Historia y Arqueología Marítima

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Anecdotas y Tradiciones Navales

Autor: Alfredo Cecchini

Indice  Anecdotas Marineras

VASCO MOSCOSO de ARAGÓN , CAP.-- ( páginas elegidas 2 ) Se explica por qué y cómo Vasco obtuvo su título de Capitán .

 

Fue realmente una fiesta incomparable, una orgía memorable, una juerga como para inscribirla en los anales de la ciudad. De madrugada, los hombres en calzoncillos, las mujeres en ropas menores, hicieron un desfile por la plaza do Teatro, para diversión de transeúntes trasnochados, ante la mirada impotente de guardias y policías. Locos tendrían que estar para intentar impedir aquella original manifestación cuando al frente de ella iba, enarbolando una botella de champán, cantando con voz arrastrada, el doctor Jerónimo Paiva, sobrino del gobernador.

En medio de la fiesta, cuando más animados estaban, tras la demostración de cancán ofrecida por madame Lulú, Georges anunció al coronel Pedro de Alencar, indicando a Vasco, cuya tristeza iba aumentando a cada trago:

–Voy a tomar el toro por las astas... Ese crápula me va a decir lo que le pasa...

Pegó un empujón a la mulata Clarice, instalada en sus rodillas, tomó  del brazo a Vasco, lo arrastró hacia un rincón desierto de la sala:

Vasco querido, , hoy me va a contar usted qué mierda le pasa. ¡Abre la boca y vomita la historia, descastado!

–¿Qué historia?

–Historia, o mujer, o enfermedad, o remordimientos de un crimen, o lo que sea. Quiero saber qué diablos te pasa. A qué viene esa tristeza...

Vasco miró a su amigo, notó su lealtad, su solidario interés. El capitán de Puerto era un hombre de bien.

–Lo que me abruma es en el fondo una idiotez. Pero no puedo evitarlo. Continuamente pienso en ello, destrozado...

–¿Y en qué carajo piensas? –era el momento culminante. Georges estaba ahora repentinamente lúcido, curado de su enorme  tranca.

–Yo no soy igual a vosotros... no soy...

  ¿Que no eres qué  ?
 

–Igual que vosotros, ¿comprendes?

–No...

–Mira: tú eres capitán de Puerto, oficial de la Marina, comandante... Pedro es coronel; Jerónimo, doctor en derecho; Lidio, teniente. ¿Y yo? Yo no soy nada, soy una mierda, seu Aragón, señor Vasco, y gracias. Ni un título.

Miraba al comandante. Le abría su alma, jadeaba.

–«Señor Vasco»... Aragón....Cada vez que alguien me llama me da una cosa aquí dentro, un desespero...

–¡Pero, qué bestia eres, amigo! Lo último que se me hubiera ocurrido... Pensé en todo; hasta en que habías cometido un crimen. ¡Qué sé yo...! ¡Pero eso de andar sufriendo por no tener un título, es lo último...! ¡Se ve cada una...!

–Es que tú no sabes...

–¿Qué? ¡Y el otro día todos aquí, queriendo cambiar su título, su posición por tu vida...! ¡Cómo es el mundo!

–¿Tú sabes lo que es andar todo el día entre comandantes, coroneles, doctores... y uno no ser nadie...?

De repente el comandante se echó a reír como si le hubiera vuelto la curda, como si las amarguras de Vasco fueran un chiste formidable ante el que se deshacía en carcajadas. Se ofendió el comerciante:

–¿Para qué me lo preguntaste? ¿Para burlarte de mí?

El comandante lo cogió por la manga de la chaqueta:

–¡Siéntate ahí! ¡Burro, más que burro! –contenía las carcajadas con un esfuerzo–. ¿Y si tuvieras un título se te acababa toda esa tristeza, esa cara de palo?

–¿Y qué título voy a tener a mi edad?

–Pues yo te voy a buscar uno...

Vasco se amoscó, pensando en las jugarretas de Georges.

–Yo mismo. Puedes estar tranquilo.

–Por amor de Dios, Georges, te pido un favor: búrlate de lo que quieras, organízala como te dé la gana, pero no te metas con esto mío, que es asunto serio. Te lo pido por favor...

Se puso grave; estaba casi emocionado. El capitán de Puerto movió la cabeza. Su mirada se posó en los ojos de Vasco:

–No seas loco. ¿Crees que soy hombre para burlarme de las tristezas de un amigo? Te dije que tendrás un título y lo tendrás. Estoy hablando en serio. Hoy es día de fiesta: vamos a beber. Mañana hablaremos del caso. Y lo resolveremos.

