Historia y Arqueología Marítima

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Anecdotas y Tradiciones Navales

EL "SOL" DESARBOLADO

Provista por: Miguel Angel Beltran Soengas, Italia, Mayo del 2009

En enero de 1978 estábamos cruzando el mar Iónico con  Marcelo Biasotti y su esposa Leonor a bordo del cuter Sol de su propiedad. Habíamos zarpado de Riposto, un puerto de Sicilia con destino a Alejandría, en Egipto. Cuando estábamos al centro del mar Iónico desarbolamos en medio de un muy fuerte "Scirocco" (sureste) invernal. Después de tres días, derivando con el mástil a remolque, como ancla flotante, nos cruzamos con un petrolero ruso que viendo nuestra cubierta con un enjambre de jarcias enredadas, candeleros doblados y sin palo se nos abarloò (no se si escribe así) a barlovento con gran pericia y gran miedo de nuestra parte ya que el mar era muy fuerte, el buque, cabeceando  sumergía completamente la proa debajo de las olas. Nos ofrecieron auxilio a lo cual respondimos  que no lo necesitábamos y que se alejaran porque un simple roce con ellos nos mandaría a fondo. Imposible hacer algo mas si no a riesgo del barco y de nuestra incolunidad. Comunicábamos con nuestro magnifico megáfono de bronce (no teníamos radio).

Al día siguiente, con gran dificultad, mojados y muertos de frío debido al fuerte mar de fondo, logramos recuperar el palo con la idea de construir un aparejo de fortuna con él. Luego, avistamos un pequeño carguero chipriota, al que señalamos con el espejo de la tolete, con la intención de pedirle fósforos ya que habíamos tenido una avería a la lumbrera durante el mal tiempo que nos había llenado el barco de agua mojando los colchones de la camareta, nosotros y los fósforos. Les recuerdo que enero en el hemisferio meridional es pleno invierno, el frió era intenso como solo lo es en el mar cuando se esta  mojados, hacíamos guardias de tres horas, en tres personas, con la lumbrera que hacia agua en continuación. En los relevos, la ceremonia era, con quien se venia relevado: levantarse, tomar la frazada de una punta, el otro de la punta opuesta, retorcerla para secarla lo mas posible.

A quien le tocaba la guardia, fuerza y coraje, pero el que entraba en la mojada cucheta era acogido de un húmedo calor, maravilloso que hacia la ilusión de encontrarse en el útero materno. La situación a nuestro juicio no era critica y por tal motivo no teníamos intención de pedir SOS, pero con solo un frasquito, de aquellos de las películas fotográficas, con fósforos de emergencia, con dentro un trozo de papel de lija para encenderlos, nos alcanzaban apenas para prender la cocina unas cinco o seis veces, siempre y cuando el extramaldito quemador a gas de kerosén no se metiera a hacer caprichos. Fumábamos solo cuando la cocina estaba prendida. No se si el temor era morir de hambre, pero solo pensar que no podríamos fumar nos aterrorizaba. Necesitábamos esa ayuda.

Al final cuando el Pal, así se llamaba el pequeño carguero, estuvo a portada de voz, le pedimos los famosos fósforos y también que comunicara al servicio de la radio costera, para que irradiaran en los “avisos a los navegantes” un mensaje para que hicieran atención en nuestra área ya que nosotros estábamos sin gobierno, con gran riesgo de ser abordados, sobre todo de noche, ya que el barco siendo de madera daba un eco radar muy débil. Haciendo preciosa la experiencia con el petrolero, botamos el chinchorro (el mar ya no rompía) para abordarlo y recoger una gran bolsa, que entretanto, el Capitán había preparado para nosotros. Después nos despedimos de ese Capitán, que angustiado por nuestra situación, no nos quería abandonar.

El Pal viró, y mientras su estela se perdía en el horizonte abrimos la enorme y misteriosa bolsa. Su contenido nos hizo caer una lagrima de gratitud y admiración. Contenía: Tres o cuatro bengalas de señales rojos, un tarro fumígeno de señalación, un bidón de agua, dos quilos de manzanas, un cubo de “feta”, que es un típico queso griego, dos quilos de aceitunas de Kalamata (una delicia para mi), una botella de Jhonny Walker etiqueta negra, un cartón de Marlboro y.... una confección conteniente una gruesa de cajitas de fósforos.  No olvidaré nunca la preocupación de ese Marino por un hermano en dificultad.

El sol ya se estaba poniendo cuando, muertos de cansancio, cenábamos con alegría porque el palo ya estaba a bordo y bien rizado en cubierta. A un cierto momento vimos, primero, la silueta de un gran barcos de guerra que se agrandaba y se agrandaba rápidamente, después, un par de bigotes que decían “avante toda”, después aun y mientras le nave perdía la estropada, un enorme lanchón, grande como nuestro barco que nos venía al encuentro, tripulado por un grupo de quince o veinte “marines” que con un verdadero megáfono a pilas nos dijo, en un ingles norteamericano de acento indefinible y poco comprensible, que ellos eran de la fragata atómica norteamericana “California” y, con amigable firmeza, que juntáramos nuestras pertenencias, nuestros documentos y que ¡abandonáramos el barco!. Les respondimos, amigablemente, que no teníamos ninguna intención de abandonar el barco, estuvimos tentados de decirles que ya teníamos fósforos, en vez les dimos las gracias.

