Historia y Arqueología Marítima

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Anecdotas Militares Argentinas

Guerras de la Independencia - 2

Provistas por: Diego Marré . Publicadas en el Foro de Histarmar-2008

EL ASISTENTE DE LA MADRID

Después del combate de Culpina, librado el 31 de enero de 1816, el entonces Comandante Gregorio Aráoz de La Madrid se ve precisado a retirarse ante fuerzas superiores cuyo jefe, al verlo alejarse con una veintena de hombres, pensó que se replegaba sobre mayores efectivos; sin embargo ordenó que fuera perseguido por un Escuadrón que consiguió hacer prisionero al asistente del valiente tucumano. Conducido el soldado a presencia del Tte. Cnel. Eustaquio González —jefe independiente que se había pasado a los realistas en Potosí— éste le preguntó:
—,Qué fuerza trae el Comandante La Madrid?
—Señor, quinientos hombres.
Un tambor que se había pasado también a los españoles terció en la conversación:
—Mienta señor —dijo al Teniente Coronel— ¡no son ni cien
Entretanto, La Madrid dejó al Capitán Adanto al mando de la partida y envió al Capitán Mariano García un estafeta para que se aproximara con el resto del escuadrón. El, por su parte, acompañado por l sargento Anola, porteño, se acercó por entre el monte hasta el lugar onde González seguía su interrogatorio.
—Cómo viene de municiones?
—Señor, a cuatro paquetes, fuera de dos cargas de reserva.
Nuevamente el tambor desmintió al fiel asistente.
—Miente señor, no trae ni un cartucho!
—,Y cómo están de caballos? —insistió el jefe realista ya perdida paciencia.
—Señor, bien montados —fué la tranquila respuesta.
—De nuevo miente ese gaucho ladino —exclamó otra vez el tambor. El comandante enemigo indignado por los embustes del asistente de
L Madrid, gritó a su soldados:
Amarren a ese pícaro a ese árbol y denle cuatro tiros!

Al oír esa orden, conmovido el oficial patriota por perder a un soldado tan fiel, dejó oír esta voz de mando:
—Avancen los Húsares de la Muerte, no hay que dar cuartel a perversos!
Y fué tal el barullo que armaron él y el sargento Anola golpeando
guardarnontes y rompiendo ramas, que los españoles, creyendo que
se les
venía encima un regimiento, se pusieron en fuga abandonando
caballos ensillados. Habían sido perseguidos como dos cuadras por ambos valientes, cuando se dieron cuenta del engaño y volvieron caras obrarse tan tremenda burla, pero ya era tarde, pues el capitán Garcia llegaba en esos momentos con el escuadrón, y nuevamente debieron retirarse con toda la rapidez que le permitieron sus cabalgaduras.

 LA PRIMERA VICTIMA DE LA EMANCIPACION

Don José Moldes, que fuera después guerrero de la Independencia y hombre público de prestigio, se encontraba en 1809 en la ciudad de Madrid gestionando su ingreso en las “Reales Guardias de Corps”.
Llegó en ese entonces a la corte de España y en misión especial de Napoleón 1, el general francés Requiers, hombre de ilustre ascendencia y de proverbial valor personal.
Agasajado por el Canciller, le fué servido un banquete al que asistieron gran número de invitados, entre los cuales se encontraba el joven Moldes.
Durante la conversación, el general napoleónico quiso dejar bien sentado que nada podía oponerse a la omnipotente voluntad de su emperador, cuyos ejércitos dominaban a Europa y que, si el Gran Corso lo deseara, conquistaría a España y a todas sus colonias.

Molesto Moldes por la expresión del francés, terció en la conversación para decirle:
—Difícil lo creo, dos veces intentaron ios ingleses apode rarse de Buenos Aires, y de ambas conservan amargos recuerdos.
—Poco valen los ingleses ——contestó el altanero general— pero así y todo, nunca pude comprender cómo pudieron ser vencidos por una plebe amodorrada a inculta.
—Esto se explica, caballero —le contestó el argentino rojo de indignación— sabiendo que esa plebe tiene un pecho más noble y fuerte que el de todos los serviles esclavos del tirano de Europa como voy a dernostrárselo a ustedes.

Y siguiendo sus impetuosos instintos, derribó al insolente general de un tremendo puñetazo.
A la mañana siguiente se llevó a cabo un duelo en el cual Moldes mató a su rival de dos certeras estocadas.


EL CORREO DE LA GUERRA GAUCHA
Durante la famosa guerra de los gauchos, miles fueron los hechos heroicos que se sucedieron y todos sus actores han merecido pasar a la posteridad como auténticos forjadores de la libertad, por modestas que fueran sus jerarquías o las circunstancias en que les tocó actuar.

Entre la muchas mujeres que se jugaron valerosamente la vida por el porvenir de la Patria, se encontró una salteña llamada María Loreto Sánchez de Frías. Como muchas otras de su sexo que apelaron a todos los más inesperados medios para tener al corriente a Güemes de lo que se hacía o proyectaba en el campo realista, esta salteña decidida, a fin de mantener una segura y continua comunicación entre la plaza la montonera que la cercaba, ideó el más sencillo y original de los correos.

