Historia y Arqueología Marítima

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Anecdotas y Tradiciones Navales

Autor: Alfredo Cecchini

Indice  Anecdotas Marineras

VASCO MOSCOSO de ARAGÓN , CAPITÁN de ULTRAMAR . ( páginas elegidas ) 1ª parte- -Llegada de Vasco al pueblo costero.

 

(A completa verdade sobre as discutidas aventuras do Comandante Vasco Moscoso de Aragão, capitão de longo curso )  Tomado de la obra "Los viejos marineros " de Jorge Amado.
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–¡Adelante, grumetes!

Voz habituada a dar órdenes. Hizo un ademán como indicando el rumbo, bajó los tres escalones desde la plataforma del tren, asumió el control de la travesía, firme el pulso al timón, los ojos en la brújula.

Se formó una especie de pequeño cortejo y desfilaron por la calle: al frente, decidido y sereno, el comandante. Unos metros atrás. Caco Podre y Misael, los dos mozos de cuerda, con parte del equipaje. Caco Podre a aquellas horas ya había bebido sus tragos habituales: su paso era incierto, no le iba del todo mal el tratamiento de grumete que le dio el recién llegado. Luego, tras ellos, venían los curiosos, cambiando cuchicheos en un grupo que se dilataba.

No entró en la casa. Se contentó con indicarla a los cargadores, y siguió caminando. Se dirigió a la playa, anduvo hasta los roquedos, se paró a medirlos con mirada experta, inició la escalada. Altos no eran, escarpados tampoco, rampa suave por donde en los días veraniegos subían y bajaban los chiquillos, y por la noche se escondían los enamorados. Pero había tal dignidad en el porte del comandante que todos comprendieron las dificultades de la empresa, como si de súbito los modestos escarpes se hubieran transformado en abrupta muralla de peñascos, jamás vencida por pies humanos.

Al llegar a lo alto se quedó parado, los brazos cruzados sobre el pecho, la vista clavada en las aguas. Así, inmóvil, el rostro contra el sol, la cabellera al viento (aquella suave y permanente brisa de Periperi), parecía un soldado en posición de firmes, o, dada su ingente humanidad, un general en bronce, una estatua. Vestía una chaqueta extraña, con algo de guerrera militar, de paño azul y grueso, de amplias solapas.

Apenas duró un segundo aquella inmovilidad, pero fue un momento largo, casi eterno, imagen que quedó grabada en la memoria de los vecinos. Después extendió con gesto amplio el brazo corto, y dijo solemnemente:

–Aquí estamos, Océano, nuevamente juntos.

Otra vez volvió a cruzar los brazos sobre el pecho: era una afirmación, pero también un desafío. Su mirada dominaba las aguas tranquilas del golfo, donde mar y río se mezclaban en bahía acogedora. A lo lejos, negros navíos anclados, rápidos pataches cuyas blancas velas punteaban el azul sereno del paisaje. Había en aquella mirada y en la postura inmóvil, la revelación de una antigua intimidad con el Océano, hecha de amor y cólera, de vividas historias, sensible incluso para aquellos corazones pacatos, tan distantes de aventuras y heroísmos.

Así, cuando el comandante descendió de los roquedos y penetró en el círculo de la vecindad, murmurando, como si hablase consigo mismo, «lejos del Océano no puedo vivir...», penetró también en la admiración de sus nuevos conciudadanos. Parecía no verlos, sin embargo, no darse cuenta de su presencia y curiosidad. Como si cada gesto obedeciese a un cálculo preciso, midió primero con la vista la distancia que lo separaba de la casa próxima y aislada, junto a la playa, las ventanas abiertas sobre el agua. Marcó su rumbo hacia la puerta, inició el abordaje. Los vecinos seguían atentos sus movimientos, lo miraban con respeto: la faz redonda y rojiza, la abundante cabellera plateada, la chaqueta marinera con brillantes botones metálicos.

Los cargadores llegaron con el resto del equipaje. El comandante dio unas órdenes precisas y categóricas. Maletas, camas, armarios para los cuartos, embalajes y cajones colocados en la sala.

Sólo entonces, terminada la tarea, pareció ver a la pequeña multitud que lo contemplaba desde la calle.

Sonrió y los saludó inclinando la cabeza con la mano en el pecho en un gesto que tenía algo de oriental.

Luego procedió a sacar de uno de los amplios envoltorios un objeto inesperado. Parecía un revólver. No era un revólver. ¿Qué diablos sería? Se lo puso en la boca el comandante: era una pipa, pero no una simple pipa, ya de por sí bastante extravagante en aquel humilde suburbio. Era una cachimba de espuma, trabajada: la boquilla representaba piernas y muslos desnudos de mujer, en la cazoleta, esculpidos, el busto y la cabeza. «¡Oh!» fue el murmullo asombrado .

Cuando el recién llegado se iba apartando de la puerta. un vecino se apresuró a ofrecerle sus servicios: ¿Podía serle útil en algo?

–Muchas, muchas gracias... –agradeció el comandante, y declinó con un gesto. Luego sacó de la cartera una tarjeta de visita y se la tendió, añadiendo–: Un viejo marinero a sus órdenes.

Lo vieron después, ayudado por los cargadores, martillo en mano, abriendo cajones. Salían instrumentos raros: un catalejo enorme, una brújula. Aún siguieron los curiosos en las inmediaciones, contemplándolo. Después fueron a propalar las noticias ,exhibiendo la tarjeta ornada con un ancla:

 

Comandante

Vasco Moscoso de Aragón

Capitán de Transatlántico

 

He aquí los sucesos de su llegada a Periperi, en aquel comienzo de una tarde infinitamente azul, cuando, de golpe, estableció su reputación y fijó en imagen para todos 

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