Historia y Arqueología Marítima

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Historias de barcos: el "Mendoza"

Provista por: Juan Carlos Carrion   Fecha:  26.09.200

 

El cocinero

 Era una de las figuras más importantes de todo viaje. El cocinero. Si venía de los buques de pasaje entonces era cuestión de darle a las costillitas a la villeroy o a los canelones rossini, pero en cambio si su origen era fluvial, aguantate el soyo supui o el guiso cabayú.

 De Ricardo no teníamos muchos datos. Siempre de camisa blanca de manga larga hasta la muñeca, pantalón largo y zapatos. En la cocina de un Victory.

 Los Victory gozaban de una espaciosa cocina en la cubierta principal hacia popa y con vista al mar por tres de sus costados. Heredera de  epocas de guerra, su equipo era más que suficiente para los cuarenta hambrientos a saciar en casi tres comidas.

Tres, porque el “hueso de las 9”, descendiente de las costumbres de la costa patagónica todavía existía al momento de esta historia.

Primer cocinero, segundo y ayudante, en un ámbito donde a media mañana y con los restos de los huesos y verduras para preparar la sopa los marineros y foguistas disfrutaban, entre desayuno y almuerzo, de un arroz morrocotudo o fideos mostacholes, independientemente del calor ecuatorial o del frío del norte de europa .

La cocina del “Mendoza” como la de sus congéneres funcionaba con planchas y hornos calentados con equipos a gasoil. Un gasoil pestilente que descendía desde el techo en tuberias que serpenteando desde el tanque ubicado en el compartimiento del generador de emergencia terminaban en enormes quemadores casi como los de la caldera principal.

Así que ya a las cuatro de la mañana ese olor impregnaba pasillos, sala de máquinas y puente de mando anticipando al otro a pan recién hecho, que llegaba cerca del desayuno de las siete.

A Ricardo se lo quería por sus pizzas de los viernes, su  limpieza, su trato y ese afán por impedir que alguna gota rebelde de gas oil cayese desprevenida sobre una olla de bullente sopa o en la plancha de los alineados y jugosos bifes.

Porque el equipo tenía sus fallas y una de ellas eran esas maledetas juntas, siempre goteando desde el techo sobre la obra culinaria. Y  Ricardo atento a impedir la acción destructora del gasoil por sobre las bandejas de fugazzas y muzzarelas.

 Y estamos en Filadelfia en la revisación médica de entrada. En esa época, cerca de 1960, nada de “Libre Plática” radiotelegrafica o modernidad semejante, nó muchacho, venía Inmigración con el libro azul gigante donde figuraban hasta tus abuelos, la Aduana con cara de pocos amigos para controlar hasta el aliento a alcohol y decomisarlo, el Coast Guard y su manía de controlar las sondas que no andaban y el señor médico.

Y este señor se está poniendo nervioso, la fila de tripulantes se está raleando, el Comisario: el loco Viscardi, me tiene como lenguaraz ya que no sabe una letra de inglés y no aparece Ricardo. Viscardi me susurra por lo bajo:

-Disimulá flaco, (en esa época lo era), a ver si zafamos…

Y hubo que traerlo al Ricardo porque el señor médico amenazó con la fuerza pública yanqui. Y llegó el Ricardo, flaco, pálido, sudoroso y su histórica camisa blanca de trabajo manchada de sangre en pecho y espalda.

 Y el señor médico casi se la arranca de un tirón y la comedia se transformó en drama.

Porque toda la piel de Ricardo estaba cubierta de extrañas costras de piel.

-Psoriasis- gritó el señor médico y en perfecto español:

-Los argentinos siempre me hacen lo mismo!!!

 Ricardo terminó en el hospital donde comprobaron que no era un problema ya que su enfermedad no era contagiosa y estaba siendo tratada y que su corte en el hombro producido un rato antes de atracar  no tenía peligrosidad alguna.

Y volvió Ricardo a su cocina y los tripulantes a festejar porque era un buen tipo,y nos gustaban sus fugazzas y muzzarelas por sobre el gusto del gasoil.

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  Martínez - Argentina

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