En el tronco de un algarrobo que crecía en las afueras de la ciudad a orillas del río Arias, hizo abrir una cavidad lo suficientemente grande para permitir la entrada de una mano y que para disimularla se la cubría con la misma corteza del árbol.

Utilizando las criadas que iban a lavar al río, leales a su ama y tan patriotas como ella, hacía colocar los billetes que ella misma escribía y que un gaucho del caudillo Burela retiraba aprovechando las sombras de la noche, colocando a su vez, la comunicación de sus compatriotas que generalmente contenía preguntas que responder o indicaciones de lo que, convenía averiguar.


RESPUESTA DE DIAZ VELEZ A UN PERJURO

Dos semanas después de la derrota que infligieran los españoles a las fuerzas patriotas del General Belgrano, en Vilcapugio, el i de octubre de 1813, el mayor general Eustaquio Díaz Vélez se encontraba en Potosí, mientras el insigne vencedor de Salta y Tucumán reorganizaba su tropa sobre el flanco izquierdo del enemigo que, desgraciadamente, había de vencerlo nuevamente en Ayohuma el 14 de noviembre del mismo año.
Sin embargo, a pesar de la escasa distancia existente entre ambos contendientes, los españoles ignoraban dónde se encontraban los patriotas; tal era la fidelidad con que hasta los niños guardaban en el mayor secreto hasta el más insignificante de sus movimientos.

El general realista, dispuesto a reconocer la posición de su adversario, adelantó como exploración a dos destacamentos, uno de ios cuales estaba mandado por el comandante Castro, que siendo coronel y jefe de la vanguardia realista hizo fusilar a uno de los valientes sargentos de Tambo Nuevo y que, por otra parte, fué tomado prisionero en Salta, y dejado en libertad bajo palabra de honor de no volver a tomar las armas.

A mediados del mes de octubre llegó Castro a Jocalla, y desde allí le dirigió a Díaz Vélez un reto caballeresco, desafiando con un escuadrón de 100 dragones a toda su división en el campo que el argentino eligiera.
El mayor general le hizo responder con desprecio, que no lo reconocía sino por un perjuro a la capitulación de Salta, digno de ser
ahorcado si caía en sus manos.

Iracundo Castro por estas palabras, cargó no sólo con sus 100 dragones, sino con todo su destacamento, pero fué rechazado con sangrientas pérdidas


 MONET Y BRANDSEN

El gallardo coronel D. Carlos Federico de Brandsen era francés y había combatido desde sus primeros años a la sombra de los águilas del primer Imperio, siendo condecorado varias veces por Napoleón que, como valiente, sabía premiar a ios bravos con medallas y galones. Después de la caída del vencedor de Arcole, emigró como muchos otros oficiales y ofreció su espada a la causa de los pueblos sud- americanos.

Hombre de vasta cultura, ha dejado algunos poemas y unas memorias sumamente interesantes. Como soldado era de valor temerario y tenía un excelente golpe de vista.  Uno de sus primeros encuentros con los realistas fué en San Pedrito y allí aprendieron a respetarlo.

Tal era su fama de valiente que el general Monet, prestigioso jefe español, le preguntó un día al general Tomás Guido, que se encontraba en Lima, enviado en misión diplomática ante el virrey del Perú:
—Dígame Ud., señor general, ¿tienen ustedes muchos oficiales como Brandsen?

No era el caso de sopesar valores ante el ilustre general realista que, aunque cordial, era después de todo un adversario, y Guido le respondió:
—No general, nadie lo supera en valor, y en cuanto a conocimiento y pericias en el arte de la guerra, no es fácil igualarle.

—Me alegro —comentó sonriendo Monet— porque si así no fuera nos enredaría mucho más la madeja.


UN CRIOLLO QUE NO SE DEJO APALEAR

Cuando el Gran Capitán forjó en la heroica Mendoza la saeta n la cual había de herir al propio corazón del poderío de Su Majestad española en tierras de América, recorría a menudo los alrededores solicitando aquí y allá ayuda y colaboración.

Un día que pasaba por la finca de un español, vió que éste daba azotes a un peoncito criollo que soportaba el castigo con pasiva resignación. Mandó llamar San Martín al muchacho y, como éste le manifestara que su patrón lo golpeaba a menudo, muchas veces sin razón, le aconsejó:
—Otra vez que te castigue sin motivo, defiéndete como criollo.

No había transcurrido una semana cuando le informaron que el paisanito estaba preso por haber dado muerte a puñaladas a su patrón, en momentos en que éste le daba una azotaina, a lo que respondió San Martín:

—Que incorporen a ese muchacho al ejército.
—Y el difunto, mi general? —le preguntaron.
—Entiérrenlo


 

 

 

 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  Martínez - Argentina

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