Historia y Arqueología Marítima

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EL BUZO RODRIGUEZ

Por el Capitán de Navio Ingeniero JORGE NORBERTO VILACLARA - Publicado en el Boletin del Centro Naval Nº 741-Oct-Dic 1984

Puerto Belgrano, 1940

A lo largo de su primer año de vigencia, la Segunda Guerra Mundial había adquirido una virulencia insospechada. La dramática retirada de Dunkerque, la caída de Francia, los intensos bombardeos a ciudades británicas y la acción submarina alemana dejaron perplejos a muchos países que como el nuestro, ya pesar de haber declarado su neutralidad, podían enfrentar dificultades por la extensión de sus litorales marítimos.

Como los ataques submarinos a buques neutrales, a sabiendas o por error, habían demostrado que las mencionadas declaraciones no constituían un salvoconducto para asegurar paz y sosiego, muchos de estos países comenzaron a tomar medidas precautorias de defensa, tales como oscurecimiento en centros poblados, proyectos de refugios antiaéreos, vigilancia costera, etc.

Nuestro país no podía permanecer indiferente ante estos aprestos y la Base Naval de Puerto Belgrano y su vecina Punta Alta fueron las primeras en organizarse e instruir a la población sobre las medidas a aplicar. Los viejos marinos deben recordar entre otras las rigurosas disposiciones que regían los ejercicios nocturnos tales como colocar papeles carbónicos en los faros y demás luces de los coches, el oscurecimiento de ventanas y la  prohibición de fumar a la intemperie, medida esta tomada a raíz de informaciones de fuente inglesa, donde se había comprobado que un cigarrillo encendido podía detectarse a simple vista desde 3.000 metros de altura.

La Escuadra no perdió tiempo ante las exigencias del momento y aparte de los patrullajes costeros comenzó a tomar medidas para intervenir en caso de situaciones severas. Se intensificaron los ejercicios de artillería y bombardeo aéreo, lanzamientos de torpedos, bombas de profundidad, etc.

Durante un período de licencia se advirtió a todas las unidades navales y a los centros de aprovisionamiento que era de esperarse en cualquier momento un comunicado de la superioridad para la movilización total de la Flota, la que debía alistarse con material de guerra en el término de 48 horas de recibirse el comunicado.

Por enfermedad de mi jefe, había quedado a cargo del Taller de Torpedos y comencé a preocuparme. En aquel tiempo dependía del Taller de Torpedos todo lo que no fuera artillería; es decir, torpedos, bombas aéreas, explosivos, minado y rastreo, servicio de buceo y guerra química. No había problema con el abastecimiento en general, pero se presentaba un serio escollo: La imposibilidad de distribuir 90 torpedos entre trece buques en tan poco tiempo por falta de un medio de transporte adecuado.

Desde hacía varios años, su traslado se efectuaba en una falúa de madera, afectada también al servicio de buceo. Podía cargar una sola unidad y por carecer de propulsión propia se trasladaba a remolque. Su antigüedad se desconocía pero debía ser considerable a juzgar por el pésimo estado de su casco, que exigía continuas y poco confiables reparaciones. Cuando se cargaba un torpedo hacía agua por varios lugares y las latas para el achique manual formaban parte del equipo.

En vista de la proximidad del anunciado operativo, transmití mis inquietudes al Suboficial Rodríguez, encargado del servicio de buceo y de la maniobra de torpedos, quien participaba también de mis temores. Me aseguró que la falúa no resistiría el trajín de noventa viajes de ida y vuelta casi sin respirar y nos podía jugar una mala pasada.

"El casco está imposible, señor, la semana pasada, en cuanto coloqué a bordo la bomba de aire para el buzo, un costado de la caja lo aplastó y comenzó a entrar agua. La falúa tiene más de veinte remiendos con tablillas de madera. Pero hay una solución: Conseguir en préstamo una de las tres flamantes lanchas Thornycroft que llegaron hace diez días y descansan enfundadas sobre calzos bajo la grúa de 250 toneladas".

No tenía la menor referencia de estas lanchas. Pero a los diez minutos me hallaba con el buzo sobre una de ellas, que parecía haberse diseñado especialmente para nuestras necesidades: La caseta del timón y el motor se hallaban a proa y el resto lo constituía una bandeja donde podían estibarse con comodidad cuatro torpedos sobre los mismos calzos con que se apilaban en el Taller. Calculamos que la entrega de los noventa torpedos podía realizarse en sólo 16 horas.

