Historia y Arqueología Marítima

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Historias de barcos: el "Corrientes"

Provista por: Juan Carlos Carrion  Fecha: 12.10.2007

El médico italiano.

 Cuando esa noche cerca de las doce, el gallego Ferrero bajó del Puente alto casi no entendí lo que me decía.

 En el “Corrientes” como en la mayoría de los buques de esa época, el comparar compases era una de las habituales tareas de la guardia. En esas guardias uno de los marineros atendía el timón, otro iba al Puente Alto a verificar el valor del rumbo en el Compás Patrón y el Oficial, abajo, controlaba el que marcaba el Compás de gobierno. Así que al grito de rumbo!rumbo! se comparaban simultaneamente esos valores y se anotaban en la pizarrita del mamparo de proa.

 Pero esa noche iba a ser diferente. En un mar calmo en una noche a puro trópico al bajar por la escalera del costado, el gallego había entrevisto una imagen lujuriosa.

 Junto a la estructura metálica  se encontraba el ojo de buey del camarote del médico italiano. Era el oficial “gubernativo” que embarcando con el pasaje en Génova permanecía abordo en el viaje al sur para desembarcar nuevamente en Italia.

-Tercero- balbuceó Ferrero-me parece que hay algo raro ahí dentro, vaya y vea.

Así que subiendo unos  peldaños en la escalera del costado y asomandome un poco por arriba del ojo de buey pude contemplar lo entrevisto por el gallego.

 A la tenue luz de la lámpara de la cucheta dos cuerpos humanos, desnudos como los delfines, se entremezclaban en unos movimientos, roces y traqueteos que desde Adan y Eva han sido el motivo de continuidad de la especie. El era el médico italiano y ella una de sus pacientes.

 En Buenos Aires habíamos embarcado, como nuevos en ese viaje de mediados de 1955, Negri como Capitán, el negro Oscar como 2do. y yo como cuarto oficial. Como en todo comienzo de viaje el Comedor fue el lugar para ir conociendo a nuestros compañeros de ruta, los otros oficiales y los gubernativos, para los cuales Buenos Aires era una escala un poco mas larga. Entre ellos Giorgio el médico italiano, un genovés chiquito, de rala cabellera , medio encorvado y con unos enormes anteojos de armazón que apenas ocultaban una tremenda timidez. Y fue así que Oscar encontró un tipo fácil para la cargada. A los pocos días ya sabía cual era el punto débil del tano : las mujeres no le daban bola.

Es decir, no perseguía pasajeras ni estas se dejaban perseguir y su trato con el sector femenino del turismo de ida se concretaba solo en lo estrictamente profesional. Y todos los almuerzos, porque no cenaba, eran la misma historia, en algún momento de la comida el negro le caía con sus historias de galán y los fracasos del médico. Y este, mirando por encima de sus anteojos solo sonreía y dejaba pasar.

 A ella la conocí en una recorrida por los matafuegos de la enfermería, sentada en uno de los bancos con sus dos hijos correteando alrededor. Feúcha, delgada ,con unos anteojos con cristales para miopes.

 Y ahora estaban sin siquiera los anteojos, que para esos menesteres no los necesitaban, en un digamos galopar como dos adolescentes en una película sueca.

 Que había pasado para que pudieramos acceder a semejante espéctaculo en la noche oceánica?   En principio la falta de aire acondicionado, al abrir el ojo de buey sobre su bisagra y colgarlo del gancho del techo del camarote y cerrar la abertura con las dos cortinitas debajo de la bisagra,  quedaba un espacio pequeño pero lo suficiente como para desde lo alto de la escalera pudiera contemplarse el espéctaculo que se desarrollaba a pocos centímetros, y no ser observados y menos con la pareja sin anteojos.

  Inmediatamente con los dos timoneles nos juramentamos en mantener el mas absoluto secreto sobre lo sucedido y entre las razones no era menos valedera la de suponer que en las noches siguientes el ardor juvenil de la pareja no iba a decaer.

Y así fue y durante buena parte de ese cruce hasta Las Canarias, durante las noches tropicales y oscuras del Puente, se pudo esporádicamente, contemplar un espectaculo que no por conocido era menos atractivo y sin entrar en  voyeurismo esteril sino sintiendonos  guardianes privilegiados de una relación intensa, apasionada y por qué no, prohibida.

 Y al día siguiente del descubrimiento y hasta la llegada a Genova el Comedor siguió siendo el mismo. Giorgio con su timidez que solo le permitía abrir la boca para comer y el negro Oscar cada vez más hiriente y caústico. Y yo, como  observador privilegiado que sabiendo lo que sabía podía imaginar lo que pensaba el tano de Oscar y del resto de sus secuaces.

 En Barcelona desembarcó la flaquita con sus dos hijos. Tres días después en Genova, mientras acodado en la tapa regala  pensaba en la lección que Giorgio sin saberlo nos había brindado, lo ví bajar. 

Encorvado, con su aspecto tímido de todo el viaje, me dio un apretón de manos y me dijo bajito:

- Algunos  hombres tenemos códigos,- me guiño un ojo, se fué y no lo ví mas.

 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  Martínez - Argentina

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