Al día siguiente, a primera hora de la tarde, el comandante mandó un marinero a casa de Vasco con una nota: lo esperaba en la comandancia de Marina. El comerciante estaba aún durmiendo, hecho polvo, con la resaca de la juerga de la noche anterior. Sólo Georges poseía aquella resistencia brutal, podía acostarse de madrugada y estar en su despacho de la Comandancia en la hora precisa, afeitado, risueño, como si hubiera dormido doce horas.

Se arregló Vasco a toda prisa. En la memoria le danzaba la charla de la víspera, en medio de la orgía inmensa. ¿Qué clase de título sería ese tan solemnemente prometido por Georges? Aún temía que fuera una farsa, pero el otro le hablaba en serio, sus bromas tenían un límite. Sin embargo no podía dar Vasco con la solución anunciada para su problema: no andaban los títulos por las calles, a puntapiés.

Cuando llegó a la Comandancia ya estaba allí el coronel Pedro de Alencar. Se dirigió a Vasco:

–¡Pero, qué idiotez, amigo!

Vasco se sentía avergonzado.

–¿Y qué voy a hacer yo?, no quiero pensar, y pienso; no quiero sentir, y siento...

–Pues vamos a darte un título –repitió Georges–. Vamos a ver. Vasco: ¿qué te parece el título de capitán de altura? ¿Sabes lo que es un capitán de ultramar ?

–Capitán mercante, ¿no?

–Exactamente... ¿Qué te parece? Comandante Vasco Moscoso de Aragón, capitán de ultramar  ?

–Pero, ¿cómo...? –y se volvió hacia el coronel–. ¿Cómo?

–Muy sencillo. Ya te lo dirá Georges.

El comandante de Marina cerró los ojos, se recostó en su butaca giratoria, su rostro se cubrió de beatitud, comenzó a explicar. En aquel tiempo el título de capitán de altura, el de comandante de la Marina mercante, no se obtenía en una Escuela, tras asistir regularmente a los cursos y aprobar los exámenes anuales. Lo conquistaban los pilotos de amplia experiencia, los oficiales de a bordo tras un concurso de méritos y un examen en la Comandancia de Marina, ante un tribunal examinador, formado por oficiales de la Flota. La prueba, bastante difícil ciertamente, consistía en la presentación de un trabajo, una especie de tesis doctoral, en la que el candidato demostraba su capacidad con la descripción de un viaje marítimo a lo largo de un trecho de costa, con todas las minucias geográficas y técnicas, desde la salida de un puerto hasta la entrada en otro. En ese trabajo el candidato tenía que resolver distintos problemas de navegación en mar tranquilo, en tempestad, superando fallos en el barco y amenazas de naufragio. Aprobada la tesis, el candidato era sometido a un examen de diversas materias, pruebas orales solamente: navegación astronómica, meteorología, política de navegación marítima y fluvial, derecho comercial marítimo, derecho internacional marítimo, máquinas y calderas. Una vez pasados los exámenes le entregaban el título que lo capacitaba para el mando de un navío.

–Sencillo, ¿no? –preguntó Georges tendiéndole una hoja de papel en la que se posaron los ojos asombrados de Vasco.

Paseó la vista por la hojita llena de letra menuda pero clara. Se enteró de que el examen de navegación astronómica comprendía práctica y manejo del sextante, trazado de cartas de navegación, navegación ortodrómica (sobre el círculo máximo), práctica y estudio completo del cronómetro, práctica, teoría y rectificación de agujas magnéticas.

Ni siquiera quiso informarse de las otras materias. Dejó el papel sobre la mesa: no había duda, Georges le estaba tomando el pelo una vez más.

–Me habías prometido...

–...un título. Y lo estoy cumpliendo...

–Que no ibas a burlarte...

–¿Y qué porras de burla es ésta? Estoy hablando perfectamente en serio. –Parecía a punto de enfadarse.

–Pero un examen de esos... ¿Cómo lo voy a aprobar? Sin hablar de que no soy piloto ni oficial, ni práctico, ni nada. El único barco que he visto en mi vida es el que va a Cachoeira. Una vez fui a Ileheus en uno de la Compañía Bahiana, tras una mujer, y vomité el alma.