Poco tardé en averiguar que las lanchas dependían del Jefe del Arsenal y se ignoraba aún su destino. Pedí una audiencia invocando razones de urgencia y me fue concedida de inmediato. El Jefe del Arsenal era el gran responsable del alistamiento de la Escuadra y con toda seguridad su preocupación debía ser mucho mayor que la mía. Nunca había cambiado con él palabra alguna y por referencias de colegas de la Casa de Oficiales lo sabía severo y de malas pulgas. Una consulta con el ayudante sobre su estado de ánimo no hizo más que aumentar mis inquietudes ante una tajante negativa, cosa que no demoró en confirmarse.

Entré en su despacho y luego de la presentación de práctica me invitó a tomar asiento escritorio por medio. Hizo servir café, aclarándome que era la quinta taza que bebía en la mañana y sus nervios ya no le respondían.

¿Qué le trae por aquí, teniente?
— Una razón de suma urgencia, señor, en función del operativo que se avecina.
— No es usted el único. Parece que todos mis subordinados se han puesto de acuerdo en amargarme la existencia, pese a que he dicho bien claro que me traigan soluciones en lugar de problemas.
— Perdón, señor. Yo presento un problema y ofrezco su solución. Sólo he venido con él propósito de solicitar un préstamo.
— ¿Préstamo de qué? ¿Habló usted con el Contador?
— No se trata de dinero, señor. Es imperioso que usted autorice el empleo de una de las tres lanchas Thornycroft recién llegadas para permitir la entrega de torpedos a la Escuadra en menos de las 48 horas previstas, cosa imposible de cumplir con los medios de que dispongo y creo que usted conoce.
— Imposible, teniente. Esas lanchas son por ahora intocables.
— Pero si llegaron, debe usted conocer por lo menos su destino...
— Lo ignoro. Las envió la Dirección General del Material con un remito, pero aún no ha llegado la nota.
— Me anula usted la solución que propongo. ¿Qué otra alternativa me ofrece, señor?

Que se las arregle. Los viejos tenemos la mente fría, pero los jóvenes como usted la tienen caliente y algo se le ha de ocurrir. Tuvo usted éxito con él concierto del coro de señoras de oficiales superiores en la inauguración de la Capilla y logró con tacto que una no cantara más fuerte que otra en razón de la jerarquía de sus maridos, lo que considero más difícil que el problema que me plantea. Aún tiene tiempo para pensar y le deseo mucha 'suerte. Buenos días.

Opté por retirarme pensando en su alusión al coro que en función de las dotes musicales heredadas de mis padres, había logrado constituir a pedido del cura párroco de la Base. Sus componentes eran todas esposas de oficiales superiores, lo que me valió no pocas pullas de mis colegas, que aludían a una vía no ortodoxa para asegurarme futuros ascensos.

Volví al Taller y cité a mi oficina a Rodríguez.
Casi todos los buzos y Rodríguez, que rondaba los 45 años, no era una excepción, se caracterizaban por tomar las cosas con gran calma. Por lo general introvertidos y taciturnos, dedicaban más tiempo de lo normal sólo para pensar. Nunca conocí, al menos en aquel tiempo, un buzo que se dejase dominar por los nervios. De andar pausado y poco hablar, parecían influenciados por los lentos desplazamientos y el silencio de la profundidades, lo cual no dejaba de ser ventajoso para resolver situaciones de apremio.

El buzo Rodríguez tenía además como antecedente una cabal demostración de sangre fría al haberse visto obligado a realizar la dolorosa tarea de serruchar el brazo de un colega aprisionado en el fondo de la dársena de la Base por la puerta flotante de uno de los diques de carena, episodio que hizo historia en la Marina. Asiduo lector, poseía en su modesta vivienda una nutrida biblioteca que había formado pacientemente con obras de las más dispares; junto a novelas de Tolstoi, Guy de Maupassant y Oscar Wilde se hallaban manuales de buceo, textos de análisis matemático, fauna submarina y una colección de la enciclopedia Espasa Calpe que había obtenido en un remate a precio irrisorio.

