Historia y Arqueología Marítima

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Anecdotas y Tradiciones Navales

PASAJEROS V.I.P.

Fuente:BCN 758. Autor Vicealmirante Juan B. Basso

El transporte ARA Patagonia era uno de los tantos portentos de sobrevida de la Armada Argentina. Construido en el Imperio Austro-Húngaro tuvo una prolongada v variada actividad como crucero de la Escuadra. Entre otras cosas había tenido la osadía de bombardear la Casa de Gobierno durante la Revolución del 90. Después de tres decadas fue radiado de su condición guerrera y transformado en transporte, no sin antes haberle hecho algunos trasplantes de órganos. Tenía la máquina de uno de los tantos buques que se llamaron La Argentina y una caldera del viejo crucero 25 de Mayo.

Cuando pasó a la nueva vida salió navegando con quemadores de petróleo, pero no quemaba "fuel-oil", que ya empezaba a usarse, sino petróleo crudo. Esto no sólo lo hacía antieconómico sino que en el mar, a la distancia, parecía el Etna y cuando atracaba en el Riachuelo cambiaba el clima de la Boca.

La noche en que empieza esta historia estaba atracado en la zona reservada de la Dársena Norte y con el movimiento que se notaba a bordo v en el muelle vecino, era fácil presumir que estaba por ocurrir algo anormal.

Al filo de la media noche llegaron los camiones celulares y una larga fila de hombres vestidos de gris, comenzó a deslizarse desde los vehiculos hasta la bodega de popa, al lúgubre compás de los grillos remachados a sus tobillos.

Por el ruido y por su aspecto, algun espíritu imaginativo pudo suponer que una gigantesca serpíente cascabel se estaba introduciendo en la nave.

El transporte apenas si tenía algunos alojamientos para los sacrificados pasajeros que se animaban a viajar en él. Ciento diez "turistas obligados" sobrepasaban largamente las comodidades que podía ofrecer el ex crucero de guerra. El único lugar que podía recibirlos era la bodega, a la que se bajaba por una larga escala de tojinos (Escala do hierro o de madera afirmada en toda su longitud a la estructura del buque).

 Algo parecido ocurría con los servicios sanitarios por lo que fue necesario construir una casilla de madera, que puesta sobre dos gruesos tirantes, sobresalía de la popa. La construcción hacía recordar la cámara del almirante de las antiguas carabelas, aunque con muy distintas funciones.

Una decena de guardiacárceles ejercía la vigilancia, mantenía el orden y preparaba la comida en una cocina por supuesto improvisada.

Antes del medio día el transporte dejó Dársena Norte para dirigirse a Río Santiago, donde debía completar su famoso petróleo crudo. Ya anochecido estábamos de nuevo en el Río de la Plata, iniciando el viaje a Ushuaia, cuando se produjo la alarma: "Los presos se han quitado los grillos", gritó un guardiacárcel. Con gran revuelo nos levantamos de la mesa donde estaba servida la cena y tras recoger el revólver en el camarote salimos a cubierta.

Nunca supimos bien como se habían ingeniado para quebrar la barra de los grillos y cuatro o cinco que se habían negado lucían las señales de una solidaridad obligatoria.

La actitud de estos pasajeros, cuyos prontuarios, que viajaban con ellos, producían escalofríos, no auguraban un viaje tranquilo. Iluminados por una gran pantalla de luces colocada en la boca de la bodega, aún recordamos a nuestro comandante con su revólver asomando peligrosamente del bolsillo del saco naval, conversando con el que parecía cabecilla y el encargado de los guardiacárceles.

Se llegó a un -acuerdo: los presos se portarían juiciosamente, se retirarían todos los grillos, que en poder de ellos podían ser un arma peligrosa y saldrían a cubierta por grupos, para satisfacer sus necesidades y tomar aire fresco que no fuera el que les mandaba el manguerote que ventilaba la bodega. Se les advirtió que, ante cualquier desorden, el guardiacárcel de servicio abriría la válvula de vapor de la tubería que descargaba cerca del fondo de la bodega. De paso se solucionó un problema que no hubiera tenido salida: el subir por la escala de tojinos con los grillos colocados necesitaba de la habilidad de un acróbata consumado.

Los presos cumplieron su palabra y no dieron trabajo durante todo el viaje. Este se realizó fuera de la vista de costa hasta llegar al Estrecho de Le Maire y gracias a Dios tuvimos un tiempo-magnífico. No queremos pensar como habría sido la vida en la bodega con temporal y la tapa de la misma colocada. Supera nuestra imaginación la suerte que hubiera corrido el retrete instalado en la popa.

A nuestro Comandante le habían caído en gracia. El cabecilla, vocero o como quiera llamársele, lo entrevistaba con frecuencia para decirle algo así como: "Comandante, déjenos salir a cubierta por más tiempo, son buenos muchachos yo respondo", (sic) El comandante, que a la sazón era el capitán de corbeta José A. Oca Balda -en ese tiempo se decía teniente de navio- no sólo atendía el pedido sino que les mandaba cantidad de cigarillos.

