Historia y Arqueología Marítima

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La era del hielo II - El "Mendoza"

Provista por:  Juan Carlos Carrion  Fecha: 08-06-2008

Prevenidos sí que estábamos. El año anterior en esa misma época el frio de New York nos había dejado desnudos con la chapa al aire.

Pero este invierno norteño iba a ser distinto.

En teoría.

Cuando el “Mendoza” salió de Buenos Aires ya sabíamos que el destino era Montreal, allá a lo lejos por el Río San Lorenzo, en la Canadá congelada del invierno de los 70.

Máquinas tenía todos los tubos de vapor a la entrada de agua a los condensadores bien afilados, en Cubierta grifos de tuberias de incendio abiertos junto con las válvulas grandes. La Cocina protegida del viento, lonas alrededor del casillaje de popa y también en el extremo de la roda donde flameaba la banderita de ELMA. La gente con equipos comprados recientemente en la Misión del Marino o regalados por alguna Asociación Portuaria de ayuda a indigentes del sur.

 No llegamos a Montreal.

De Quebec, puerto de recalada forzosa, salimos rengueando con alguna tubería  de máquinas rajada por el hielo que  formaba el agua del río.

Pero a Saint John llegamos listos para la carga de bobinas de papel.

Este puerto, opuesto a Halifax pero dentro de una zona protegida en Nova Scotia era siempre la alternativa a los frustados intentos invernales de carga  en Montreal o Trois Riviers.

 La primer bodega que pudimos abrir en la noche-día del invierno canadiense fué la dos.

De a poco y luego de la limpieza comenzaron a entrar las primeras bobinas. Y el gallego Paz junto con la gente de cubierta se fué para limpiar la bodega uno y para terminar antes armaron las pantallas de luces y se metieron nomás en la fria caverna, sin abrir la bodega.

Un solo incidente interrumpió la operativa de carga en la dos.

Una tubería de agua del tanque de proa, que se encontraba adosada a las cuadernas de babor en plena bodega, se rajó a lo largo y comenzó a perder agua.

El mecánico separó el tramo dañado entre dos bridas, se llevó todo al taller y al rato lo traía bien soldado. Pero algo había sucedido en el ínterin.

No había salido agua de la tuberia separada.

Todo el interior era hielo , el mismo que aún permanecía dentro del tramo que el mecánico se había llevado a la Sala de Máquinas y que había soportado estoicamente el calor de la soldadura.

Volvió todo a la normalidad y también Paz que con una sonrisa de quien ha cumplido con su deber se plantó frente al camarote del primer oficial.

- Jefe, ya terminamos con la uno. Bodega y entrepuente listo. La basura la tenemos en un chinguillo y la sacamos mañana cuando abramos...

Al primer oficial, que en ocho años de “Victory” había escuchado de todo le sorprendió lo de “bodega y entrepuente” ya que en esos buques la bodega uno tenía dos entrepuentes

-José, hay dos entrepuentes, que limpiaste?

-No Jefe, hay uno solo...

 No es habitual que los buques pierdan entrepuentes y menos cuando Saint John está lejos del triángulo de las Bermudas .

 Y ahí están bajando por la estrecha escala de tojino, alumbrados por los pálidos resplandores de una pantalla de bodega con mas lamparitas apagadas que encendidas, rumbo al solitario entrepuente.

 Adelante el Jefe con una linterna de tenue luz, atrás medio en las sombras el Contra y algún marinero ayudando con el cable y atento a que la cuidadosa conexión de alambre y escarbadientes no se desprenda y queden todos en la negrura mas impenetrable.

 La recorrida por el entrepuente no mostró nada y la comitiva siguió descendiendo por el tubo de la escala hacia lo que para unos era la bodega y para otro el entrepuente bajo.

 Y de a poco, acostumbrando la vista a la penumbra reinante fué apareciendo la estructura interior. Las cuadernas, las vagras de carga alineadas contra ellas, la chapa del piso barrida y limpia , los cuarteles en una esquina y las galeotas en otra  todavía trincadas, el chinguillo de la basura y en el centro de la escotilla el empayolado de madera típico de todo piso de fondo de bodega...

 El apocalipsis!

 Para enteder esto hay que recordar la estructura de las bodegas de esos buques.

Las bodegas eran enormes espacios de carga en los que se operaba en forma vertical desde el exterior por la abertura conocida como boca escotilla. Podían tener dos o tres pisos y para acceder al de mas abajo, o bodega propiamente dicho, era necesario abrir las separaciones intermedias que actuaban como tapas en cada entrepuente. La boca superior y las intermedias solían tener el mismo tamaño cosa de que hasta un camión entrase limpiamente y mas aún en este momento en que la carga eran bobinas de papel de diario. Se comenzaba a operar desde el fondo y al llenar el espacio, se cerraba cuidadosamente y se seguía con esa u otra carga en el espacio superior adyacente

 En los puertos se abrian las tapas superiores que eran pontones de acero y calzaban en el centro de la escotilla en la llamada brazola, pero los cierres o tapas en los espacios de entrepuentes estaban conformados por hileras de vigas llamadas galeotas o bines, entre las cuales se apoyaban tableros de madera gruesa , los conocidos cuarteles. Esto formaba un piso donde operar, caminar y cuando los espacios se iban llenando se ocupaban con carga ya que resistian como el resto del piso del entrepuente..

 Pero si esa bodega a oscuras tenía cuarteles y galeotas descansando ajenas a los visitantes, como el centro del espacio estaba ocupado por el empayolado?

Es que este empayolado era el piso de madera de las bodega propiamente dicha y actuaba como amortiguador de los golpes de la carga sobre la chapa del fondo y ahí no tenía nada que hacer, salvo que...

 Un pequeño escalofrío, si es que se me permite el término dada la temperatura reinante, recorrió la espalda del primer oficial y mas aún cuando pudo advertir que en algún sitio del medio del espacio las tablas estaban húmedas.

 Es dificil para el cronista  fogueado en ciclones, abordajes, incendios, varaduras y otras calamidades náuticas relatar como el primer oficial casi a tientas encontró la escalera que bajaba a la bodega y lo detuvo el agua.

La bodega, porque ahí estaba, era ahora un enorme tanque de agua fría. El empayolado que durante años había estado en su piso solo hizo lo que esos gruesos tablones unidos entre sí sabían hacer además de aguantar los golpes de la carga: flotar!

Y flotando a medida que la bodega se llenaba de agua ,gracias a una rajadura en el mamparo del tanque de agua, llegó justo hasta ubicarse en la abertura limpia de galeotas y cuarteles del entrepuente bajo y por su tamaño similar, enmascararse como piso.

 Piso donde algún marinero había pasado. Superficie que en la oscuridad, a pesar de las pantallas, simulaba el empayolado del piso de la bodega. Bodega que atesoraba toda el agua del tanque pique de proa de casualmente el mismo volumen.

 Y en silencio, de a uno, fueron saliendo de esa negrura ,olvidandose del frío.

 El agua de a poco se fué achicando por las sentinas. Y el empayolado que había de a poco ascendido junto con el agua de la inundación y ocupado exactamente un lugar que no le correspodía ,también de a poco fué descendiendo y se acomodó solo entre las guias que lo tuvieron cautivo tantos años y solo unos golpes de maza lo volvieron  a la normalidad.

 Cuando al día siguiente la primer bobina de papel entró en esa bodega y golpeó el piso de madera, recordó el Primer Oficial algo que le había dicho uno de sus maestros, Suarez del Solar:

 -Cuando uno no sabe que hacer con el buque, hay que dejarlo solo, el sabe más.

 
 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  Martínez - Argentina

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