Suboficial Rodríguez, visité al Jefe del Arsenal y se ha negado a prestarnos una de las lanchas nuevas.
— Ya lo imaginaba, señor. Nos quedan pues dos alternativas: O los barcos se desplazan hacia nuestro embarcadero o seguimos con nuestra falúa hasta que reviente.
— La primera sabe usted que es imposible. Sólo los torpederos que se hallan en tercera andana podrían desplazarse, atracar a nuestro muelle de buceo, cargar y volverse. Pero mover los otros buques complicaría la maniobra. No olvide usted que deben recibir además una apreciáble cantidad de otros elementos. Nos queda pues poner en práctica la segunda alternativa y ponernos a rezar.

Meditó unos segundos y dijo:

— Aunque la falúa resista, sabe usted que nos será imposible cumplir en tiempo. ¿No podría insistir usted una segunda vez ante el Jefe del Arsenal?
— Su respuesta fue tan tajante que renuncio a una nueva entrevista. Utilizaremos pues la falúa, como usted dice, hasta que reviente.
Rodríguez se llevó a sus labios la tacita de café, apuró unos sorbos y volvió a dejarla en el platillo. Permaneció unos segundos en silencio y dijo después con toda tranquilidad:
— Hay una tercera alternativa, señor: Hundir la falúa junto con el torpedo en el primer v
iaje. Al no disponerse de otro medio de transporte, el Jefe del Arsenal podría invocar sin riesgo una razón de urgencia para prestarnos una de las nuevas lanchas. Luego me encargaría yo de extraer él torpedo reflotando la falúa.
— Su idea es maquiavélica, Rodríguez. Sabe usted que me es imposible autorizar semejante cosa. No tenemos otra alternativa que utilizar la falúa y tratar de abreviar el trámite destacando nuestra gente a cada buque para agilitar la maniobra de introducción de los torpedos en los tubos operando 24 horas por día.
— Se hará como usted ordena, señor.

Cinco días después llegó la orden esperada en horas de la noche. Se suspendieron licencias y se convocó al personal recurriendo a radioemisoras, cines, teatros, cafés y otros lugares de esparcimiento de Punta Alta y Bahía Blanca. A las tres horas se hallaba en sus puestos el 98 % del personal de la Base y de la Flota.

Desde hacía una semana tenía dispuestos en el Taller ciento cinco torpedos con sus cabezas de combate colocadas y la carga completa de aire comprimido, agua y combustible. Sólo faltaban las espoletas reservadas para último momento.

Cuando llegué a mi puesto, Rodríguez ya tenía sobre la falúa el primer torpedo. Eran las seis de la mañana y cuando apenas apuntaba la primera claridad sobre el horizonte, se acercó el remolcador. Dos minutos después se alejaba la falúa con el torpedo y el buzo. Desde tierra contemplaba su lento desplazamiento mientras tejía no muy halagüeñas conjeturas sobre el buen fin de la maniobra.

Al llegar al centro de la dársena observo que Rodríguez luego de permanecer un instante agachado bajo el torpedo, se yergue de pronto haciendo señas con ambos brazos y vociferando hacia el remolcador, que detenía su marcha al tiempo que largaba el cabo del remolque. Aunque la distancia era considerable y había aún poca luz, se notaba que la falúa emergía cada vez menos e inclinaba su proa hacia abajo. El buzo Rodríguez se arrojó al agua dirigiéndose a nado hacia el remolcador. Antes de que llegara, la falúa con su torpedo había desaparecido.

Al regresar con el remolcador y descender a tierra, el buzo Rodríguez con su indumentaria empapada y una sonrisa que trataba infructuosamente de disimular, se me cuadró militarmente diciendo:

Con su permiso, señor. Le doy parte que la falúa con su torpedo se hallan en el fondo, presumiblemente por falla de uno de los parches del casco. Nos hallamos sin querer ante la tercera alternativa.
— Vaya usted a cambiarse, Rodríguez. Lo prefiero aquí que en la enfermería. Yo me encargo del resto.

