había de todo para comer y beber. Una pareja podía cenar, incluidas
las bebidas, por unos siete u ocho cigarrillos. Calculo que el cambio era alrededor de unos US$ 15 de hoy por un cigarrillo. Fuimos a comer. El subterráneo era bonito, con buenos muebles, vajilla y cristalería. No habían civiles (o casi). La mayoría eran parejas, uniformados y hermosas jóvenes. La cuenta la pasaban en cigarrillos. Los habitués, léase fuerzas armadas norteamericanas en su mayoría, sacaban sus cigarreras de plata, la abrían y presentaban a la camarera que retiraba los cigarrillos correspondientes: el generoso cliente, le pedía que tomara uno más como propina.

Supimos de un lugar que llamaban BBC, no por las transmisoras sino como sigla de "Black Business Corporation". Era un parque. Ofrecían desde condecoraciones del pasado régimen hasta automóviles. Una Cruz de Hierro, menos de un paquete. Una motocicleta, entre diez y veinte cartones. Enorme surtido de cámaras fotográficas, binoculares, armas, yataganes, joyas y quizás cuantas cosas más, además de todo tipo de licores y alimentos enlatados. Existía un "Marco de Ocupación", pero por alguna razón la autoridad militar prefirió dejarnos los cigarrillos como moneda.

Escuchamos muchas historias durante nuestra estadía en Hamburgo. Hace tanto tiempo de esto, estuvimos alrededor de diez días. Eran las conversaciones obligadas de las cámaras y de las horas de guardia. Darían para llenar muchas páginas, corriendo el riesgo de perder el hilo de lo que fue el viaje mismo. Sin embargo ...

El Subteniente M. compró un "Escarabajo VW" por un cajón de Lucky Strike. No sé como pensaba llegar a circular en Chile con él. La autoridad Militar no lo dejaría ni entrar al puerto. A bordo? Ni soñar con embarcado y en la Aduana en Valparaíso les daría ataque de risa con la humorada. Ni factura, ni identificación del dueño anterior ni nada. No creo que mi Subteniente M. haya pensado en toda la "burocracia" ni tampoco haya sido asunto que lo preocupara. Lo importante era que había comprado su auto, algo que nunca había imaginado hacer.

En esos años a nadie le preocupaba un auto. Ninguna de nuestras amistades lo tenía. Eran cosas de personas mayores. Recuerdo que en mis años de Escuela Naval sólo una vez apareció un cadete que tenía su auto, Alfredo Yarur. Todos mirábamos el vehículo con una admiración difícil de describir, mayor que la que nos podía causar el cometa Halley. El Subteniente M. pasó a la fama, la admiración de sus pares, Guardiamarinas y de muchos más. Aumentaba nuestro respeto por el hecho de que apareciera a bordo con su novia alemana, una diosa rubia, ¡De Hollywood! ¡De película!
Cuando se acercaba el día del zarpe todos estábamos preocupados. ¿Qué haría para embarcarlo? ¿Cómo lo pondría en cubierta? No veíamos otra parte donde pudiera llevarlo. El dueño reía benévolamente ante nuestras preguntas y sugerencias. Llegó el día D del VW.

El Subteniente M. tenía visita. No se qué le envidiábamos más, si la diosa o el escarabajo. Despedida. Todos curiosos mirando la pareja. Un abrazo y un beso. Nada exagerado. El Subteniente le pasó algo a la belleza rubia. Ella lo miró con sorpresa. Algo hablaban. Se sacó su pequeño reloj y se lo entregó. No quería recibírselo. Discutían suavemente. Un beso ligero. Ella se alejó un poco del buque, él saltó a la escala y corrió a bordo. Lo mirábamos con los ojos redondos, interrogantes. Se lo regalé, dijo con voz apenas perceptible y desapareció de la cubierta.

¡Nunca un Subteniente ha empleado mejor ciento seis dólares! Era lo que costaba una caja de cigarrillos en el PX de Coco Solo, en Panamá.

Dos Guardiamarinas conocieron a unas hermanitas de su edad.  Rubiecitas, preciosas. De verlas quedaron prendados. También nació simultáneamente, la amistad entre ellos. Eran compañeros de promoción, pero no amigos. Me refiero a que eran de distintos grupos. Uno vivía en Viña del Mar y el otro tenía su apoderado en Playa Ancha. Sólo departían en la Escuela. Sus bajadas a tierra los llevaban por distintos rumbos. Mientras estuvieron en Hamburgo, dedicaron todo su tiempo disponible a las hermanitas. Les regalaron chocolates, leche condensada, café y otros comestibles que podían adquirir en el buque y que en Alemania eran oro. Desconocidos y casi inaccesibles para personas como las hermanitas y sus distinguidos padres, que ni siquiera deben haber oído hablar de la BBC.

Un día sábado nuestros dos guardiamarinas invitaron a almorzar a bordo a la familia. Antes de desembarcar le regalaron una botella de vino chileno al padre y un paquete con alimentos a la esposa. Lloraba. Decía que nunca había conocido personas tan buenas y desinteresadas. Bajó el grupo a tierra, fueron a dejarlos hasta su casa. Conversaban con las alemancitas. La madre se les acercó nerviosa. Les agradeció mil veces sus atenciones. No recordaba un día como ese, hacía años que no pasaban unas horas de alegría tan despreocupada. Lo que les habían regalado era una bendición de Dios. Lloraba junto con sus hijas. A los Guardiamarinas les faltaba poco. Les invitó a que se quedaran hasta el domingo. Todos sabían de qué estaban hablando. Lloraron todos. Los Guardiamarinas no aceptaron, diciendo que debían regresar al buque. Hicieron el camino de regreso casi sin cruzar palabra. La historia llegó a la cámara de oficiales. La contaba emocionado un oficial. Hubieron lagrimones, los corazones recubiertos de sal se quebraban ante lo tierno, sobretodo los que eran padres. Chepita lloraba a mares. Le daban agua para calmarla.