Al principio se quedaron un poco consternados, después nos dijeron que un barco llamado Pal los había informado que estábamos a la deriva y que necesitábamos ayuda, enseguida después nos preguntaron si podían hacer algo por nosotros. Meditamos un momento y, “ventajitas criollos” les respondimos que si nos podían remolcar hacia un puerto italiano nos hubiera ayudado mucho. ¡era verdad que nos ayudaba!. Respuesta: -Llamo al capitán y le pregunto si es posible, en tanto esperamos, díganme si necesitan otras cosas- nuestra respuesta de cruceristas pobres fue, pensado a la riqueza Norteamérica: -¡Si, una radio, linternas, balsa salvavidas, y otra lista infinita de cosas que faltaban en el barco! –OK stan by-. Pasaron unos pocos minutos y desde la lancha norteamericana nos respondieron, siempre con el megáfono: -OK el capitán acepta de remolcarlos a un puerto italiano con la condición que ustedes vengan a bordo de la fragata, respondemos: - Si aceptamos, a condición que el remolque no sea a mas de siete nudos, y que el barco este seguro. Nos responden con otro Stan by. Al cabo de algunos instantes nos dan una respuesta afirmativa.

Una vez terminados todas estas comunicaciones la lancha norteamericana vuelve a nuestra borda. Uno de los ocupante nos pide permiso de subir a bordo y a nuestra respuesta afirmativa se presenta diciendo que es el “mate”, es decir, el primer oficial de la nave y se ofrece a ayudarnos en los preparativos del remolque, en tanto que la lancha se va a buscar el cabo que nos remolcará. Bueno, este señor oficial del cual lamentablemente no recuerdo el nombre, con simpatía y eficacia profesional nos ayuda a afirmar el timón al centro, y a otros detalles que deberán asegurar un remolque en seguridad. Terminados estos preparativos y trayendo el cabo de remolque a bordo, lo afirmamos, y nos invitan a subir a bordo del “chinchorro” de la fragata. A partir de aquí suceden una serie situaciones cómicas, que por una cuestión de brevedad no les cuento.

Una vez a bordo del California nos levan, escoltados de la Policía Militar, a la enfermería donde nos hacen un control de nuestra salud, después, a un camarote en la cual puerta en una placa se lee: “Almirante de flota”. Entrando vemos que se trata de un camarote, a nuestros ojos, especial. Un salón, con amplio diván, una pequeña cabina con baño y ¡ducha!. Nos ambientamos como podemos, discutimos egoisticamente el turno ducha y cuando, limpios, perfumados y ¡secos!  se presenta el “First Mate” a decirnos si aceptábamos cenar con el Capitán.

Nosotros la cena ya la habíamos bien consumado pero, por elemental educación (y gula) no nos tiramos atrás. Al cabo de algunos momentos un policía nos conduce al camarote del Capitán, entramos, se hacen las presentaciones de rigor: Oficial de la aeronáutica en visita a la nave, Profesor de literatura inglesa de bordo, Oficial de no me acuerdo que.  Después de la oración de gracias que ofició el capitán Willian Rent en su mesa, alegremente, bromeando, contamos nuestra aventura a partir del petrolero ruso. La guerra fría estaba en pleno auge y a Rent no le gustó que los rusos nos vieran primero por lo cual para consolarlo le sugerimos de pintar una boca con dientes de tiburón en la proa para hacerles miedo a los rusos.

 Después, con retórica toda militar nos dice: -Solo el vuestro coraje es superior a vuestro humor, no podía dejar en dejar en dificultad a quien no ha querido abandonar su nave- Seguidamente nos regala encendedores gravados con escudo de la fragata y nos dice: - ¡Para que en el futuro no tengan mas problemas!- Naturalmente a esto siguió una serie de sentidas carcajadas y bromas llenas de afecto y de gratitud entre hermanos del mar. El California, recibió una felicitación del Pentágono por este hecho. Supimos que la flota italiana lo esperaba para una ejercitación en el Mediterráneo.

Supimos también que el Sol, nuestro barco, lo perdieron dos veces durante la noche a causa de la rotura del remolque que se rompía  fregando contra el pasacabos  cada vez que el velero guiñaba. habíamos trincado el timón a la vía pero como el palo lo hacia escorar un poquito a estribor perdía el rumbo zigzagueando en continuación por este motivo también se rompió el botalón.

La aventura siguió con otra serie de anécdotas divertidas y curiosas. Nosotros continuamos nuestro rumbo con un tronco como mástil, sin botalón, roto en el remolque, y por ende, sin foque, trinquetilla, tres manos de rizos porque el tronco era corto, por una cuestión de seguridad, sin motor ganamos el puerto de Napoli, maravillosa ciudad de maravillosos ciudadanos.

Marinos mercantes, marinos pescadores, marinos fluviales, marinos de puerto, marinos de deporte, ¡Marinos! ¡somos una gran Familia!

 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  Martínez - Argentina

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