El Jefe del Arsenal se hallaba reunido con el Jefe de la Escuadra y los Comandantes de los buques en el acorazado "Rivadavia" y allí me dirigí cruzando la planchada poco menos que al trote. El oficial de guardia, que había presenciado por casualidad el hundimiento, me franqueó inmediatamente la entrada. No fue necesario llegar a la Cámara del Comandante pues el Jefe del Arsenal, ya enterado del asunto, avanzaba hacia mí por el pasillo. Abreviando la presentación, le dije sin preámbulos:

Sucedió lo que temía, señor. Se hundió hace cinco minutos la falúa con el primer torpedo que cargamos. Le reitero el pedido de una Thornycroft para salir del paso. No tengo otro medio de transporte.

Ante mi sorpresa, no puso objeción alguna.

De acuerdo, teniente, pero con carácter precario. En cuanto zarpe la Escuadra reflota usted la falúa, la repara y me devuelve la lancha.

Descendí a tierra y junto con Rodríguez, sorpresivamente con ropa seca y peinado pese al breve tiempo transcurrido, fui a buscar la lancha sin saber por cual de las tres optaría. Al llegar, Rodríguez me señaló una que ya había inspeccionado días atrás probando incluso el motor. La lancha se hallaba en tierra y me sorprendió que tuviera la linga colocada.

Apresúrese Rodríguez. Traiga usted él combustible y consiga el guinchero para bajar la lancha al agua.
— El tanque está lleno y el guinchero en su puesto, señor.

La sospecha que se despertó cuando vi la linga se robusteció con estos aprontes y no pude menos que encarar al buzo:

No me engañe, Rodríguez. Usted hundió la falúa.
— ¿Yo, señor? ¿Cómo puede usted pensar tal cosa?
— Con la linga, él combustible y el guinchero en su puesto, ¿qué quiere que piense?
— No se alarme, señor. Todo buzo es prevenido. Consideré que si nos fallaba la falúa y le autorizaban a usted el uso de la lancha, se ahorrarían unas tres preciosas horas adelantando los preparativos.
— No le creo. Además, da la casualidad que hasta él motor está caliente.
— Esa fue otra precaución, señor. Como se trata de un motor nuevo aún no asentado, podría dañarse si se le exigieran apuros en frío. Por esta razón envié al operario Alarcón para que durante todo el tiempo que demandara él transporte de torpedos tuviera él motor en condiciones de uso  inmediato.

Sin creer un ápice sus argumentos, opté por callar y disponer la maniobra. Los noventa torpedos fueron entregados en 20 horas.  Cuando zarpó la Flota fui llamado por el Jefe del Arsenal, quien reiteró un plazo de dos días para recuperar el torpedo, reflotar la falúa y devolver la lancha.

Cité nuevamente a mi despacho a Rodríguez y le impartí instrucciones. Luego de concentrarse unos segundos, expresó:

Es lamentable, señor, que no dejen esta lancha para nuestro servicio con carácter permanente aunque sea precario.
— No le entiendo, Rodríguez.
— Simplemente, que en la Marina es tradicional que elementos precarios se eternicen en ese carácter. Observe usted las viviendas de los Ingenieros Duperrón y Piatti. Les fueron asignadas con carácter precario por tratarse de viejas casas de madera; sin embargo, no carecen de atractivo por los arreglos que han hecho con buen gusto. Ambas casas fueron construidas en tiempos del Ingeniero Luiggi y pese a su precariedad tenga usted por seguro que tendrán carácter de vivienda permanente por unos cuantos años más.
— Pero se trata, Rodríguez, de elementos viejos que ya cumplieron su ciclo. Nuestro caso radica en una lancha flamante. Tengo tantos deseos como usted de que nuestro Táller cuente con algo tan útil en forma permanente. Aunque soy pesimista en este sentido, haré todos los esfuerzos para lograrlo.
— Le deseo suerte, señor. Mientras tanto me dedicaré a reflotar el torpedo y la falúa. Una vez que extraiga el torpedo, es casi seguro que la falúa, que es de madera liviana, ha de emerger por sí misma. Espero completar todo mañana mismo.

A las siete del día siguiente se trasladó Rodríguez con dos ayudantes en la nueva lancha con la bomba de aire y otros implementos de buceo. Fondeado en el supuesto lugar del hundimiento, observé cuando ya en la escalerilla, le colocaban a Rodríguez la escafandra y poco después se sumergía. Volví a mi oficina sin dejar de observar de tanto en tanto la lancha. Dos horas después seguía en el mismo lugar con los dos ayudantes bombeando aire.