–Tienes razón. Pero me olvidaba de decirte que no es preciso ser piloto, práctico ni oficial de a bordo para presentarse al examen. Cualquiera puede hacerlo. Claro que, en principio, sólo lo hacen gentes expertas, hombres con muchos años de mar. Pero acabo de darle un vistazo a la ley: el concurso es abierto, puede presentarse cualquiera. De ti depende. Ya tengo dispuesta la instancia; la firmas y ya está.

Le tendió otro papel. Vasco se quedó con él en la mano:

–Muy bien. ¿Y cómo voy a hacer los exámenes si no sé nada de todos esos latines, que en mi vida vi nada más complicado? ¿Y la tesis? ¿Cómo la voy a hacer? No sé ni escribir una carta, las veces que me cascó el abuelo por eso...

–Todo está arreglado, amigo. La tesis, descripción de un viaje de Porto Alegre a Río, pasando por Paranaguá y Florinópolis, está ya a medio hacer...

–¿La haces tú?

–No. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Ya soy viejo para eso... El teniente Mario es el que te hace el favor... Después, si quieres, le haces un regalo... Cualquier bobada.

–Lo que prefiera. Sin contar con mi amistad eterna. Pero ¿y los orales? No tengo ni idea de lo que piden esos papeles.

–Ya está también. He pensado en todo. Te haremos dos o tres preguntas de cada materia. Te daré antes las preguntas y las respuestas. Tú te las aprendes y nos las recitas en el examen. Aprobarás con sobresaliente y te vuelves con tu bendito título.

Vasco parecía dudar de la realidad de aquella oferta inesperada. Georges seguía hablando:

–Y sin peligro para la nadie, porque supongo que no vas en tu vida a meterte a mandar un barco.

–¡Dios me libre!

Georges se levantó. Palmoteo en los hombros de Vasco:

Intervino el coronel, frotándose las manos:

–Y el día de la entrega del título vamos a organizar una juerga bestial. Una juerga como para acordarse. Mayor que la de ayer... De esas que acaban con uno.

–Dentro de un mes convocaré los exámenes –anunció Georges.

–¿Y por qué tardar tanto? –Vasco se asustaba ya ante la idea de que se le escapara el título.

–¿Ya tienes prisa, eh? Tenemos que dar tiempo a Mario para que acabe de redactar la memoria y la tesis. Luego tienes que copiar el trabajo con tu letra. Tengo que darte también las preguntas y respuestas para que las aprendas de memoria, una tras otra, de coro. Tienes que saberlas como el Padre Nuestro.

Vasco se inclinó sobre el papel y empezó a copiarlo. Estaba como atontado. Todo aquello le parecía irreal, un sueño absurdo. Sentía que las lágrimas le inundaban los ojos, apenas podía ver las letras. Nada hay en el mundo como la amistad. Los amigos son la sal de la tierra. Le hubiera gustado decírselo, pero no sabía cómo.

Los planes se cumplieron sin trabas.

Aprobado por unanimidad. Le expidieron el diploma y anotaron sus datos en un libro de la Comandancia: el nombre y dirección del nuevo capitán de altura. Cada vez que cambiara de domicilio debería comunicar a la Comandancia su nueva residencia. Era un libro grueso, de tapas verdes, encuadernado en piel, con el escudo de la República. En cada página un nombre, con la fecha del examen, el resultado y título, número de registro, edad, estado civil y dirección del titular. Pocas páginas llenas, sólo unos nombres antes del de Vasco Moscoso de Aragón. Y casi todos poseedores apenas de «títulos medios» como llamaban a los de los comandantes de líneas fluviales, para cuya obtención no había que presentar trabajo escrito, y bastaba un examen oral. Esos títulos facilitados a los comandantes de vapores de línea de Río San Francisco, no autorizaban para mandar barcos en el mar, vedaban los caminos del océano. Pero el título de Vasco era de los de verdad, le daba el dominio de ríos, grandes lagos y mares, estaba autorizado y tenía derecho a mandar navíos de cualquier nacionalidad y bandera, en todas las rutas de los cinco océanos, armado con el Derecho Internacional Marítimo y la ciencia de la navegación astronómica.

–Ahora –le dijo el coronel una vez terminado todo, mientras Vasco sujetaba amorosamente el diploma–, vamos a celebrarlo. ¡Comandante Vasco Moscoso de Aragón, león de los mares, agarre el timón y llévenos de p....s     !

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Por la copia -A.C.

 

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