Cuando llegamos a destino y las chatas del buque, a remolque de la lancha de motor, llevaban nuestros pasajeros al muelle del penal, de esos hombres, cuyas posibilidades de volver a la civilización eran remotas, partió un grito que los picos nevados repitieron: "Viva el Patagonia".

(2) No podemos nombrar al capitán Oca Balda y dejarlo como un hábil comandante de transporte y un bondadoso distribuidor de cigarrillos. Aprovechamos para soplar el polvo del bronce de su lejano recuerdo, recuerdo que siempre estará presente en los que tuvimos el honor de servir a sus órdenes, pero que el implacable esfumino del tiempo irá borrando en aquéllos que sólo lo conocieron de nombre. Su muerte prematura tronchó esta inteligencia privilegiada que era toda una promesa. La historia no levanta estatuas a las promesas pese a lo cual, en este caso, muchos de sus méritos quedaron registrados.

Para tener una idea de lo realizado por este ser descollante, habría que transcribir el opúsculo que publicaron a su memoria "sus compañeros de promoción, camaradas y amigos de la Armada, de la Escuela de Estudios Argentinos y del Centro Argentino de Inventores". Nos limitaremos a decir que en él queda demostrada su flexibilidad intelectual, que lo llevó a abarcar todos los temas dé la profesión, desde Orgánica y Política Naval hasta el estudio de la "personalidad" de los cronómetros; desde elevados estudios estratégicos a los programas de enseñanza de conscriptos apuntadores. Fuera de los temas navales abarcó Economía, Petróleo, Mareas, Derecho Internacional y hasta Teatro Lírico. De este último tema no podía estar ausente quien acostumbraba a escuchar la música wagneriana desde las últimas escalinatas del Teatro Colón, como hacen los conocedores que no quieren desvirtuar, con la visión de la escena, la excelsítud de los acordes de la orquesta.

Oca Balda no se quedó flotando en el campo ideal de los estudios teóricos y descendió al terreno de las realizaciones practicas concretando numerosos y variados inventos, unos patentados y otros nó, pero de una diversidad asombrosa. Su desaparición privó a la Armada de un brillante almirante cuyo nombre estaria estampado en alguna de nuestras unidades a flote o en el frente de un establecimiento terrestre.

La anécdota tiene un complemento pertinente. En el viaje de vuelta traíamos una media docena de presos cumplidos. El comandante les hizo saber que ellos eran ciudadanos libres y que había recibido el pedido de llevarlos a Buenos Aires, no obstante lo cual podían desembarcar en cualquiera de los puertos que tocara el buque.

No se hicieron esperar, en el primer puerto se largaron a tierra. No había pasado una hora cuando el jefe de policía local llegó a bordo muy preocupado: "Señor comandante, por favor, no me deje esta gente en tierra". -"Pero si son libres, argumentaba Oca Balda". -''Es que no ^^tengo personal para cuidarlos, decía el policía".

 Lo mismo ocurrió en las escalas siguientes, al poco tiempo los ex presos volvían a bordo acompañados por alguna autoridad. Cabizbajos,

parecían palomas cansadas que el perro guardián no dejaba asentar en ninguna parte.

 Así terminó el viaje y nos preparábamos para atracar en Dársena Sud. En tierra era visible el grupito de policías vestidos de civil que venía a hacerse cargo de estos hombres para practicar el llamado "mangiamiento". Se trataba de pasearlos por las distintas comisarías para que el personal de las mismas se familiarizara con sus fisonomías. Desde el punto de vista práctico el procedimiento podría tener alguna justificación, no así desde el punto de vista de quien ha pagado su deuda con la sociedad, para el cual el procedimiento era humillante e injusto.

Pero el capitán Oca Balda era un ser muy humano y un demócrata sincero. Cuando los policías cruzaron la planchada y subieron a bordo por popa, los liberados desembarcaron por un tablón que había ordenado colocar en la proa y se perdieron en el tráfago de la gran ciudad. Estamos seguros que Oca Balda habrá sentido malograr la misión de los policías que, al fin y al cabo, cumplían con su deber, pero en su espíritu había privado el indiscutible derecho del ciudadano.

La anécdota que encierra este relato muestra una de las tantas faenas asignadas a los Transportes Navales, especializados en entrar en las escondidas caletas de nuestro Sur, donde no hacían escala las compañías particulares, para retirar la lana de la última esquila, desembarcar en la arena un pesado camión, unas bolsas de harina para el esforzado poblador o enviar el médico del buque, en medio de la noche y de las rompientes para atender un parto o a la pequeñita que ardía de fiebre por una angina.  Ahora en tiempos más recientes, todos sabemos que en la Guerra del Atlántico Sur, varias de estas unidades han dejado sus cascos hundidos por las bombas, como un monumento a la heroicidad de sus tripulantes.

 

 

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