Comencé a inquietarme y casi a punto de trasladarme en otra embarcación para ver que ocurría, observo al buzo emerger, subir a bordo y quitarse la escafandra, mientras se divisaba a un costado de la lancha un fuerte burbujeo. Seguramente Rodríguez había abierto la válvula para descargar 135 kilos de aire comprimido con el propositó de alivianar el torpedo, que con su cabeza de combate quedaría no obstante con 144 kilos de flotabilidad negativa.
Como la lancha no contaba con elementos de izaje, se apeló al remolcador, logrando hacer aflorar el torpedo, arrastrarlo al muelle e izarlo a tierra con el auxilio de una grúa.

A todo esto, había emergido la falúa por sí sola pero en tres trozos. Se izaron a tierra y cuál no sería mi sorpresa al hallar en varias partes huellas del serrucho de Rodríguez. Le di cuenta de mi observación, que calificaba como otra trapisonda del buzo para que la falúa quedase defintivamente irreparable.

Me confirmó que se vio obligado a utilizar el serrucho pues la falúa con el torpedo había dado una vuelta de campana. El torpedo se hallaba contra el fondo y la falúa encima, con la quilla hacia arriba. Era imposible llegar al torpedo si no se abría el casco. Y extraer todo junto podía dañar el torpedo, al que había que tratar con muchos miramientos por su elevado costo.

No tuve otra alterantiva que aceptar sus explicaciones y concurrir al despacho del Jefe del Arsenal para informarle de mi ingrata novedad.

Sentado nuevamente al lado opuesto de su escritorio, comencé a narrar el hecho tratando de suavizarlo con todos los argumentos de que era capaz, mientras me escuchaba con expresión severa observándome casi sin parpadear.

Cuando terminé, ambos permanecimos unos largos segundos en silencio. Sin quitarme los ojos de encima e inclinándose levemente hacia adelante, me dijo:

Usted hundió la falúa complotado con el buzo.
— Perdóneme usted, señor; pero no puedo aceptar semejante acusación. Le previne con mucha antelación que algo podría ocurrir. Si desea usted instruir un sumario, no tengo el menor inconveniente en afrontarlo con varios testimonios que han de favorecerme. Si él sumario tiene por objeto justificar la desaparición de la falúa, le sugiero no molestarse pues ni figura en los inventarios ignoro porqué.
— Veo que se las sabe todas teniente. Le reitero que quiero soluciones.
— Muy simple, señor. Deje usted la lancha nueva para servicio del Taller de Torpedos con carácter precario hasta que la D. G. M. determine si se la asignará en forma definitiva o será reemplazada por otra embarcación. Desde ya, le elevaré a usted una nota con la descripción de todo él episodio y la solución que acabo de proponerle.

Permaneció unos instantes en silencio, ordenó dos cafés y se incorporó. A mi vez me puse de pie, pero me obligó a sentarme. Se acercó con un andar un tanto felino y apoyando una mano sobre el escritorio y otra en el respaldo de mi silla, me dijo en voz baja y casi al oído:

Le prometo formalmente no tomar contra usted medida alguna. Pero dígame en confianza, ¿hundió usted la falua?

También en voz baja y actitud de conspirador, contesté:

"No, señor. Puede usted tener la absoluta seguridad de ello. El que se haya hundido con el primer torpedo es una probabilidad contra ciento ochenta. También hay quien gana el primer premio de la lotería con una probabilidad contra cuarenta y dos mil".

Volvió a su silla y cruzamos otra larga mirada.

Esta bien, teniente. Espero su informe.

El informe estuvo listo al día siguiente y una semana después salía mi pase a la D. G. M. en Buenos Aires, pero por causas que nada tenían que ver con el episodio. Simplemente, se me encomendaría organizar con el concurso de la industria privada la fabricación de armamentos y equipos que no podían importarse a causa de la guerra.

Esta tarea me impuso varios viajes al interior del país entre otros a Puerto Belgrano, ocho meses después de mi pase. Pude comprobar que la nueva lancha había sido incorporada definitivamente al servicio del Taller de Torpedos.

Transcurrieron treinta años y hacía ya trece que mis relaciones con el arma habían terminado. Paseaba una tarde por la calle Florida en dirección al Centro Naval cuando alguien me toma del brazo.

¿Cómo está usted, Capitán?

