Historia y Arqueología Marítima

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Anecdotas y Tradiciones Navales

Historias Caninas

Provista por: Marcelo A. Albornoz  Fecha: 29/06/2007

 Si ELMA S.A. en vez de ser una Naviera se hubiera tratado de una Aerolínea de las actuales, sin duda "ella" tendría su "Pasaporte de Viajero Frecuente" o, como podría haberla bautizado Don Rodolfo Vega (Jefe de Relaciones Públicas), su "ELMA PASS"...

Lamentablemente no recuerdo su nombre, aunque hoy dudo de que mi padre siquiera me lo hubiera mencionado.

La Señora -representante de la Alta Alcurnia Porteña- llevaba consigo sus setenta y pico a cuestas, algo de miedo a volar y muchas veleidades propias de su prosapia cuyo ejercicio a fondo precisaba de algo más de tiempo que las quince horas de un vuelo "Non Stop" a París.

Corrían los primeros años de la década de 1970 y no eran precisamente épocas de Cruceros haciendo fila para amarrar por algunas horas en una coqueta terminal.

Pero estaba ELMA y sus hermosos buques "mixtos", como el "Río Carcarañá"... 

Se decía que llegaba al entonces sucio Puerto de Buenos Aires al mediodía, en medio de un ambiente que hedía a pellets de afrecho y una nube constante de partículas de harina, maíz y varios etcéteras más que se cargaban por entonces a granel y raramente embolsados.

Pero con ello evitaba la maratón de ratas que invadía las calles no bien el sol comenzaba a ponerse y eso sí que era un punto a favor.

Confieso que debo luchar contra la tentación de imaginármela como al pie del Titanic en la película homónima, pletórica de bártulos a embarcar aunque sin el glamour de los puertos europeos ni un enjambre de solícitos changarines vestidos de librea, apenas si un par de fornidos marineros con sus ropas de trabajo... 

Pero no venía sola.  Con ella llegaba el "Belo".

Representante canino "de estirpe" y raza cocker spaniel, tenía el privilegio de subir la planchada siempre en brazos de alguien.

Y los privilegios del can en cuestión continuaban y aún recrudecían a medida que avanzaban las singladuras.

En un viaje de tantos meses como los que realizaban por entonces los navíos, con múltiples escalas intermedias que no se contaban en horas sino en días, el "Belo" comenzaba con su innato e inconsciente carisma perruno a recrear en unos la imagen del hogar, de la familia, de su propia mascota...

Aunque promediando la travesía quedaban indefectiblemente armados dos Bandos encontrados, a saber: 

1)  Los "pro Belo":  Humanitarios seres capaces de hurtar comida de la despensa o coaccionar al cocinero de abordo en pos de lograr un jugoso bife para el pichicho a cambio de un par de lamidas y jueguitos y... 

2) Los "otros":  Esos energúmenos faltos de corazón que sólo decían y maldecían a perro y protectores al encontrar humores y desechos caninos de todo tipo y en lugares inapropiados. 

Los "otros" trataban de mantener a raya a los "pro Belo", designando lugares específicos para sus paseos, pero todo solía terminar con la intervención del Capitán, el Jefe de Cubierta o el Comisario cuando parecía que el perro iba ganándole Autoridad al "Master".

Lo cierto es que, salvo en casos de inclemencia climática, nunca el "Belo" fue confinado a la prisión de una jaula para mascotas...

Y al llegar a destino (solía desembarcar en Le Havre), el "Belo" acusaba algún kilo demás producto de todo lo que la imaginación pueda poner en la panza de un perro de la mano de una entusiasta Marinería y Oficialidad. 

No sé si el perro llegaría más sano que cuando embarcó, pero Feliz... ¡SÍ QUE LLEGABA FELIZ!!!...

Y tanto en el viaje de subida cuanto en el de bajada -ya que la Señora pasaba en cada Hemisferio sólo los veranos y primaveras, ¿vió?- siempre se las arreglaba para embarcar en el "Río Carcarañá". 

Nunca nadie lo reconoció abiertamente, pero el grupo de "Los Otros" también dejaba escapar algún lagrimón cuando el "Belo" bajaba por la planchada, mirándolos con sus almibarados ojos marrones, tan caninos... 

Marcelo Abelardo Albornoz.

29/06/07

 

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