Después de varios días llegaron los casi 700 repatriados. El Subteniente Seemann se multiplicaba dando instrucciones, pidiendo datos, haciendo de intérprete y mil cosas más. Recordemos que era la persona encargada del pasaje, además de su labor de intérprete. Los repatriados hacía 15 días que vivían en unos carros de ferrocarril. Normalmente era un viaje de horas. Los trenes militares tenían prioridad. Eran dejados en desvíos, sin agua ni alimentos. Sus condiciones de salud eran muy malas. Nuestro médico después de informarse (con la ayuda de Seemann) decretó que por el tiempo de ayuno de la mayoría, debía alimentárseles en forma progresiva.

Esa noche comieron arroz con huevo, un postre liviano y té. Enviaron una carta al Comandante Trudget agradeciéndole la comida. Muchos niños no conocían los huevos. En la primera noche murió una niñita. Pensábamos que era de meses. Tenía 4 años. Inanición. Desnutrida. Fue sepultada en altamar. Patético. Ninguno había presenciado una ceremonia tan macabra. El segundo día murió una señora de edad. También fue a dar al mar. Temíamos otras defunciones. Felizmente no hubo más.

Salimos al Atlántico. En el regreso no habría recaladas. Directo a Valparaíso. Todo se organizó a bordo. El sistema funcionaba. Todos bien alimentados. Cada uno con su litera. No era un transatlántico de lujo, pero... El gran problema. Los matrimonios iban separados. Descontentos. Encontraban todo malo. Incluso la comida. ¡Era poco variada! Estaba lejos la carta de agradecimiento por el arroz con huevos.

Varias veces al día se escuchaba la voz del Subteniente Seemann por los altavoces: ¡Poner atención los pasajeros! Traducción: ¡Achtung, Achtung. Alle Passagiere! Reclamos al Capitán Villamar. Seemann de intérprete moderador. Pedían más comodidad. Camarotes. Todos sabían que faltaba. Hablaban, sin llegar a proponerlo ¡menos mal!, de que se les asignara un camarote durante el día. Navegábamos al Sur. ¡La temperatura subía en todas partes! Ibamos acercándonos al trópico. Las pasajeras empezaron a alivianar sus vestiduras. Villamar ordenó, prohibió que las damas usaran shorts, bikinis y prendas similares.

Seemann: ¡Poner atención los pasajeros! Bla...bla...bla... ¡Achtung, Achtung alle passagiere! Bla...bla...bla...

Marido de monumento rubio, de casi dos metros de altura, cubierta con dos escasas prendas blancas (decían los tripulantes que las había fabricado con una servilleta. Que había un metro de distancia entre la parte alta y la baja), pidió hablar con el segundo Comandante. Marido (en alemán): No veo ninguna razón para que a mi señora, que tiene bonito cuerpo y que es agradable de ver, le prohíban usar traje de baño.

Seemann (en español): Dice que su señora no resiste el calor de a bordo. Que le permita andar en traje de baño. Villamar (en chileno): ¡¡Que se vaya a la m..., que ande en pelotas si quiere!!

Seemann (en alemán): Dice el Capitán que está autorizada. De ahí en adelante el Capitán Villamar evitó a los pasajeros. Su relación con ellos era la justa y necesaria. Los pasajeros eran problema de Seemann, que ahora se batía con ellos a puros ¡Achtung, Achtung! Ya no había versión en español.

Entre los cucalones estaba Tobías Barros (falleció hace pocos meses) hijo del Coronel don Tobías Barros Ortiz, último Embajador chileno ante el III Reich. Tenía la misión oficial de ver qué quedaba de nuestra sede diplomática. Parece que había objetos de valor artístico y documentación importante. Los aliados no le permitieron ir a Berlín, no había cómo ir y regresar en forma segura.

Un  matrimonio anciano, le encomendó averiguar si podían repatriar los restos de su único hijo, se había enrolado en el ejército alemán y muerto cerca de Hamburgo, donde estaba enterrado. Los bombardeos no habían respetado el cementerio. Era sólo escombros. Nada podía hacerse.

Una noche, después de entregar la guardia de 20 a 24 horas, al pasar por la cámara de oficiales, encontré al buen Toby arrodillado en el suelo, frente a un pliego grande de papel, donde había vaciado
los grandes ceniceros de pedestal de la cámara, separando las colillas y fósforos de la ceniza. Se sobresaltó al verme. ¿Qué haces?, le pregunté. Nada. ¡Cómo que nada! Nada, repitió. No entendía qué diantres hacía. ¿Para qué quería la ceniza? ¡Eureka! ¿El muertito? le pregunté. ¡No! me contestó con terror.No le hice caso. En la sala de máquinas tengo ladrillos, arena, cemento, refractarios y otras cosas que te pueden servir, le ofrecí. Fui cómplice. Se fabricó un resto de cementerio. Algo es algo. Era una mentira piadosa. Entregó los escombros a la pareja de ancianos. Felices.

Llegamos al Caribe. Horror. El buque no tenía aire acondicionado. Armamos una piscina de lona. ¡Todas se bañaban! Improvisaron mallas de baño con lo que tenían. Desde entonces todos los caminos del buque pasaban por la piscina. Finalmente recalamos a "Pancho". Bajaron los repatriados. Volvió al buque la calma, la normalidad.

Días después una voz por los parlantes, (no era la de Tito Seemann) ¡Achtung, Achtung! ¡Cabo Muñoz pase a la bodega dos!.

El Errázuriz en Valparaiso

 

 

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