Me volví y luego de dudar un instante reconocí al buzo Rodríguez, ya viejo pero con aspecto saludable. Rondaría los 76 años. Le invité a tomar un café. Sentados a la mesa y luego de referirnos a nuestras actividades posteriores al retiro, no pude menos que retroceder en el tiempo.

Mi estimado Rodríguez: Han transcurrido muchos años y ambos hemos seguido otros rumbos. Pero siempre me quedó una duda sobre aquel hundimiento de la falúa que nos dio tantos dolores de cabeza. En nombre de los años que nos quedan por vivir, Rodríguez, ¿puede usted decirme la verdad?
— Sí, señor, la hundí yo. Me inspiré en la voladura de la cloaca de "La Ciudadela" de Cronin. Cuando se lo propuse y usted se negó, me acordé también que Clemenceau decía que en la vida militar había órdenes que había que saber obedecer y otras que había que saber desobedecer. Cuando llegó la orden de alistamiento, lo primero que hice fue extraer un buen parche del casco de la falúa y volver a colocarlo en forma tal de poder hacerlo saltar de un martillazo apenas hubiésemos llegado al centro de la dársena. La postura de la falúa en el fondo con la quilla hacia arriba fue providencial para obligarme a serrucharla.

Nos despedimos poco después y no volví a ver a Rodríguez, me enteré de su fallecimiento dos años después. En ese tiempo debía proceder al pago de unos impuestos en la Dirección de Rentas de una ciudad suburbana. Instalada en una vieja casona, la referida Dirección ofrecía un aspecto por demás deplorable. Con los revoques caídos y varios claros en la madera de los pisos, poseía un mobiliario desvencijado. Podía observarse que las mesas y escritorios habían cumplido décadas de servicio sin reparar y el tapizado de varios sillones colgaba como andrajos con el relleno a la vista. Comprobé que el archivo se hallaba en el baño de caballeros y los mingitorios habían desaparecido bajo pilas de biblioratos. Un fuerte olor a humedad impregnaba el ambiente, que con toda seguridad constituía una residencia ideal para roedores.
Completada la inspección ocular y con el propósito de abreviar el trámite, visité a su jefe, a quien conocía por razones de vecindad.

Le pregunté cómo él y su personal podían trabajar en semejantes condiciones y me contestó que pese a sus infatigables reclamos, no contaba con partida alguna que permitiera un mínimo arreglo.

Mire, Vilaclara. En cualquier momento puedo tener aquí un disgusto. Observe usted: Pisos de madera, muebles de madera y montañas de papeles. Cualquier desprevenido se olvida de apagar un fosforo y esto arde por los cuatro costados. No tengo extinguidores pese a mis insistencías. Los elementos de limpieza los pago yo con los subordinados, a quienes combato su fastidio con el argumento de que hay otros lugares donde la pasan peor, he visitado al Intendente y le pedí ayuda con el argumento de que siendo nuestra Dirección la principal recaudadora de fondos del partido, algo nos podía ceder para mejoran nuestra situación.

¿Consiguió algo?

Absolutamente nada. Dijo que las recaudaciones tenían] otro destino, eran escasas y había que esperar tiempos mejores.

Fue entonces cuando me acordé del buzo Rodríguez. Referí a mi amigo la historia de la falúa agregando en son de chanza que su única solución era abrir todas las ventanas y encender un fósforo a barlovento en horas de la madrugada. Se rió y me dijo que carecía de condiciones piromaníacas. Una semana después me entero por los diarios que el edificio había sido destruido por el fuego. A los pocos meses se instalaba la Dirección de Rentas en un edificio nuevo, con un mobiliario flamante y allí sigue funcionando hasta hoy.

Visité al mismo Jefe en su nuevo despacho y le expresé mi preocupación en el sentido de que hubiese tomado en serio la historia de la falúa y mi sugerencia.

En absoluto. Además, había salido de vacaciones y tuve que interrumpirlas. Se realizó una investigación de la cual participé; y si bien nunca se supo el origen del incendio, se atribuyó a un corto circuito. Es lo mismo que cuando una enfermedad es imposible de diagnosticar se apela a un virus. Como fue en horas de la noche, si creyera en fantasmas como los escoceses, podría atribuirlo al buzo Rodríguez. ¿Usted qué opina?
 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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