Historia y Arqueología Marítima

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Indice  Anecdotas Marineras

Anecdotas y Tradiciones Navales

EL LIBRO

Provista por: JC Carrion   Fecha: Marzo del 2008

Anecdota cierta de los 60, en el "Entre Rios".

 Alejandro era un chico tímido. Cuando apareció en Ing. White con su permiso de Embarco para trabajar como aprendiz marinero a bordo del “Entre Rios” los compañeros lo recibieron como a un hermano.

 En un carguero “Victory” de mediados de la década del 60 el aprendiz marinero era el “factotum” de sus colegas. Servía la comida, hacía la limpieza en la repostería de marinería y a las ordenes del Contramaestre, que se suponía su mentor, encaraba todo tipo de trabajo salvo los peligrosos.

 No era su primer viaje al norte por lo que se salvó del “bautizo” ecuatorial, pero sí la primera vez que escalaría en Las Palmas. 

 Hubo una época en que ese puerto era el punto de reunión de todos los buques de bandera argentina que fuesen o volviesen al viejo continente.

La gran mayoría no tenían todavía motores diesel y con sus turbinas  y sus calderas a vapor se habian quedado sin autonomia y en otro lugar del mundo marítimo.

 Así era que el puerto de La Luz, tal su nombre real y el muelle “Del Generalisimo” siempre tuviesen entre sus ocupantes a algunos de los humeantes cargueros nacionales. 

Pero Las Palmas era para los barqueros nacionales mucho mas que una escala cualquiera.

 Era LA escala..

 En el muelle, de una sola mano y que obligaba a los taxis para retomar, ir hasta el farito del extremo y volver, siempre estaba Fernando, con el coche, esperando a sus habituales clientes. Los conocía de uno u otro barco, siempre listo para el periplo urgente de la estadía de pocas horas.

 Saliendo del muelle y bordeando la placita del pueblito, la calle hacia los negocios  de importados. Radios “Spica”, ropa, perfumes. La casa del indio Tara o “Glamour”, se llenaban un instante con los tripulantes, después y  sin perder un minuto hasta el merendero de Juan Perez en la playita de la Isleta. 

El turismo nórdico de rubias walquirias no había comenzado todavía en esos años y en las simples mesas que enfrentaban al mar los argentinos repetian un menú de gambas al ajillo, calamares rellenos y vino “Marqués del Riscal”.

Después, o antes, según los tiempos y el apuro de la guardia que habia quedado abordo el paso casi obligado por una de esas casas que aunque en un proceso como el franquismo, pululaban por doquier. 

Y así, guiados por Fernando o por otros de sus colegas los tripulantes volvían abordo, sonrientes, de pasos dudosos y miradas brillantes , a retormar su labor abordo. Y la maniobra de salida al anochecer, porque cosa rara los buques llegaban temprano en el día y salían al atardecer  hacia sus destinos.. Solo algunos privilegiados llegaban a la tarde para pasar la noche y enfrentar las verdes aguas del Atlantico a la fresca mañana siguiente. 

Pero todo esto a Alejandro lo tenía sin cuidado. Solo pensaba en su novia, Betty, catequista en San Cayetano que entre suspiro y suspiro a la vera de la reja eclesiastica había logrado de él  dos promesas. Una portarse bien, pensando mucho en ella  y otra, traerle ese libro de papel de arroz que tanto ambicionaba y que solo se obtenía en España y en lugares muy especiales.

 No entendía bien Alejandro las bromas de sus compañeros mientras el “Entre Rios” con un completo de cereal desde bahía Blanca surcaba el mar hacia Amberes con previa escala en Las Palmas.  En un rincón de la taquilla del camarote que compartía con el otro aprendiz estaba ese papelito con los datos del libro a comprar.  

El “Entre Rios “ en años anteriores había sido buque de transporte de inmigrantes y tenía ahora como carguero, mejores comodidades para sus cuarenta y dos tripulantes aunque en el casillaje de popa todavía los marineros se agrupaban de a cuatro.

 Y con una suave brisa del noreste, que auguraba el buen tiempo de verano en el Atlantico Norte el viejo carguero llegó al muelle del Generalisimo. Salieron unos, otros quedaron para el embarque de fuel oil y agua y las provisiones. Y de estas no solo las de la gambuza sino la de los pedidos de la mayoria al proveedeor, de “latitas” de anchoas, chipirones, angulas, calamares, vinos, y todo lo que la gastronomía española brindaba a los acomodados criollos de esa época. 

Y Alejandro con papelito en mano abordó el primer taxi libre frente a la planchada  entre los compradores de cosas viejas, los cambistas y los vendedores ambulantes.

 El taxista miró al papelito un instante, se acomodó la gorra, y poniendo cara de avispado enfiló para la ciudad.

 Y luego de recorrer angostas callejuelas Alejandro se encontró depositado frente a una generosa puerta de madera con mirilla. No hubo rechinar de goznes ni deslumbramiento de lampo. Solo una tenue penumbra y una suave mano femenina que lo tomaba del aún adolescente brazo y lo llevaba hacia el interior.

 La señora, porque de eso se trataba, de buen ver y mejor porte cuando leyó el papel que Alejandro mantenía en su mano, como la antorcha la estatua de la libertad, no pudo reprimir una carcajada.

 -Concepción !- Y al instante una figura de gitana de piel morena se materializó junto al asombrado Alejandro.

 -Este niño viene por un libro. Muestrale la enciclopedia… 

Y antes de que Alejandro pudiera siquiera pestañear se encontraba fuera del salón y con la gitana como única compañía.

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Tiempo después, cuando Alejandro perdió totalmente su timidez  se pudo entender el significado de todos los malentendidos de esta historia.

 Betty, la novia, catequista de San Cayetano quería un Misal de los Padres Carmelitas, editado en España. En Las Palmas había un Convento de ese o similar nombre, pero también una casa muy famosa entonces llamada: “Las Carmelitas”. 

El taxista leyó lo último y Alejandro, como dicen los amigos, no solo conoció la Enciclopedia sino toda la Espasa Calpe.

 

 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  Martínez - Argentina

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